Aquella película contigo
El final que no entendí: “Blow Up”
Por Roberto Montini
La miré de costado, por sobre el hombro. Ella se dio cuenta y sonrió sin dejar de mirar la pantalla. Me inquieté. Es más, creo que hasta me dio algo de vergüenza mientras David Hemmings con todo el peso de la subcultura beat de los 60’ seguía enrollando a Jane Birkin y a otra amiga haciéndolas participar en una sorprendente “menage de trois” en su estudio fotográfico de Londres. Y mientras el mundo de Antonioni se desplegaba con toda fuerza en esa sala del cine Belgrano de Ramos Mejía, yo me sentí al mismo tiempo, un tipo feliz. Tres años antes había aparecido Isabel por primera vez, entre una multiplicidad de guardapolvos blancos que emergían de la puerta del colegio secundario vespertino Esteban Echeverría y al que yo también asistía. Debía tener uno o dos años más que yo, pero ya se insinuaba como una mujer, y yo, casi llegaba a parecer un adolescente. Guardé por lo tanto durante esa época un silencio cercano, respetuoso, acompañando de lejos su permanencia nocturna en la parada del colectivo que tomaba, en Avenida de Mayo y Rivadavia, como si hubiera aceptado el honorable cargo de ser su protector desconocido, que velaba por ella a la distancia, sin dejarse ver, mediatizado entre las sombras. Incluso atreviéndome a compartir su colectivo, que iba hasta Ciudad Jardín, del Palomar, para verla bajar en la plaza, junto al avión hecho monumento, y luego que ella desaparecía emprender silencioso mi camino de vuelta. Es cierto que en algún momento de esa extensa y reiterada rutina pensé en alterar mi estrategia, enfrentarme a ella, y decirle todo lo que debía decirle. Pero no, no pude, y no era sólo timidez. No podía pretender algo tan trascendental para mí, en esa situación exasperadamente desequilibrada para ambos.
Pasaron entonces tres años hasta que por esas cosas del azar el primer día de cuarto año en el colegio, se plantó en el curso ante mi vista, como diciéndome, bueno… el tiempo ha hecho lo suyo, creciste, finalmente el destino quiere que estemos juntos. Y comenzamos a partir de entonces a transitar una controlada relación virtuosa, mezcla de gustos compartidos, deseos y afectos, que incluso provocaban más de una reacción de nuestro preceptor, quién, como otros, seguramente la pretendía. Ella era ya más que un sueño, una realidad, sensible, activa, desafiante. Me arreglé como pude, de a poco, para saber algunas cosas de su historia, pero no demasiadas. En todo caso supe que era estudiante avanzada de danza clásica en el Teatro Colón, que no tenía hermanos, pocas amigas, y que colaboraba los fines de semanas en una institución de beneficencia que les daba albergue a hijos de padres con enfermedades contagiosas, y no mucho más. Una cierta cuota de misterio rodeaba su vida. Pero en todo caso el simple hecho de su presencia cercana, distancia mínima, ínfima, era más que suficiente para saber, y más que saber, para sentirla, como se siente aquello que no se explica…
Y en esa relación sin ninguna definición finalmente no pude más y el día de 21 de septiembre junté todas mis fuerzas para plantarme, así tan ridículamente como estaba vestido (pantalón gris, saco beige y…. polera blanca, todo esto en plena celebración del día de la primavera) para decirle que “la quería” (pausa) invitar al cine al día siguiente, sábado por la tardecita. Ella aceptó de inmediato, como si hubiera estado esperándolo.
Mi aparente arrojo, de todas formas, no fue un salto al vacío. Había tenido un encuentro previo, apenas una semana antes, en uno de los clásicos “asaltos” de la época, que Wïncofon por medio, musicalizaba las reuniones adolescentes. Fue sólo un tema lento, creo que fue “Michelle”, mejilla a mejilla, la mía… hirviendo.
Y mientras seguía a David Hemmings con su pantalón-jeans blanco y camisa celeste, interrogando detrás del negativo las sombras de unas figuras difusas que poco a poco parecían cobrar más y más entidad humana, y mientras los aires pop de ese Londres de los 60’ que pintaba Antonioni me resultaban tan atractivamente envidiables como lejanos y hasta inalcanzables, como parecía no serlo Isabel, a mi lado, que de vez en cuando me miraba de reojo, y hasta se atrevía afectuosamente a pasar un brazo (el suyo) sobre el hombro (el mío), al tiempo que nuevamente me sentía el casi hombre más feliz del universo, y mientras imaginaba todo lo que la vida podía darme hacia futuro junto a ella, al tiempo que David ahora con su saco inglés azul oscuro con botones de metal brillante que hacían juego con su pelo amarillo y mocasines marrón, intentaba obstinada pero confusamente, encontrar entre las sombras en el parque de Maryon Park el cadáver que había visto y que ya no estaba, y mientras yo seguía en la butaca, tieso, y me permitía apenas deslizar mi mano para rozar la suya, y mientras se venía entonces el extraño final de un amanecer de hierba húmeda en ese Londres verde, silencioso y deseado, y ahora David, luego del asombro que le representaba esa patota de personajes extraños, mezcla de mimos, hippies y demonios, jugando a un juego que no era tal, o que era el “no juego”, y la no-pelota de tenis que vuela por el aire y cae sin caer al lado de él, y él, que luego de la duda inicial, se permite devolverla y con ello, aceptar la ilusión de jugar.
Y cuando ya en el final de la historia que no entendía, advierto ahora a Isabel como ensimismada, sus ojos algo extraños, como moderadamente turbios, y cuando ya fuera del cine comienzo a proponerle que podríamos ir a comer una pizza al bar “Dos Avenidas”, o unas hamburguesas a “Popeye”, y ella simplemente me interrumpe, me roza con dos dedos de su mano izquierda mi cara, me da un beso y me dice… “me tengo que ir”. Y quedo solo, extraviado, estacado, averiado, dolorido, asombrado, explotado, quedo como un “Blow Up” en la vereda del cine Belgrano, intentando desentrañar el final de la película que acababa de ver, de esa trama sin historia, del suspenso sin motivos, del asesinato sin cadáver, del tiempo sin orden, del juego sin pelota, de la pregunta sin respuesta, pienso que tal vez, todo fue, como Cortázar solía decir, mezcla de verdad y fantasía. Como lo es la vida misma. Y entonces, ahí creo entender todo, incluso el final. Pero ya es tarde.
//////////////////////
Blow-Up (1966) | Michelangelo Antonioni