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Aquella película contigo

El primo de la lágrima /// Eduardo Rojas

Aquella película contigo
El primo de la lágrima
Por Eduardo Rojas

Lloré. Lloré como si fuera un melodrama y no un policial. Sin motivo, con vergüenza y desconsuelo auténtico. Fue espontáneo, brotado de improviso. Llanto de niño consentido.

Yo tendría unos cinco años, la mitad de los que tenía mi primo El Negro. A veces íbamos a la cancha, esa tarde fuimos al cine. Se lo habré pedido, a él le tiraba el fútbol.

Daban un policial, hombres duros hablando por el costado de la boca y usando sombreros; trompadas y tiros. No sabíamos que estábamos viendo cine negro, cine negro para el Negro que se entusiasmó con la película al compás de la intriga. Yo en cambio la miraba con una angustia ajena a la pantalla, que crecía con la acción. Un globo oscuro me ocupaba el pecho e iba creciendo con los minutos, hasta que justo cuando el detective estaba por descubrir al asesino, explotó dentro de mí y brotó como llanto. Lloré y lloré; el Negro, desconcertado, no supo cómo calmarme. Finalmente se rindió y me llevó a mi casa. Me calmé enseguida, apenas vi a mis padres en sus cosas. El Negro volvió al cine refunfuñando; fue en vano, la película ya terminaba y no pudo saber quién era el asesino.

Nunca volvió a llevarme al cine y nunca aceptó acompañarme cuando, mucho después, nos vinimos a vivir a Buenos Aires. Le costaba perdonar tanto como a mí pedir perdón. Nunca lo hice y ahora es tarde, el Negro ya se murió y yo sigo sin saber porqué lloré aquella tarde en el cine de mi pueblo.

Se en cambio que, al menos con los policiales, los hombres no debemos llorar.

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