Nuestra última película
El puente de la estupidez
Por Gustavo Farray
Corrimos y corrimos y corrimos. Pero no llegamos. El cine se había cerrado y las puertas vibraban con sonido gruñofónico ultra pesado. No daba pasar con la película tan avanzada. Los superhéroes no nos habían ayudado con nuestra incompetencia.
Nos fuimos al “sitio barato y berreta de hamburguesas”, tan iluminado que podíamos ver el bolo alimenticio pasar a través de nuestros esófagos. El apuro se nos había prendido y nos seguía en modo “deglutir desaforados”. Y los fantásticos fantasmas no nos iban a ayudar con nuestra incompetencia, así que fue tiempo de que empezaras a sentirte mal de la panza.
Corrimos, corrimos, pero no llegamos a tiempo. Justo al revés. Cuando no te quedó nada de auto por vomitar llegamos a la guardia del Pirovano.
De izquierda a derecha sentaditos en la sala. El señor sangrante de ojos, el tipo con la pata derecha doblada y, en un solo grito, el desdichado con la otra pata rota. Siguiendo, la señora sana limpia y prolija, el perrito que duerme ahí junto a la estufa, el hombre de las orejas inflamadas y nosotros dos, los amigos indigestos.
Allí en la guardia se nos ocurrió que no era buena idea esperar. ¿Para qué tanto correr si después uno debe esperar? Mejor seguir de largo.
Nos fuimos mientras escupías bilis con saliva y pedazos de papa frita. Hay que lavar el auto, aunque es un poco tarde. Manejar un automóvil vomitado te obliga a abrir las ventanillas y sentir la brisa helada de una noche de cero grados justo en la cara.
“Mejor el frío que esta baranda” —me dije. Además, congelados es más difícil tener espasmos estomacales.
Corrimos, corrimos, pero no encontramos ningún lugar adecuado. Paramos en la estación de servicio y empezamos a hacer lo que podíamos con los pañuelos descartables y un trapito lleno de grasa. Intentamos, intentamos, pero más que limpiar desparramamos.
Y justo ahí, ¡justo a tiempo!, cuando casi-casi nos olvidábamos, fuiste vos amigo el que estuviste genial y memorioso. Había que volver al cine. Ya casi era la hora de la próxima función.
Corrimos, corrimos y esta vez llegamos. Pero en la fila, cerca de entrar, notamos lo que ya era evidente hacía una hora. Olíamos a rata podrida y nadie nos iba a soportar cerca en la sala.
Con la misma frialdad que se tiene a los 13 años, pero con la autoridad que se tiene a los 22 lo dijimos sin dudar y al unísono. “Esta es la última película que miré contigo”.
Nunca más nos vimos. Con el tiempo te encontré en Facebook y descubrí que habíamos cambiado demasiado. Yo sigo siendo un estúpido que corre hacia ningún lado, pero vos… vos ahora sos un estúpido quieto.
He notado ya que el vendaval que nos lleva sólo nos da la opción de elegir si viajamos panza arriba o panza abajo. El mismo viento que me bañó en sarcasmo a vos te ligó con ángeles. Y las pocas creencias que me quedan se convirtieron en las que más te aterran.
¡Qué pena ya no poder mandarnos giladas juntos! Era lo que nos unía. Compartir la estupidez con un mismo estilo. La misma forma de malinterpretar el mundo.
Un puente perfecto para dos amigos.
Corrimos y corrimos y corrimos y finalmente, decidimos que ya no era buena idea.