Mi primera película

El oso /// Florencia Poggi

Mi primera película
El oso
Por Florencia Poggi

Cuando tenía 4 o 5 años me llevaron por primera vez a conocer Mundo Marino. Mi mamá había alquilado una casita en San Clemente que a los pocos días se había llenado de hermanos, primos y compañeritos de jardín, con sus respectivos adultos responsables. La cosa es que Mundo Marino es un lugar para ir una, dos veces a lo sumo, después de eso, pierde el encanto. Los trucos de los delfines y los saltos de las orcas eran siempre los mismos (hecho que comprobé en los sucesivos viajes a San Clemente donde, claro, no podía evitarse la visita al parque marino). Pero en esa excursión, la primera, la de descubrir, todo tenía olor a nuevo, todo era una novedad, todo sorprendía; es decir, que todo daba, también, un poco de miedo.

Yo era bastante miedosa y ver a los gigantescos lobos marinos acercase a un nene que era cinco veces más chiquito me daba esa mezcla de sensaciones entre terror y fascinación. Quería mirar, pero imaginaba que el lobo podía deglutirlo en menos de un segundo si tenía un mal día. Esa primera vez en el parque, frente a un lobo marino, instintivamente cerré los ojos para no ver el baño de sangre que se podía provocar, pero cuando volví a mirar, me di cuenta que no había pasado nada, el nene, chiquito y todo, seguía ahí, y el lobo había saciado su apetito con algunos pececitos menos afortunados.

Ya había pasado más de una semana de vacaciones, y, disuelto el misterio del atractivo principal del lugar, demandábamos entretenimiento. Y así, como quien no quiere la cosa, me vi sentada en una butaca vieja de algún cine de la costa atlántica, gaseosa en mano, para disfrutar lo que para todos serían dos horas de alivio y despreocupación. Ahora bien, ¿a qué ser humano que se precie de tener más de dos dedos de frente se le ocurre catalogar como “ATP” y de “consumo familiar” una película que, de arranque nomás, no pinta más que muerte, trauma y desolación? ¿No era suficiente, me pregunto yo, con la muerte de la madre de Bambi, con el rumor de la matanza indiscriminada de gatos detrás de Chatrán, con el desconsuelo del pobre y cuasi deforme Dumbo, con la tristeza congénita de Ico, el caballito valiente?

El tremendo alud que aplasta y mata a la madre del osezno en cuestión de minutos no generó otra cosa que llantos y gritos de espanto entre el público bajito. Vi a mi prima, a mi derecha, con la cara inflada y roja y unos lagrimones de desconsuelo que le caían sin parar, mientras en la pantalla el terror no cesaba, el osito rugía por su madre muerta y olía el aire para encontrar su rastro, al mismo tiempo que la música orquestal nos rebanaba el corazón. Yo, en cambio, ya habiendo sufrido semejante rito de iniciación en Mundo Marino, y habiendo dejado atrás mi más tierna infancia para ser capaz ahora de enfrentarme a la terrible realidad de un lobo marino amenazante y hediondo, me dediqué a sorber mi gaseosa bien fría con los ojos cerrados, sabiendo, como sabían los grandes, que cuando el lagrimeo y la angustia pasaran, era señal de terreno seguro para volver a mirar, y que quizás, lo que sucedía en frente mío no fuera más que otra calamidad imaginada. Así pasó gran parte de la película, hasta que el cambio de música me indicó que estábamos libres de peligro: ahora el oso era saltarín y juguetón, y descubría el mundo por sus propios medios. Pero no, faltaba lo peor: la enseñanza de que la vida no sólo está plagada de muerte sino también de maldad, encarnada en la figura de un cazador despechado, sin valores ni moral, cruel y despiadado, lo que, a nuestra noción infantil, era un tipo bien, bien malo. Por supuesto, y como era de esperarse, a la menor persecución o acecho (y su música), volvían la cara inflada y los lagrimones a mi derecha y el griterío general en toda la sala. No entendía cómo no hacían lo mismo que yo, y mi excitación inocente ante semejante descubrimiento me impulsaba a querer decirles que era fácil, que solamente tenían que cerrar los ojos y esperar que pase, que así, con esa simple maniobra, se daban cuenta de que lo que pasaba en la pantalla no era de verdad.

Por suerte, yo ya había entendido, o empezaba a entender, que en el simple acto de cerrar los ojos podía elegir ver algunas cosas y pasar por alto otras, que tenía una simple pero fundamental herramienta conmigo y que a partir de ese momento iba a ser determinante: el poder de la mirada, el poder de darle al oso un final (o un comienzo) más feliz.

//////////////////////

El oso (L’ours, 1988) | Jean-Jacques Annaud

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tal vez también puedas leer.

Copyright © 2022 - GrupoKane

Salir de la versión móvil