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Nuestra última película

El sonido de la risa /// Gabriel Nesci

Nuestra última película
El sonido de la risa
Por Gabriel Nesci

Ocurría siempre, desde que tengo uso de razón. Cada vez que se generaba un silencio, él miraba un punto fijo. Ese momento duraba apenas un par de segundos. Estaba buceando en su memoria. Inmediatamente, sin preludio alguno, se lanzaba a narrar una historia. No anunciaba que lo iba a hacer. Simplemente arrancaba el relato en medio de la acción. Y ahí comenzaba un desfile de personajes extraños, queribles, simpáticos, casi siempre perdedores, envueltos en situaciones un tanto descabelladas. Y con un desenlace que siempre apuntaba a generar una carcajada.

Eso era lo que él buscaba. La risa. Ese era su objetivo, y el premio que recibía a cambio de su relato. Sus ojos se iluminaban al verme reír. Su satisfacción era inmensa.

Mi abuelo Pablo despertó mi interés por contar historias. Un inmigrante italiano que se dedicaba a la albañilería, y que siempre tenía un cuento listo para amenizar cualquier momento. Algunos basados en eventos personales, otros en anécdotas de gente que conoció en su pueblo de San Sosti, Calabria. Y otros basados en mitos populares italianos que iban sobreviviendo gracias a la transmisión oral a través de las generaciones. Todos tenían algún condimento fantástico, alguna clara exageración. Pero él los narraba como si fueran absolutamente ciertos. Mi pregunta siempre era la misma. “¿Pero esto pasó de verdad?” Y él lo aseguraba con total convicción. Si bien el sentido común me decía lo contrario, era maravilloso ceder ante la suspensión de la incredulidad por unos minutos, y permitirme creer en su palabra.

A él le debo también mi amor por la comedia. Todas sus historias contenían una sorpresa final. La frustración repentina de una expectativa creada durante todo el relato, que generaba siempre un efecto humorístico. No sé si era consciente de su procedimiento narrativo. Creo que era más bien intuitivo. Pero tenía el tempo exacto.

Lo hacía en privado, para mi hermano, Mariano, y para mí, y también lo hacía en público. Adoraba captar la atención de la gente en cenas familiares para arrancar con sus historias. Se lo veía pleno cuando sentía los ojos de la concurrencia sobre él. Le encantaba manejar la atención de todos, administrando las dosis apropiadas de tensión al relato, conduciéndolos hacia donde él quería, el inevitable desenlace humorístico.

Con el correr de los años, las historias comenzaban a repetirse de vez en cuando. Pero tanto mi hermano como yo, nos sentábamos y le prestábamos la misma atención. El repertorio era el mismo, pero de la manera en la que uno celebra volver a oír una canción clásica en un concierto, nosotros ya conocíamos el remate. De todos modos, no hacíamos demorar la risa. Teníamos ese pacto tácito. Sabíamos lo que significaba para él ese sonido, y no pensábamos privárselo por nada del mundo. Y, además, percibíamos un gran disfrute en él al revisitar esos relatos. Reencontrarse con los mismos personajes, volver a describirlos, y a presentarlos como si fuera la primera vez.

Empecé a escribir mi primera película, Días de Vinilo, aproximadamente en el 2002. Obviamente, se trató de una comedia. El rodaje se demoró más de la cuenta, los años pasaron, y la salud de mi abuelo se empezó a deteriorar de a poco y a paso constante. Para mí era fundamental que alcanzara a verla. Y en el cine, a mi lado. Ese sería mi máximo homenaje. Mostrarle hasta dónde había llegado la influencia de todas sus historias a través de los años. Contar con su aprobación, y fundamentalmente, hacerlo reír. Experimentar lo que él sentía cada vez que me hacía reír a mí. Estar, por una vez, en su lugar. Y vivir esa sensación de satisfacción que había visto toda mi vida en sus ojos al terminar cada relato.

Acorde con su sentido narrativo, no se fue un día cualquiera. Sino exactamente un día de Navidad.

En nuestras últimas charlas, le hablé bastante sobre mi película. Le dije que él me había infundido el cariño por contar historias. Y especialmente, por la comicidad. Me reconforta habérselo hecho saber. Sé que llegó a ver algún capítulo de mi serie, Todos Contra Juan, pero a esa altura su salud era muy débil, y no sé cuánto la habrá podido apreciar.

El 25 de septiembre de 2012, en la avant premiere de Días de Vinilo, mientras presentaba a los espectadores la primera función, su ausencia se sentía demasiado en la sala. Estaban presentes las personas más importantes de mi vida, pero su butaca vacía me pesaba más que todas las demás.

Afortunadamente, al comenzar la película, enseguida llegó la risa del público, y fue intensa y frecuente durante toda la proyección. Ese sonido fue el único capaz de llenar exactamente el mismo recoveco interior que estaba vacío por la ausencia de mi abuelo. Pude sentir esa misma satisfacción que sentía él al escuchar mi risa después de cada relato. Y entendí perfectamente su sensación. De alguna forma, me sentí un poco en su lugar.

Cuando al terminar la última escena apareció en la pantalla la inscripción con su nombre que puse a modo de dedicatoria, sentí como si hubiera compartido la proyección conmigo.

Siempre pensé que luego del estreno, tendría una cierta reticencia en volver a ver mi película. Pero al día de hoy, pude acompañarla en numerosas proyecciones, la vi muchísimas veces, y es probable que lo siga haciendo en diversas muestras y festivales en el futuro cercano. Es que la misma experiencia de la primera vez se renueva en cada oportunidad. Al igual que con el repertorio de mi abuelo, encontré su placer en revisitar el mismo universo, volver a presentar los personajes ante nuevos ojos, y esperar siempre el sonido de la risa, que hace que todo tenga sentido.

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Días de vinilo (2012) | Gabriel Nesci

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