Nuestra última película

El olvido y la basura /// Ricardo Soto Uribe

Nuestra última película
El olvido y la basura
Por Ricardo Soto Uribe

Hay gente —rara— que se refiere a las malas cosas (películas incluidas) como “basura”: ¡Tal película es basura! Tal otra, ¡basura! y así… De hecho, el vocablo “basura” usado como adjetivo o juicio de valor sobre una persona, animal o cosa, me suena como a doblaje de película… muy de película yanqui, por lo general berreta. Lo que digo es que no es muy criollo decir “tal cosa es basura”, suena raro, poco autóctono y hasta violento… Cuando hablo de que suena a doblaje de película berreta, me refiero a que es de esa especie de frases que uno ha escuchado en innumerables escenas, pero sin poder recordar ninguna en particular, algo así como una especie de “Hasta la vista, baby” pero sin la paternidad conocida ni la misma fama. Un pariente más pobre y medio huérfano… casi olvidado.

La ciudad es sucia de por sí, casi por ontología, pero hay calles que lo son en especial; sobre una de esas transito a diario y ahí fue pensada esta nueva convocatoria: “la última película”. Y bueno, casi por automatismo, traté de recordar la última película que vi, y en verdad me extrañé de no recordar con precisión cuál había sido. Sin tampoco hacer un gran esfuerzo de memoria llegué rápido a la conclusión que debió haber sido una “peli-basura” ya que las otras, las que sí importan, las recordás y compartís de buena gana, te las llevas contigo por un buen rato y a veces por siempre.

La “última” —es decir, la primera si uno se da vuelta y mira al pasado— la verdad que no la recordaba. La última que vi en el cine sí, la recordé en seguida… pero no estaba seguro si esa había sido la última de todas. Porque resulta que ahora uno ve películas también en la tele, en aburridas reuniones de amigos, en salas de espera, peluquerías, colectivos interurbanos e incluso taxis, donde no hace mucho tuve el gusto de ver un escena casi olvidada de Scarface (esta demás decir que la escena se supo sobreponer a la irresponsabilidad del taxista, a mis ganas de decírselo y al minúsculo e injusto tamaño de la pantalla).

El asunto —volviendo a esto de las películas basura— es que mi última película haya sido un objeto para tirar al tacho. Cine-basura del cual no tengo recuerdo. Pero la cuestión no termina ahí, ya que la última película —más allá de la comparación con la basura— no la tengo en la memoria y ahí está la razón de lo que en verdad quiero decir.

Una película olvidada creo que se sitúa en un lugar aún más despreciable que la basura, ya que el desecho al menos tiene una existencia física, una presencia despreciable, pero presencia al fin. En cambio, una película olvidada (sea o no basura) ni siquiera tiene el privilegio de la existencia… Me atrevo a decir que las películas sólo viven en la memoria, es ahí en donde existen y donde exigen ser situadas.

Pero no hablo de la memoria como mecanismo torpe, vulnerable a ser ejercitado por deporte; sino de la “memoria visual”, aquel lugar con reglas propias… en donde, por ejemplo, no cabe una película completa, sólo pequeñas escenas que luego decidimos (o no) guardarnos y en donde ya no importan si en verdad esas escenas corresponden al recuerdo de alguna película o al de nuestras propias vidas. Habitan imágenes de todo tipo, todas en un mismo lugar sin grandes distinciones. Por eso, es en la memoria donde el cine se hace nuestro por fin, como pasa también con todo lo demás que atesoramos en un lugar. Por ejemplo, nunca olvidaré el haber visto Andrei Rublev porque me voló la cabeza y en parte también el alma. Tampoco olvidaré El Código Da Vinci porque me afanó la plata del bolsillo y me embronqué por el tiempo perdido y por la basura que me mandaba por los ojos… La cuestión, es que ambas (junto con otras varias) habitan en ese salón íntimo de la memoria. Las películas sólo viven allí, las buenas y las no tanto.

Lo trágico ahora, son aquellas que ya no habitan en la memoria pero que debían ser situadas allí y sólo allí. Me refiero a aquellas películas que más allá de marcarse en la vida por su propia calidad artística, deben estar allí porque se relacionan con hechos importantes en la vida de cada sujeto. Eso me hizo pensar (luego de que leí con más atención el mail de la presente convocatoria) en ¿Cuál fue —por ejemplo— la última película que vi de niño? Pensé luego que quizás debía tomar un atajo y recordar la última película de dibujitos que vi sin estar tan consciente de ver una de animación… en otras palabras: ¿Cuál fue la última “película de niños” que vi de niño? O, ¿cuál fue la última que vi con quien hace años vive a un océano de distancia?… Más aún, ¿cuál fue la última que compartí con mi viejo antes de que muriera? ¿Cuál fue la última que vi junto a una ex que amé por tantos años y tanto cine en común, cuál fue esa, nuestra última película? ¿Cuáles fueron todas esas últimas películas? Traté y traté de buscar, pero no encontré nada. ¿Dónde están esas películas? ¿Mis últimas películas?

En aquel mismo camino, ahora de vuelta, la ciudad levantó un viento que apaciguó un poco —por un rato aunque sea— el calor implacable del sol en el Once, y la basura comenzó a colarse en mi andar desmemoriado ¡Qué ganas de recordar esas últimas películas!, que ganas de saber qué películas marcan algo en tu vida por haber sido las últimas, las finales. Una vez escuché decir por ahí que muchas de las cosas importantes uno no las recuerda y en cambio colecciona buena cantidad de basura en la memoria… Terminé pensando que cada uno de nosotros es también lo que olvida (¿o lo había leído?). Si aquellas películas al menos habitaran en un tacho donde pudiera buscarlas, hurguetear y rescatarlas, lo haría ahora mismo. Me estaría buscando a mí mismo en medio de tanta basura, recobraría aquello que me pertenece y que desde ahora atesoraría… aunque aquello que encuentre no sea más que una querida y mal olvidada película basura.

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