Mi primera película
El glorioso cine Rivas
Por Gonzalo Speranza
Antes de empezar a contarles como fue mi primera experiencia en el cine me gustaría detenerme en una época en particular de mi vida, un momento significativo porque éste empezó a instalarse para nunca más irse. Para ser honesto, mis primeras experiencias como espectador se relacionan más a una cuestión hormonal que al amor por el séptimo arte.
Corría el año 1981, vivía en un departamento con mis padres y hermanos en el barrio de Parque de los Patricios. Mis días transcurrían entre el colegio Normal 11 hasta el mediodía y fútbol en el parque o en el club Bristol (club de barrio que hubiese inspirado en más de una historia al querido negro Fontanarrosa). Todos los días eran iguales salvo los sábados que comenzaban con un picadito, de ahí a casa a comer algo, luego baño, ropa de salida y a las 14 hs. en punto estábamos en la puerta del glorioso cine Rivas de Parque Patricios, hoy convertido, como tantos otros, en un templo evangelista.
Retomemos. Cuando digo que era una cuestión hormonal me refiero a que, con 12 años, el cine Rivas fue el cómplice de mis primeras incursiones amorosas: en las dos últimas filas del cine se veían émulos de pájaros Cucú intentando embestidas contra las compañeras de turno.
Tengo que reconocer que el primer mes de asistir asiduamente todos los sábados de 14 hs. a 19 hs. para ver cine en continuado me había creado una luxación de mandíbula crónica en vez de irritación en los ojos.
La cuestión es que las compañías empezaron a mermar y con mis amigos continuamos asistiendo religiosamente todos los sábados al cine. Había veces que íbamos únicamente para molestar a “Papaíto”, acomodador que nos corría incansablemente por toda la sala para que nos callemos. Al pobre “Papaíto” un día le metimos un gato (animal cuadrúpedo) en la sala, el cual no paró de deleitarse con cuanta rata pasara a su lado.
Sin darme cuenta, el cine pasó a ser parte de mi vida, primero como lugar de encuentro y con el correr del tiempo como centro hipnotizador. Como era un cine de barrio muy particular, en el mismo día podías ver cualquier saga de Bud Spencer y Terence hill y a continuación Lola de Fassbinder o alguna película francesa que pasaban como relleno, de las cuales con algunas me reencontré cuando estudié cine. Algo para destacar del Rivas es el hecho de que no se regía por una clasificación de edad: en vez de documento a “Papaíto” le mostrabas un billete de cualquier denominación y entrabas.
Transcurrían los meses y estaba fascinado con cada película que pasaban. Aún no tenía desarrollado el criterio de discernir si era buena o no, simplemente el hecho de ver distintas historias era suficiente incentivo para estar ahí sentado por 4 o 5 horas seguidas. De repente, algún sábado aparecía en cartelera Amarcord de Fellini y no precisamente porque el cine se había transformado en una sucursal del Cine Núcleo de Salvador Sammaritano, sino porque simplemente era una “lata” que pasaba a rellenar la programación. Imagínense que en el mismo día podías ver Los cazadores del arca perdida y Expertos en pinchazos con Olmedo y Porcel.
Toda esta mezcla “bizarra” era frecuente y a la vez enriquecedora, y me llevaba a pensar y plantearme cómo se podían hacer cosas tan distintas y que sin embargo todas fueran proyectadas… Esa misma lógica de “curación” comencé a aplicarla para “mis compañeras de cine”: no había criterio de elección, simplemente ocurría.
Con el tiempo, mis hormonas se fueron regularizando y con ellas mi objetividad para poder elegir lo que quería ver. Del grupo de diez amigos que siempre íbamos fuimos quedando sólo tres. Pasamos a ser los “bichos raros” del grupo que se metían al cine en verano con 30 grados de temperatura, mientras el resto se iba a la pileta del centro municipal.
Por eso me cuesta separar la experiencia en “mi primera película”, simplemente el hecho de esa etapa de mi vida marcó mi acercamiento al cine.
Todavía tengo grabado en mi memoria el recuerdo de ver Indiana Jones y los cazadores del Arca perdida, no sólo por la adrenalina que me transmitía esa fantástica aventura, sino también por todo el contexto que lo acompañaba al verla en ese cine: gritos, clones de Harrison Ford haciendo parábolas inexplicables con el imaginario látigo, aplausos con la caída del villano de turno, murmullos cuando aparecían efectos especiales inentendibles para la época… En fin, el Cine Rivas me volvió un observador no sólo de las películas sino de lo que generaban éstas en las personas. Era la linterna mágica del barrio, no era lo mismo ver la película en algún cine de la calle Lavalle o Corrientes. No existía el silencio, existían reacciones… ¡Qué mejor para alguien que quiere hacer cine que ver eso!
Por eso Rivas quiero agradecerte por esos fantásticos momentos y por ayudarme a hacer lo que hago. “Cine”.
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Indiana Jones y los cazadores del Arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981) | Steven Spielberg