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A la salida del cine

El confidente /// Leandro Naranjo

A la salida del cine
El confidente
Por Leandro Naranjo

El bar estaba abierto desde temprano. Como tantas otras veces, habían acordado reunirse para charlar sobre un asunto que los involucraba a todos. Y como tantas otras veces, aunque cada vez ocurría menos, todos estaban ahí. Cada uno de ellos fue incorporándose a la reunión poco a poco, en la medida de sus posibilidades, y entonces varias veces se repitió la información: había cierta posibilidad de mudar el cine que desde hacía varios años funcionaba ahí a una nueva sala. La idea era encantadora. El cambio era necesario. Algo extraño ocurría con el espacio, que se había convertido ya en una especie de lugar de culto, que tenía cierto renombre dentro y fuera del ámbito de la cinefilia, que de alguna manera contenía y era contenido por un puñado de películas de algunos realizadores locales, que era la escuela de cine de toda una camada de críticos y cineastas o futuros cineastas. Sucedía que el número habitual de espectadores era injusto. Y no es que fuera injusto para sus programadores o sus productores, sino para los responsables de las maravillosas películas que, semana a semana, se presentaban, se proyectaban y se discutían entre cervezas, papas fritas y humo de cigarrillos.

Ese día ellos, programadores y productores, estaban —tal vez por última vez— todos ahí. Y estaban también las dos fotógrafas con sus equipos y su voluntad de registrar el cineclub. Y estaba también el hombre que, confundido por el diario, fue a ver un western de Ford y se encontró con un policial de Melville que le hizo revivir una década en la que había sido joven.

Todos estaban ahí y muchos de ellos decidieron quedarse a la función. Quizás no eran conscientes: para el programador de turno la presencia del grupo era un honor. Se lo notaba nervioso, tratando de articular dos o tres anécdotas del autor, dos o tres ideas sobre la película. En algún momento, confesó (probablemente acababa de darse cuenta) que Melville era su director favorito de todos los tiempos. No fue ni muy elocuente ni muy breve, pero al terminar su introducción escuchó un aplauso (sólo un aplauso) que lo reconfortó. No hay que olvidarse, claro, que estaba entre amigos. Era eso, y probablemente también la cerveza, lo que lo hacía feliz esa noche. Era eso y el hecho de compartir su película (esa noche era suya) con otras personas, muchas de las cuales él —más o menos explícitamente— admiraba. El programador, intranquilo como siempre, paseó por la sala, ajustó el sonido varias veces, fue al baño y ocupó al menos dos mesas distintas. Porque estaba nervioso, o porque estaba algo borracho, o sencillamente por contagio (de la película, del entorno) fumó, con la torpeza de un principiante, un cigarrillo ajeno.

Faltaba poco para el final y el programador apenas lograba relajarse. Pensaba, como hacía ya varios meses, que en toda su vida nunca había estado tan a gusto en un cine; se sentía cómodo como en su casa y seguro como en la casa de un amigo. Llovía en la pantalla y afuera el clima se hacía cómplice de él, de su película. Sonaba el agua sobre el techo de chapa mientras Belmondo corría escapando de la tormenta. Era ya tiempo del final, de la reunión improvisada al centro de la sala, la aprobación mesurada, los comentarios apropiados y, por último, la despedida. Había dejado de llover; podían irse con calma, con la satisfacción de haber estado ahí (en el lugar adecuado y el momento oportuno) y haber sido partícipes de un día como cualquier otro, pero distinto a todos y que al menos uno de ellos, tal vez algo épico y romántico, recordaría para siempre.

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El confidente (Le doulos, 1962) | Jean-Pierre Melville

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