Mi primera película
El coleccionista
Por Fernando Castets
Tenía los bordes como los de las estampillas. Como en esos tiempos yo era bastante filatélico, la primera que me regalaron la guardé en el mismo sobre donde guardaba las que tenía para clasificar y me olvidé del asunto.
Al lunes siguiente, la señorita Julia, que ese año era nada más que mi maestra de quinto grado y no el título de una película clásica y nórdica, preguntó qué nos había parecido la película que habíamos visto el sábado anterior. Como no había ido al cine ni entendía de qué hablaba, no contesté nada. ¿Para qué?
—¿Cómo que no fue al cine? ¿Y para qué le regalé la entrada, entonces, Castets? ¿Qué hizo durante toda la semana santa?
No recuerdo qué contesté ni que había hecho toda esa santa semana. Tampoco sabía que la señorita Julia me había regalado una entrada, no sabía que alguien me había regalado una entrada de algo y no sabía qué era una entrada. A veces me preguntaba cómo clasificar esa estampilla que lo único que decía era “Vale por dos plateas gratuitas – Cine Delta – El Mago Dios” en una tonalidad única por amarillenta y con los bordes recortados como los de las estampillas que coleccionaba, pero creí que era por mi ignorancia en asuntos filatélicos. Con el tiempo, aprendí.
Aprendí que la gente va al cine y habitualmente paga su propia entrada, además de la de sus hijos y otras personas, y no entra nada más que con entradas gratis. Cuando se tienen diez años, el mundo es impropio además de ajeno. Aprendí que te podés cagar de miedo por culpa de esas salas oscuras, enormes y malolientes, donde además casi no hay nadie con vos para poder compartir ese cagazo. Aprendí que si te sentás en la fila quince y no tan en el medio, y te tirás al piso y empezás a pasar por debajo de cada butaca para ver si llegás a la fila uno, con suerte sos vencedor de algo que, si alguien se entera, será el acomodador que te aguarda con malicioso entusiasmo y apenas te asomás en esa dichosa fila de número iniciático, te agarra de dónde sea y te lleva directo a la salida. Después, en la salida y habiéndole comprado maní con chocolate, el acomodador mira para el mismo lugar adonde miran los que se hacen los boludos y vos te volvés a meter adentro del cine, pero prometiéndote que ahora vas a ver la película, sentadito y sin chistar.
La película no era nada más que una película, sino algo que se llamaba en esos tiempos “programa doble o triple”. En una oportunidad me tocó un programa triple compuesto por las siguientes películas: Adivina lo que aprendimos hoy en el colegio, La clave está donde termina la espalda y Soplo al corazón. La primera era una suecada de esas de los setenta, chicas y chicos en sus clases de educación sexual y por supuesto resultó sumamente instructiva. La siguiente, una inglesa de la que no hace falta explicar demasiado, salvo que hacía falta reconstruir una clave que estaba en ese sitio de la anatomía humana tan fascinante. Recuerdo una escena donde una chica se está haciendo un masaje en… ¿la cintura? Bueno, algo más abajo, con una cinta que vibraba. Alguien la espía con una cámara de fotos, subido a una escalera desde fuera. Con las vibraciones y tratando de hacer foco, empieza a vibrar y se cae de la escalera. Nunca busqué en alguna base de datos qué calificación tendrá. Prefiero seguir viviendo con esa imagen antes que saber más sobre la calidad de esa película. Y la última me pareció la más aburrida de las tres hasta que de mayor supe que su director se llamaba Louis Malle. Entonces sí me empezó a gustar. Sólo recuerdo un momento impresionante: un chico algo más grande que yo hacía algo de espaldas dentro de un lavatorio que se parecía a algo que me habían contado que hacen los chicos. Se lo notaba agitado y movía el brazo derecho (¿o era el izquierdo?) repetidas veces. No vi nada, pero me impresioné. En la sugerencia parece estar el arte, quizás.
En otro caso, me tocó un bodrio que hablaba sobre cosas que ya estaba podrido de oír en las clases previas que me dieron para poder tomar la comunión. Yo la verdad que había ido a ver una película que se había filmado en Tigre y que tuve el privilegio de ver cómo se hacía en una parte en especial: Cuando Sandro cantaba en el puerto, parado en una de las lanchas de la Interisleña. Bueno, parecía que él cantaba, porque no pude escucharlo ya que unos parlantes enormes pasaban la música de un tema suyo como si fuera uno de los bailes del último carnaval y tapaban su voz y también a la orquesta. Aunque a la orquesta no la vi por ninguna parte. Pero Sandro cantaba lo mismo que salía por esos mamotretos parlantes. Pero mis expectativas no eran de las mejores sobre la otra película. Es que era el único de los siete primos de la familia al que le habían hecho tomar la comunión, quizás por ser el mayor de todos. El resto de mis primos y mi hermana se negaron a tomarla, deben haber visto mi desesperación cada vez que tenía que ir a las clases de catecismo. Y no es que el tema me resultara ajeno, tenía alguna idea. Pero me sonaba muy aburrido, como las clases de catecismo. Era la siguiente semana santa, un año más tarde de la que comenté al principio. Y me volvieron a dar la misma entrada amarillenta. Así que, ya en sexto grado, fui con unos compañeros a ver, esta vez sí, El Mago Dios. Reconozco que fui sin ganas, pero no quería que ahora también me retara la maestra de sexto. Y como todo este asunto de la culpa es muy fuerte en nuestra tradición judeo-cristiana, pues hacia allá fui. Y sucedió el milagro…
Vi mi primera obra maestra, ni los capítulos de El túnel del tiempo me habían impresionado tanto. Y eso que al principio era en blanco y negro, mejor dicho, en un color rojizo y negro. Pero después, cuando aparecían todos los colores y unos personajes extraños tomaban vida y unos enanitos bailaban por un largo camino de ladrillos amarillos y todos cantaban un montón de canciones… Bueno, salí feliz y con la sensación de haber asistido a uno de los eventos religiosos más importantes de mi vida. Una auténtica comunión que aún hoy sigue, tratando de que suceda cada vez que entro a una sala, una vez más, el mismo milagro. No puedo dejar de pensar que volverá a suceder cada vez que las luces de la sala se apagan, aunque quizás la sala siga maloliendo y me quedo solo y a oscuras. Pero ya no me importa, no me da más miedo sino alegría. Bueno, casi siempre.
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El Mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939) | Victor Fleming, George Cukor, Mervyn LeRoy