Nuestra última película
El cuarto sellado
Por Milagros Mumenthaler
Aquella mañana, mientras hacia las tareas del hogar, la conversación que había tenido el día anterior con Inés me mantenía en vilo.
La casa estaba silenciosa, mi marido no volvería como de costumbre después de dejar a nuestro hijo en el jardín de infantes, tenía una reunión y debía pasar por la AFIP para tramitar un nuevo número de CUIL. Solíamos trabajar los dos en casa y cuando se presentaba una mañana así me alegraba ante la perspectiva de tener para mí sola los 160 metros cuadrados de nuestro antiguo departamento en ruinas.
Junté y lavé los platos sucios del desayuno sin ser consciente de mis acciones, y luego, al hacer la cama, mi cuerpo literalmente se derrumbó en el colchón. Allí me quedé, la mirada apuntando al techo a cuatro metros y medio de distancia. La pintura se desprendía en ciertos lugares, tenía la sensación que cada día descubría una nueva grieta. No recordaba en qué momento había cerrado los postigos de la puerta del dormitorio, no formaba parte de nuestros hábitos salvo para las siestas de los domingos. Me encontraba quieta, en paréntesis, tirada en ese dormitorio sombrío y sin ventanas.
Inés con 13 años estaba nadando en el lago Nahuel Huapi. Nuestra madre desde la orilla la llamaba. Solíamos pasar todas nuestras vacaciones en la casa familiar que mis abuelos tenían en el sur. Para Inés siempre fue un lugar muy especial en el cual experimentaba todo tipo de sensaciones y sentimientos encontrados. Allí, en una de las islas, tiene la única fotografía que le sacaron con nuestro padre, que desapareció unos meses más tarde, en abril de 1977. Inés siempre guardó esa fotografía en su mesita de luz y volver a Villa La Angostura era reencontrarse con él. A lo largo de muchos años mi hermana fue alimentando recuerdos e historias en torno a mi padre. Yo la observaba, a veces entraba en su juego, pero desde muy temprana edad me di cuenta que a mí no me sucedía lo mismo. Nunca lo conocí, no me cantó canciones de cuna, ni me llevó remando en el bote a pasar el día en una isla. Inés se alejaba de la orilla y nuestra madre la seguía llamando para que volviese. Ella hacía oídos sordos, la veía claramente frente a mí, su rostro era desafiante.
Seguía acostada en la cama observando el techo y en uno de los rincones de la habitación percibí unas rayas que se iban formando frenéticamente, borrando poco a poco toda la orilla de dónde Inés seguía alejándose. Me preguntaba de dónde procedía su enojo hacia nuestra madre. Su sentimiento era tal que había logrado borrarla de la película que se estaba proyectando frente a mis ojos y poco a poco el techo de nuestra habitación estaba aún más agrietado. ¿Era el techo o la película? Ya no tenía importancia, estaba inmersa en ese recuerdo que nunca había existido realmente.
Esa mañana fue la primera vez que me dejé abandonar a esos recuerdos. Hacía muchos años que no revolvía en el pasado y tiempo atrás había logrado construir una relación más amigable con Inés. La llegada del bebé a la familia había ayudado a que ciertas crispaciones y cuestionamientos se diluyesen.
Era una noche de verano calurosa e Inés fue muy directa por teléfono: “Hay un testigo que dice haber estado con papá en el Olimpo. Quiero que estemos las dos cerca de mamá para darle la noticia. Mañana nos vemos en su casa para almorzar, ya le avisé que íbamos”. Inés era así, no dejaba tiempo para procesar la información. En esos segundos, ante el shock de la noticia, lo más inmediato que retuve fue que tenía que almorzar con mi hermana y mi madre. Sin pensar balbuceé que no podría ir. En el momento de soltar esas tres palabras me di cuenta que era un error y quise suavizar mi frase, pero Inés me ganó de mano y soltó por su boca una cantidad de barbaridades hacia mí que no podría reproducir porque estoy aún en un estado delicado y no puedo exponerme tanto.
Ese verano con nuestros primos y vecinos pasábamos mucho tiempo en el bosque. Esa tarde tocaba el escondite. No sé por qué decidí juntarme con mi hermana. Cuando éramos muchos niños intentaba juntarme con los de mi edad porque Inés tenía la manía de transformar un simple juego en algo mucho más real: todo se volvía más largo y más denso. Estábamos metidos dentro de un tronco y claramente nunca nos iban a descubrir. De ahí veíamos todos los movimientos sin que nadie nos viese. Inés empezó a susurrar que eran los malos y eran peligrosos. Yo observaba a nuestros amigos desanimarse, ya nadie quería jugar salvo Inés. Poco a poco fue anocheciendo y todos se habían ido. Hacía rato que no me divertía, creo incluso que me dormí unos minutos. Inés me había embarcado nuevamente en su mundo. Yo empecé a asustarme, hacía frío y me quería ir, pero Inés no me dejó. Cuando anocheció del todo escuchamos nuevamente ruido, voces que nos llamaban, linternas se hacían ver a lo lejos. Intenté salir de vuelta, pero mi hermana rápidamente me dijo que esperara. Antes había que leer los códigos de las luces. “¡Qué códigos ni que códigos!” Pero allí estaba yo, mirando silenciosa.
Todo estaba oscuro y esas luces eran distintos caminos, pero no hacia mí si no caminos por recorrer sola. No escuché el ascensor ruidoso, ni las llaves en la puerta de entrada, seguramente mi marido anunció su llegada como lo hacía siempre, pero no me enteré. Cuando de repente un halo luminoso invadió la habitación desvaneciendo los puntos de luz supe que había llegado y que debía, a mi pesar, activarme.
“Me duele mucho la cabeza”, me levanté y me encerré en el baño. Me tenía que preparar para ir a almorzar con Inés y mamá.
Los encierros en la habitación fueron multiplicándose a lo largo de los días. Primero intentaba disimular, inventaba migrañas, bajas de presión, cualquier cosa para estar tirada. Cuando ya no tenía excusas decía que era un momento creativo, que me ayudaba a pensar. Ya no escuchaba la voz suave de mi marido y las risas de mi hijo se iban alejando, a veces se mezclaban entre los recuerdos. Todo era una gran maraña que se concentraba en esas proyecciones del techo de la habitación.
En una semana todo cambió. Me olvidé de ir a buscar a mi hijo al jardín, no tenía batería en el celular y la directora de la institución, “La Coja”, llamó a mi marido y le sugirió amablemente que intentásemos respetar los horarios además de seguir con mayor atención los pedidos que figuraban en el cuaderno del niño. Claramente “La Coja” me dejó al descubierto y para cuando mi marido se alarmó ya era demasiado tarde. Yo ya estaba en otro lugar, tanto que a los tres días nadie me podía sacar de la cama.
Creo que estuvo mi madre ayudando a mi marido, también Inés se acercaba con su auto y hacía mandados, hasta me llevó al psiquiatra un par de veces. Si bien los medicamentos ayudaban un poco, yo siempre pedía que cerrasen los postigos porque necesitaba dormir. Y allí me encontraba otra vez, con el techo frente a mí.
Fueron meses en los que me zambullía en esa casa de Villa La Angostura. Muchas veces nadaba en el lago con un auténtico Correcaminos Color Azul Francia, bailaba con él, hasta el equipo ruso de nado sincronizado se hubiese sorprendido al ver lo que éramos capaces de hacer.
En una sesión con mi terapeuta hubo un breve momento de lucidez. Recordé una fotografía de mi padre parado al lado del Correcaminos Azul Francia en el camino de Traful. Yo hablaba de imágenes que desfilaban frente a mí, la psiquiatra pensaba que estaban en mi cabeza. Tardó en darse cuenta (creo que mi marido en su desesperación mencionó algo del techo) que realmente sucedían. La última imagen que vi ocurría siendo niñas mi hermana y yo, ella me pintaba la cara con su sangre. Se pinchaba con las espinas de las rosas del jardín de nuestra abuela. Éramos dos indias.
A partir de esa noche mi marido clausuró la habitación y desde entonces empezamos a dormir en el living.
Fue y todavía es un largo camino. Supongo que Inés fue procesando año tras año desde pequeña la ausencia de un padre. Yo la guardé en una caja, la aparté, y en un momento de fragilidad se puso frente a mí y ya no podía ignorarla.
Mi marido día a día mantiene la esperanza de recuperar a su esposa y mi querido hijo a su madre.
La habitación sigue cerrada con llave, a veces pongo la oreja a ver si escucho algo, o miro por la cerradura a ver si capto algún reflejo de lo que se está proyectando dentro.
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La idea de un lago (2016) | Milagros Mumenthaler

























