Mi primera película
El primer adiós
Por Adrián Melo
I
No se si cuenta, a la hora de pensar la primera película que vi en cine, la evocación de recuerdos prematuramente infantiles. Más particularmente que otras, las primeras remembranzas están teñidas de elaboraciones secundarias, de mitos, de fantasías, de sueños e imaginaciones propias y ajenas, de elementos incorporados con posterioridad a los hechos, de relatos familiares formulados y reformulados en acomodo a los públicos o para justificar una cierta naturaleza en el carácter que se manifestaría en los mínimos gestos de la infancia del niño protagonista de la narración.
Estoy seguro de que mis padres me llevaron a ver Bernardo y Bianca al cine Los Ángeles, sobre la calle Corrientes, al “primer cine del mundo dedicado a Walt Disney” tal como se anunciaba aparatosamente desde la fachada del edificio, inscripción que se conservó hasta hace muy pocos años, aún cuando gran parte del complejo se había transformado en un Burger King. Es la única certeza que tengo. No recuerdo nada de la película. Recuerdo un Mickey Mouse gigante exhibido, quizás, en una vitrina en un pasillo contiguo a la sala de proyección (quería llevármelo a casa). No sé si es una invención de la mente o si había otros juguetes de la línea de personajes Disney. De hecho, lo único que esperaba ver en una vitrina era el cuerpo congelado del propio Walt para corroborar una de las leyendas o uno de los engaños mundiales más divulgados de la época. Envidiaba el hecho de que Walt Disney iba a ser resucitado gracias a la criogénesis y a las tecnologías del año 2000 (año en que se cifraban múltiples esperanzas), porque en esa época, como ahora, alimentaba la ilusión de vivir para siempre.
Tiene algo de belleza poética buscar la inmortalidad caminando por la oscuridad de los pasillos de cine y devolviéndole al mismo, un objetivo que se anunciaba desde las primeras crónicas que se escribieron sobre el aparato cinematográfico: “Con este nuevo invento la muerte dejará de ser total y absoluta, las personas que hemos visto en la pantalla permanecerán con nosotros, vivas y activas, después de su fallecimiento”.
II
No sé tampoco si cuenta como primera película Carrie (Brian de Palma, 1976), a la que mi mamá y mi tía materna me llevaron a la tierna edad de cuatro años con la esperanza infructuosa de que yo me durmiera durante la proyección. Ante mi negativa a echarme un sueño, ellas tapaban mis ojos abiertos como platos frente a las escenas más terroríficas y no pudieron evitar tampoco que se filtrara algún momento en el que yo señalara aterrado la pantalla y gritara “¡Sangre!”, produciendo risas y fastidio entre el público de la sala cinematográfica. Sin embargo, todo lo que recuerdo del film es el espeluznante afiche publicitario que se exhibía en las vitrinas del Gran Rex de Florencio Varela. La joven Carrie, echando fuego y venganza por los ojos y con el cuerpo y el rostro cubiertos de sangre de chancho. Aún hoy me produce escalofríos.
III
Después de años de batallar en una lucha a muerte en donde parecía que sólo uno de los dos medios de comunicación masiva iba a sobrevivir, el cine y la televisión habían encontrado una tregua, algunas maneras de entablar una convivencia pacífica.
Ello hizo posible que las primeras películas en cine de las que guardo un recuerdo vívido estén ligadas al universo televisivo. Es más, el cine me parecía una versión magnificada y ampliada de la televisión. Y no sólo por las dimensiones de la pantalla, sino que había una correspondencia y una continuidad entre los tópicos que me obsesionaban y la necesidad de verlos en imágenes gigantes. Básicamente iba al cine a ver lo que antes, había comprobado que me gustaba en la televisión. Así, pasaron ante mis ojos Heidi (la serie de dibujos animados en versión corta), El chanfle (una sucesión sin gracia de gags gastados en el programa televisivo Chespirito) y El increíble Hulk (la proyección en pantalla grande de los episodios piloto de la serie del mismo nombre).
Sin embargo, como muchos de mi generación que éramos demasiado niños cuando el estreno de Superman o de la saga Star Wars, la primera película realmente cinematográfica y la primera película de las que recuerdo casi todo es E.T., El extraterrestre (Spielberg, 1982). Como le sucede a gran cantidad de niños, tenía una propensión a la obsesión patológica, a hablar compulsivamente de un mismo tema o recurrir por temporadas con un motivo hasta la extenuación de los adultos. Por supuesto, la película de Spielberg, hizo que mi vida girara por un tiempo en torno a los universos espaciales, los ovnis y todo lo que oliera a alienígena.
No sé si eran las secuelas del merchandising Spielberg o el aire de los tiempos, pero los seres de otra galaxia, buenos y malos, invadieron el mundo del espectáculo con más fuerza que nunca desde al menos la década del sesenta, cuando se los confundía con comunistas.
En concordancia con ese boom había surgido una serie televisiva que se llamaba Viajeros o Viajeros del tiempo, con un argumento descabellado y conservador. Una belleza de ojos azules, el actor Jon-Erik Hexum, interpretaba a un alienígena que descendía a la tierra con el objetivo de recorrer la historia universal terrestre y asegurarse que los hechos del pasado transcurrieran tal cual habían sucedido. Eso hacía que tan pronto tuviera que asegurarse de que Espartaco comandara la rebelión de los esclavos como de que Lincoln ganara la Guerra de Secesión norteamericana, entre otros avatares. En su recorrido a través del tiempo, el joven extraterrestre era acompañado por un adolescente humano con el que terminaba estrechando una dulce amistad.
Por supuesto que el antecedente directo de esa amistad era Elliott y la tierna mascota que, a estas alturas, tan famosa como Jesucristo repetía su destino de milagros, muerte y resurrección. O que, proclive a la lectura queer, alimentaba una amistad con un adolescente conflictivo destinada a permanecer en el secreto del placard, circunstancia que la mascota aprovechaba para trasvestirse de mujer.
Pero esas fueron elaboraciones posteriores. Para el niño que yo era en 1982, el valor de E.T. como el de Viajeros del tiempo era la defensa a ultranza de la amistad entre diferentes. Viajeros… tenía el plus de que el E.T. no estaba interpretado por un disfrazado lleno de prótesis sino por una deliciosa carne humana destinada a pasar muy pocos años sobre la Tierra. El actor Jon-Erik Hexum murió a los veintisiete años en un torpe accidente en el set de filmación mientras rodaba un episodio de su nueva —y mala— serie llamada Cover Up y traducida en Argentina como Modelo masculino. Cuando debido a las trágicas circunstancias, su personaje televisivo debía desaparecer, la serie le rindió un homenaje póstumo. Al final del triste episodio que no llegó a filmar, su personaje moría fuera de campo y entonces, una espléndida fotografía de su rostro cubría la pantalla con un mensaje que emulaba, a la manera hollywodense, los epígrafes funerarios de la Grecia Antigua:
“Jon-Erik Hexum (1957-1984). Cuando una estrella muere su luz continúa brillando a través del universo por milenios… Jon-Erik Hexum murió en octubre de este año… pero las vidas que tocó continuarán iluminadas con su luz para siempre, para siempre…”
Siempre asocié la conmoción de ese momento con la tristeza del instante en que la nave espacial de los extraterrestres se despegaba y se perdía para siempre y a mi plegaria de que Elliott dejara de llorar y gritara, que detuviera el itinerario de la nave espacial y se decidiera a vivir su amistad, en la tierra o en otra galaxia, pero que nunca se resignara a que la luz se hiciera cada vez más pequeña hasta no dejar siquiera una estela en la oscuridad del horizonte.
La primera película que recuerdo y que solo volví a ver cuando volvieron a pasarla en cine, pasados veinticinco años de su estreno, quedó así definitivamente anclada en el lugar de las primeras tristezas, del despertar de mi sexualidad y a la intuición de que, muchas veces, los sueños y las cosas bellas se desvanecen al primer contacto con la realidad.
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Viajeros (Voyagers!, Serie de TV 1982-83) | James D. Parriott

























