Mi primera película
El padre memorable
Por Leandro Rodríguez Salcedo
Durante la adultez —sólo por otorgar algún nombre a la dilación que existió entre los dieciocho y los treinta y cinco años—, mi memoria se consagró a la tarea profana de confundirse, enajenando la sensibilidad de cada recuerdo, a tal punto que llegó a plantear la sospecha de veracidad en esas imágenes hasta el momento incuestionables, que entonces empecé a percibir remotas, emocionalmente intangibles y estériles incluso en la insistencia.
Vicisitud en parte buscada, fue bienvenida en sus aciertos innobles, pero igualmente lamentada por su imparcialidad, porque el muro que bloquea al espíritu es inexacto y mucho de lo que yo quería conservar corrió el riesgo de perderse.
No obstante, con el poder contagioso que posee cada proceso sombrío, el velo oscuro que, por distintos motivos, en mi adolescencia había comenzado por interponerse entre mi padre y yo, inevitablemente terminó extendiéndose sobre todo lo que alguna vez fuera claro y genuino, hasta que, a su debido momento, un recuerdo aparentemente menor se reveló como una víctima insurrecta del humor fatal de la duda, y a diferencia de lo que sucedió con otros recuerdos sospechados, en este caso escarbé por largo tiempo en la memoria buscando algo que confirmase su autenticidad.
Son las causas de esa resistencia las que le conceden un lugar singular al recuerdo de mi primera película vista en un cine.
No puedo precisar un momento, pero sé que de a poco había empezado a creer que en lugar de haber asistido al cine en el año de su estreno, lo que realmente había visto por primera vez era una de esas versiones resumidas en Super8, mientras que el argumento completo, había sido adicionado más tarde con las emisiones televisivas, y el recuerdo de la gran pantalla, una construcción de la psiquis surgida a partir de deseos más que del pasado. Porque a la distancia —y cometiendo el error de comparar el cine infantil de hoy con el de aquella época—, creía inverosímil haberla visto a los cuatro años de edad, y detalles tales como que mi hermana (dos años mayor) ya iba a la primaria, o que mi hermano (un año y medio menor) muchas veces había asistido al cine en brazos de mis padres, estaban igualmente fuera de mi alcance y recién salieron a la luz cuando mucho más que un acertijo comenzó resolverse.
En un principio pensé que mirando compulsivamente sus versiones hogareñas iba a poder recobrar sensaciones que resultaran clave, sin embargo, la misma lógica de la duda terminaba por adjudicar todo lo que de allí saliera a esos engañosos montajes mentales.
Evidentemente, una racionalidad incompleta y ridícula gobernaba sobre todo lo demás.
Tanto fue así —y tan contradictoriamente— que llegué a considerar la fastidiosa posibilidad de despejar esa obsesión con mi papá —palabra que sin temores recupero de su exilio—, pero me detuve ante la convicción de que cuestiones de este tipo, por pequeñas, escapaban a su memoria, y más aún, porque también tenía la convicción de que probablemente me dijera que sí, que la habíamos ido a ver al cine, apelando acaso a sus engañosas construcciones de la mente concebidas para cumplir con un falaz sentido del deber paterno.
Porque, por esos años, en estos términos se traducía irremediablemente todo accionar de mi papá, y en todo caso, informarme a cerca de sus pensamientos —vehementes aseveraciones sería más exacto— sólo confirmaba una opinión —vehemente aseveración también en mi caso— completamente opuesta. De modo que una afirmación suya hubiera supuesto la total clausura de mi pueril empresa.
Y esta actitud también señala que hacía tiempo que yo no tenía ni deseaba ninguna de las virtudes de aquel héroe de las pantallas de mi infancia, ya que justamente, y casi sin darme cuenta, había optado por una percepción del mundo, quizás menos fascinante, pero próxima a la que gobernara el corazón de su íntimo enemigo.
Sin embargo, cuando se cultiva el escepticismo a partir de la ilusoria analogía entre antagonismo e inteligencia y se erige la personalidad fundamentándose en la arrogancia, algunas veces sucede que el resultado de esos mismos dogmas terminan por asfixiar al espíritu, con tanta eficacia, que permite que una suerte sabia y despiadada encuentre la forma de que la memoria y la sensibilidad recluidas emprendan finalmente su regreso.
Porque la fatalidad imperfecciona todo plan, y el inconsciente es tenaz con sus caprichos.
Fue con esta contrariedad que muchos de mis recuerdos comenzaron a emerger aturdida y lentamente, y entre otras cosas, con un humor todavía rencoroso, mi consciencia actualizó las peripecias que, en mi niñez, implicaba ir a ver una película subtitulada.
Durante cierto período sería justo postularme sólo yo como un inconveniente frente a la falta de doblajes, porque mi hermana asimiló la lectura desde muy chica y el rol de mi hermano todavía consistía en molestar a los demás espectadores con su llanto, ocasiones en las que mi mamá salía al hall del cine rápidamente y recién volvía cuando el malestar había desaparecido, cumpliendo con un deber cívico que quizás fuera un alivio, dado que adentro de la sala quedábamos yo y mi invencible insistencia en el pedido de lectura de los diálogos. Y en esto —confieso— era muy estricto, puesto que formulaba mi pregunta ante el más mínimo movimiento de labios, y perseverante, porque mantuve esa cómoda postura hasta bien entrada la primaria.
Al menos con mi mamá, dado que mi papá se entregaba más a las películas que a nosotros —me refiero a mí y a mi hermano cuando tuvo edad de empezar a molestar de la misma manera— y sólo nos reproducía un pequeño porcentaje de los diálogos.
Así se inició una lucha ritual por el asiento contiguo al de nuestra madre, quien en algún momento, renunciando totalmente al entretenimiento propio, se resignó a repetir dos veces la misma frase mientras alternaba entre su butaca derecha y su butaca izquierda, hasta que el tiempo le dio a mi hermana la pericia y el coraje necesarios como para ofrecerse a cumplir la misma tarea, y de esta forma, repartidos los varones iletrados, mi papá pudo disfrutar plácidamente de las películas que nos llevaba a ver.
Más cerca del presente y más alejado de mi obsesión, también recordé un cumpleaños —mío y de mi hermana, ya que cumplimos el mismo día— en el que efectivamente se había proyectado la versión Super 8 de aquella película. Sé que fue así a partir de una fotografía (también olvidada y recordada a su debido momento), en la que un amigo y yo aparecemos de perfil mirando atentamente hacia la pared sobre la cual, en mi memoria, los héroes llevaban a cabo sus aventuras.
Y aunque en cierto sentido dicho recuerdo fuera una divergencia inoportuna, fue más lo que me complació, porque se trató de una gran fiesta que me permitió disfrutar de la presencia de compañeros del preescolar y de los distintos juegos propuestos por las animadoras —a una de las cuales, por otra parte, dirigí un fugaz enamoramiento—, atracciones todas que creía haber conocido sólo en festejos ajenos.
Pero además, este evento había removido la máscara inflexible que durante tanto tiempo yo había interpuesto entre mis ojos y el verdadero rostro de mi padre, y quizás esto permitiera que mi duda pudiese despejarse de algún modo. Lo que ciertamente sucedió a partir del recuerdo de dos hechos finalmente ubicados a la salida de un cine, cuando, en efecto, tenía sólo cuatro años.
En el primero estoy pidiéndole a mi papá que me compre una historieta de la película en cuestión. La primera impresión fue indudablemente falsa: yo aparecía tironeando de su mano en dirección al kiosco como si desde la vereda opuesta nos vieran. No obstante, más tarde el punto de vista se posó sobre mis ojos y —construcción de la mente o no— el recuerdo se volvió eficazmente sensible e impuso su certeza: a pesar de sus limitaciones económicas mi papá me había comprado la historieta.
Algunos meses atrás la dictadura militar había cesanteado a mi mamá (que pudo volver a ejercer la medicina sólo cuando volvió la democracia) y siendo mi padre el único sostén económico de la casa cualquier gasto no planeado era un verdadero lujo.
El destino no quiso que quedara evidencia material de este recuerdo clave, aunque sí la hay de que cada tanto mis padres hacían esfuerzos invaluables por mí: además del cumpleaños mencionado, una extraña y cara edición de otra historieta (Superman vs. El Asombroso Hombre Araña, 1977) comprada en 1978 estuvo en mis cajones hasta pasada la adolescencia, y el monstruoso muñeco de otra película (Alien, el octavo pasajero, 1979), cuyo precio en 1982 era prohibitivo, aún se exhibe en la repisa de mi antigua habitación.
Sin embargo es el segundo recuerdo el que le otorgó una solución final a la incógnita. Originalmente es impreciso en imágenes, pero sé que en el futuro será mi papá quien a la salida de aquel cine, cuando yo pregunte “¿Y qué pasó con Darvader, se perdió en el espacio?”, llevándome de la mano me responda “Si, se perdió en el espacio”.
También sé que en adelante perderá todo sentido preguntarme si esto ocurrió así.
//////////////////////
El regreso del Jedi (Star Wars: Episode VI – Return of the Jedi, 1983) | Richard Marquand