Aquella película contigo
El hombre de la valijita gris
Por Luis Ormaechea
Uno de los compañeros en mis idas al cine durante los años 80’ no es una persona en particular, sino un tipo de personaje que estimo ya desaparecido. Su presencia no me resultaba agradable. En general, trataba de sentarme lejos de él; sin embargo, era inevitable su cercanía porque ambos preferíamos las filas más cercanas a la pantalla (yo, para que mi campo visual coincidiera con el de la proyección, que es como sigo prefiriendo ver cine; él, por razones bien distintas como veremos más adelante).
Era habitual cruzarme con él en las funciones en continuado de algunos cines de la zona céntrica. Si la memoria no me falla, él frecuentaba mayormente las tres salas ubicadas en Avenida de Mayo (el Lara, el Gran Victoria y el Avenida), dos cines en Lavalle (el París y el Arizona) y uno sobre la calle Esmeralda (que llevaba precisamente el nombre de esa calle). Más que una película, elegía frecuentar una sala. Sus pretensiones no eran muchas: que el programa incluyera dos o tres películas al precio de una, que el precio de la entrada fuera sensiblemente inferior al de las salas de estreno y que no hubiera una gran asistencia de espectadores. Nuestros encuentros ocurrían en las primeras horas de la tarde (en la función matiné), disminuían por la tarde y eran realmente extraordinarios por la noche.
Su atuendo era bastante típico. Parafraseando una canción de Sui Generis, podríamos pensarlo como el hombre del trajecito gris (ratón). Era fácil advertir que la tela había conocido épocas mejores, que el blanco de la camisa hacía rato que estaba contaminado con el gris del traje y que los zapatos habían “pateado” unas cuantas cuadras más que las que había previsto su fabricante. ¡Ah! ¿Cómo olvidar la corbata “a media asta”, con un nudo que no se había desarmado en mucho, ¿mucho tiempo? El último e infaltable detalle, el que lo definía, un maletín raído.
Ese maletín tenía dos usos fundamentales: el primero (y oficial), transportar los papeles necesarios para hacer trámites en alguna de las tantas oficinas céntricas; el segundo (e inconfesable), ocultar sus manos mientras se autosatisfacía aprovechando cualquier desnudo femenino (o masculino, ¿por qué no?) que apareciera en la pantalla. Apoyado estratégicamente en los apoyabrazos de su butaca, su valijita le proveía el refugio ante las miradas ajenas, además de permitirle el libre movimiento de sus extremidades superiores. Este accesorio es el que le dio el nombre con el que pasó a la historia: valijero.
Si por error (o por la oscuridad de la sala) me sentaba cerca de él, con unos rápidos movimientos acomodaba lo que la valija ocultaba. Enseguida me lanzaba una mirada reprobatoria por haberle causado esta perturbación, resoplaba enojosamente y se adelantaba dos o tres hileras de butacas, esperando con ansias una escena que le devolviera la motivación.
¿Por qué se cruzaron mi camino y el de los valijeros? Recordá, lector, que estoy hablando de la época previa a la difusión de la televisión por cable y de la videocasetera. Los cinéfilos teníamos que ver todo el cine en fílmico (que es como debe verse, dicho sea de paso) o no verlo. Si no llegábamos a ver una película en las salas de estreno (o nuestra economía no lo permitía), teníamos que ir a estas otras salas o esperar años a que la Cinemateca hiciera una retrospectiva en la Lugones o el teatro SHA de la calle Sarmiento.
Aún hoy recuerdo algunas de las películas que compartimos. Por la perversa decisión de los exhibidores, llegaron a esas salas títulos como El decamerón de Pasolini, Vicios privados, virtudes públicas de Miklós Jancsó o Secretos de hotel de Tony Richardson. Los cinéfilos estábamos muy agradecidos de poder ver esos films, pero los valijeros se sentían profundamente defraudados por lo que esos títulos prometían y de ninguna manera cumplían.
Uno de los recuerdos más desagradables que tengo de estos ocasionales compañeros está ligado a la película Calles de fuego de Walter Hill. En la primera parte del film, Ellen Aim (la siempre bella Diane Lane) canta “Nowhere Fast” enfundada en un ajustado vestido rojo y negro ante el delirio de sus admiradores. Pero algo siniestro empieza a aparecer en la pantalla: la pandilla de Raven Shaddock (Willem Dafoe) avanza con sus motocicletas dispuesto a secuestrarla. La intensidad de la música va in crescendo mientras el montaje se acelera, el clímax se acerca. En el momento de más tensión de la escena, una violenta patada sacude el respaldo de mi butaca. No, no es uno de los pandilleros que se escapó del film; es simplemente el valijero que festejó estruendosamente el placer que se acababa de propinar con tan bella escena.
Volviendo a Charly y a Nito pregunto “¿Y dónde estás? ¿Adónde has ido a parar? ¿Qué se hizo de tu valijita gris?” Probablemente, hoy ocupes un lugar más acorde con tu solitaria actividad en algún ciber del microcentro.
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Calles de fuego (Streets of Fire, 1984) | Walter Hill