Aquella película contigo

El cuento de la buena pipa /// Anabella Speziale

Aquella película contigo
El cuento de la buena pipa
Por Anabella Speziale

— ¿Querés ir al cine?
— Dale, hablemos…
— Pero, ¿querés ir al cine?
— Dale, hablemos…
La primera vez que vi a Erre yo estaba buscando a otra persona. Acababa de entrar a una fiesta en una disco. La música me aturdía y la cantidad de gente me impedía el paso. El bullicio era tan alto que estaba casi mareada, tal vez porque en el momento que atravesé la puerta del lugar una voz interna me dijo “Aquí está él”. Pensé que se trataba del amigo al que había ido a buscar, pero esa voz me retumbaba en la conciencia. Cuando en mi búsqueda me crucé con sus ojos todo pareció desaparecer y hasta me olvidé para qué había ido a ese lugar. Erre estaba inclinado sobre la barra, con un vaso de whisky en la mano, vestido de negro, con su figura delgada y considerable altura… sobresalía del resto. Pero fue su mirada penetrante la que me marcó y esa sensación de conocerlo de otro lado, aunque nunca nos habíamos visto con anterioridad. Me quedé paralizada en medio del tironeo de la gente, que pasaba a mi alrededor de un lado al otro por el estrecho corredor al costado de la pista. Erre se acercó y, sin preámbulos, me guió hasta la barra, donde había más espacio. Su voz me atravesó los sentidos mientras que sus palabras fueron tejiendo a lo largo de la noche una red en la cual, aún hoy, sigo atrapada. Sin lugar a dudas, fue su actitud seductora la que terminó por conducirme al borde de un abismo, del cual hoy no sé si sigo parada frente a él, cayendo al vacío, o si finalmente estoy tomando vuelo y me dirijo hacia otra etapa de mi existencia.
Hace ya unos cinco años, durante una noche de enero, me llegó un mail de la sala de cine del Malba, ese bendito auditórium caracterizado por su programación no convencional, incluyendo grandes clásicos de antaño. Entre las películas de ese mes me llamó particularmente la atención una curiosa función que se ofrecía para la trasnoche del sábado: Cine Porno Mudo + Música en Vivo. Enseguida supe que quería ir a presenciar ese espectáculo con Erre, imaginándome instantáneamente toda la secuencia de nuestra salida con exquisito glamour: los dos vestidos de negro, muy elegantes, nos encontraríamos temprano para cenar en un lindo restaurante, quizás de comida asiática, con poca luz y velitas en las mesas. Luego iríamos en el auto por las avenidas que bordean a los parques de Palermo, observando el paisaje nocturno que se deslizaría a nuestro alrededor a través de las ventanillas bajas, mientras en el estéreo sonaría algún tema musical de jazz cantado por alguna sensual voz femenina. Haríamos la fila en el hall del museo tomados de la mano, acurrucándonos, esperando a que dieran sala. Una vez en el interior de la sala nos ubicaríamos en la sexta fila al centro, para ver bien de cerca…
Pero por el momento no me atrevía a invitarlo hasta que no lo entusiasmara con la idea de ir al cine, pues lo cierto es que pese a mi insistencia y recomendaciones Erre no es de ir al cine. Se excusa diciendo que no le gusta estar atado a los horarios y que por ello prefiere ver una película en su casa, descansando en su cómodo sillón. Para persuadirlo entonces, tenía que armar la expectativa de que iríamos a ver algo fuera de lo común y, por cierto, muy motivador para la noche que seguiría entre nosotros, luego de la película. Decidí armar una salida especial.
— ¿Vamos a ver unos cortos pornográficos de la época del cine mudo al museo?
— Dale, hablemos…
— Pero, ¿vamos a verlos?
— Dale, hablemos…
La semana transcurrió sin noticias de Erre mientras mis amigos me llamaban para saber si quería ir con ellos. Para el viernes, el grupo que había confirmado su asistencia era bastante considerable, pero, para mi desilusión, Erre me hizo saber que tenía otro compromiso. Aún acompañada por mis muy queridos amigos —con los cuales siempre me divierto mucho— no podía dejar de pensar que quería estar en esa sala con Erre. Una sensación de vacío me atacaba en el calor de la noche, la que terminaría encontrándome sola en mi cama, luego de una velada donde el sexo se exponía impúdico y a grandes dimensiones frente a mis ojos. Para distraerme, me enfoqué en los encuadres y en los movimientos de cámara, descubriendo fascinada que en los años ‘20, cuando la pornografía era ilegal, incursionaban creativamente en la puesta en escena. En uno de esos cortometrajes llamado The Radioman, donde se representaba una relación muy extraña entre la tecnología de las válvulas de una radio y los cuerpos, se sucedían planos con movimientos circulares sobre los desnudos de los actores mientras estos gozaban el uno con el otro. Incluso había planos detalles con recorridos de la cámara en distintas direcciones sobre los genitales que no había visto en las mejores producciones contemporáneas del género (en un momento del metraje un sexo femenino se abría y se cerraba continuamente mientras giraba sobre la pantalla). Toda la pieza hacía bailar aquellos fragmentos del cuerpo humano en una danza rítmica y audaz.
Tiempo después se renovarían mis esperanzas, al enterarme que este evento se repetía todos los eneros, cambiando cada año algunos de los cortometrajes proyectados, otorgándole cierta renovación al programa para que no se vuelva rutinario y los habitué puedan ver algo distinto. Un par de años más tarde volví a la carga sobre Erre con el que, luego de una temporada en la que nos habíamos distanciado, estábamos nuevamente en una intensa reconciliación: nos habíamos vuelto a ver después de unos meses y cada encuentro se sentía más fogoso. Así, un mediodía que me llevaba en su auto a mi casa, luego de haber pasado la noche juntos, volví a deslizar la pregunta como excusa para concretar la salida del próximo fin de semana.
— ¿Querés ir a ver cine porno mudo?
— Dale, hablemos…
— Pero, ¿querés ir al museo, van a tocar música en vivo?
— Dale, hablemos…
Déjà vu, ya había vivido esta situación; o tal vez estaba jugando a contarme “el cuento de la buena pipa” y nos habíamos quedado atrapados en un sin fin de preguntas recurrentes con respuestas evasivas, que derivaban nuevamente en las mismas preguntas.
Pasó la semana, llegó el sábado y nuevamente Erre faltaría a la cita, esta vez por viaje de trabajo. Esa misma tarde combiné con una compañera del trabajo, quién había llamado para salir y se entusiasmó de sobremanera con la propuesta. Unas horas más tarde estábamos en el museo viendo otra vez los cortos pornográficos, aunque esta vez algo incómoda, pues no la conocía muy bien aún. Además, para qué negarlo, me sentía desanimada: no era lo que había planeado, y una pena aún mayor me invadió cuando comenzó Haz el bien sin mirar a quien, donde un hombre ya un tanto maduro estaba sobre una mujer muy joven penetrándola en un movimiento mecánico… ¿Por qué este actor completamente desnudo ocultaba su rostro detrás de una máscara mientras ella estaba a cara descubierta? Y peor aún, ¿por qué no se había quitado los calcetines? La tristeza me invadía al ver el sexo descarnado y sin compromisos de aquellos actores. Ella, como se denominaba al personaje femenino, delataba en su rostro cierto final trágico.
Casi dos años después, y habiéndome olvidado por completo de mi sueño del porno con Erre, llegó una noticia alentadora…“Verano Caliente”, ese era el título del nuevo programa estival, incluyendo varios films memorables del cine erótico. Se me iluminó la cara cuando descubrí cuales eran exactamente los títulos que se anunciaban. Sin perder tiempo llamé a Erre:
— ¿Querés ir al cine?
— Sí, vamos.
— Pero, ¿seguro? ¿Querés ir al cine?
— Sí.
— De verdad, ¿querés ir al cine? ¿Voy a comprar las entradas anticipadas?
— Sí, sí, ya te dije que sí.
No podía creer lo que estaba escuchando. Todos aquellos planes con los que había soñado hacía cinco años se estaban por convertir en realidad, aunque no me quería anticipar a los hechos por miedo a que algo saliera mal.
Y claro, no todo sucedió como me lo había imaginado alguna vez. Erre llegó media hora tarde a buscarme para ir al restaurante y en lugar de un sitio romántico nos dirigimos a la parrilla frente al río, a la que íbamos siempre. Cuando llegamos, tuvimos que esperar mesa. Nervios y ansiedad en ascenso. Por nada del mundo quería llegar tarde a la función. Al tomar la avenida de la Costanera nos equivocamos de salida y terminamos dando una vuelta interminable, recorriendo todo el puerto para retomar por otra avenida que estaba un poco congestionada. Fue allí, que a Erre se le ocurrió comprar algo dulce en algún kiosco, dado que no habíamos comido un postre. Tardamos en dar con un comercio. Erre quería bajar del auto, pero me apresuré a sacarme el cinturón de seguridad y salir del vehículo sabiendo que yo iba a ser más expeditiva. Cuando pasamos por la puerta del Malba todavía había cola de gente aguardando que dieran sala en el auditorio. No tardamos mucho en estacionar y caminar unos cincuenta metros hasta ingresar. Recién en ese momento pude relajarme y me dispuse a disfrutar de la velada. Después de todo por fin había logrado convencer a Erre.
Apenas nos sentamos, bastante cerca de la pantalla, el programador de la sala encendió el micrófono y comenzó a presentar los cortometrajes seleccionados para la función, haciendo algunas aclaraciones, relatando anécdotas y comentarios bastantes particulares que muchas veces arrancaron varias risas entre los allí presentes. En ese momento noté una expresión de picardía en el rostro de Erre y su actitud corporal delataba un completo entusiasmo por lo que estaba a punto de espectar desde su butaca. Una sonrisa se le dibujó en el rostro cuando para el final se anunciaba de yapa un cortometraje de animación llamado El tesoro enterrado, tres estudios experimentales de finales de los años ’20, donde se dedicaban a hacer bailar a flores y animalitos, armado a la manera de cadáver exquisito para una convención de animadores: con un mismo personaje, cada dibujante proponía parte de la historia. Erre, que es un profesional del dibujo, me susurró al oído lo contento que estaba de estar allí.
La sala se oscureció. Los músicos, que estaban dispuestos en el pasillo al costado de las filas de espectadores, terminaron de preparar sus instrumentos. De a poco el espacio se inundó de sonidos electrónicos que nos fueron transportando al pasado y el proyector cortó la oscuridad con su haz de luz que, al impactar contra la pantalla, comenzó a alimentar todas nuestras ansias de voyeurismo. La audiencia se evidenció con risitas cómplices a medida que las escenas iban poniéndose más calientes. La música constante nos fue hipnotizando mientras acompañaba el ritmo de los cuerpos. De vez en cuando, miraba a Erre de reojo y me fascinaba descubrir su expresión de satisfacción. Por momentos, mecía su cuerpo con pequeños movimientos al ritmo de la música, como acompañando a aquellos personajes que nos ofrecían sus artes amatorias. En un momento, Erre me comenta lo interesante que le resultaba ver vibrar a las mujeres con su belleza tan natural, auténticas, sin siliconas. Finalmente, llegó la animación y al descubrir al personaje principal ostentando un falo del tamaño de una extremidad, Erre exclamó:
— ¡La auténtica tercera pierna!
Yo no podía estar más feliz. A lo largo de la gala me había entregado a la pantalla, viviendo cada una de aquellas escenas de sexo explícito mientras con Erre nos tomábamos de la mano. Había valido la pena la larga espera.
Al llegar a su casa, nos servimos un wisky cada uno, nos recostamos en el sillón y brindamos, mientras no parábamos de reírnos al reactualizar cada una de las imágenes que acabábamos de ver… Hasta bromeó con el hecho de que era la primera vez que teníamos una cita con un horario fijo que cumplir.
Luego me dijo que tenía algo para mostrarme y se levantó en dirección a su escritorio. No pude evitar seguirlo. Al abrir una carpeta me asombré al ver unos dibujos que había hecho con grafito negro. Eran una serie de varios bosquejos que mostraban los contornos de una mujer desnuda que dormía en varias posiciones.
— Sos vos —me dijo con su voz gruesa y sensual— te fui retratando en algunas noches mientras dormías.
Una vez más esa voz interna retumbaba en mi conciencia “Es él”, entonces le tomé el rostro con mis manos y lo besé expresando todo lo que sentía, nos abrazamos y esta vez fue Erre quien me propuso al oído:
— ¿Querés jugar al cine porno?

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