La película prohibida
El tirano que llevamos dentro
Por Carol Ann Figueroa
Demasiado tarde comprendí que no debía estar allí. Siete hombres armados con porras de madera rodearon a uno que dormía desprevenidamente, sin ningún tipo de arma cerca, y cubierto apenas por una bata.
Despertó al sentir que lo amordazaban con cinta. Quiso defenderse pero no pudo. Sus agresores lo cargaron fuera de la cama. Lo golpearon, lo amarraron a una silla y tras humillarlo escupiéndole y diciéndole frases degradantes, procedieron a raparlo. Indefenso y sometido, apenas podía respirar ansiosamente mirando a sus agresores lleno de terror.
Sentada en la quinta fila de la sala, noté que mi respiración estaba tan agitada como la suya, y descubrí en mis rodillas una sensación que nunca había sentido antes. La articulación parecía haberse cristalizado. Quise levantar mis pies pero no pude y tuve miedo de insistir pensando absurdamente que algo en mis piernas podría romperse. Mis muslos comenzaron a sacudirse con repentinos espasmos y tuve que sujetarlos con mis manos para controlar la vibración que ya comenzaban a notar los amigos con los que había ido al cine. No era una sensación dolorosa aunque sí bastante desagradable. Quise salir de la sala pero estaba físicamente imposibilitada para hacerlo.
A partir de entonces, tanto en la pantalla como en mi silla todo fue de mal en peor.
Aquella escena era el comienzo de una larga sucesión de agresiones donde el abuso de poder y la impotencia serían los protagonistas. Todos los personajes acabarían por ser completamente deshumanizados.
Un hombre maniatado y encapuchado obligado a correr desorientado dándose golpes contra las paredes, otro humillado por la desnudez y el frío; varios denigrados al ser rociados con extintores en un espacio mínimo. La indiferencia de quienes podrían hacer algo para evitar los abusos, el sadismo que encendía la mirada de quienes los cometían; las carcajadas y la satisfacción que les producía sentirse poderosos ante alguien indefenso, comenzó a producirme nauseas.
Cerré los ojos y me tapé los oídos la mayor parte del tiempo pero no conseguí evitar la sensación de claustrofobia que se instaló en el centro de mi pecho, como tampoco pude hacer que la movilidad regresara a mis piernas. Faltando treinta minutos para que aquél suplicio se acabara, llegó la escena que me hizo temer seriamente sobre el estado físico y emocional en el que abandonaría la sala, y comencé a sentir vergüenza anticipada, imaginando que mis amigos tendrían que sacarme cargada, o incluso llamar a un médico.
El hombre sometido fue acorralado de nuevo mientras dormía, y tras ser golpeado y arrastrado por el suelo, fue encerrado dentro de una caja negra en la que apenas cabía sentado con las rodillas dobladas muy cerca de su pecho. Cuando cerraron la puerta, la pantalla quedó negra y lo único que se escuchaba era su respiración agitada.
Recordé que aquella historia estaba basada en hechos reales y el terror se apoderó de mí. Los temblores que sacudían mis muslos comenzaron a hacerse más violentos, mis manos se encorvaron sobre mis muñecas y mi lengua perdió toda sensibilidad. Ahora ni siquiera era capaz de hablar. La angustia de presentir agresiones impensables contra aquél hombre en la pantalla, contra cualquier hombre en el mundo, acabó por paralizar completamente mi cuerpo.
La luz volvió a la pantalla solo para ver el gesto de horror de aquél hombre al saberse atrapado dentro de la caja, con sus facciones iluminadas macabramente por el dispositivo de visión nocturna de una cámara con la que sus agresores podían verlo. Afuera se burlaban de su estado, recordándole que nada podía hacer para escapar de lo que le sucedía, y que solo en manos de ellos estaba la posibilidad de empeorar la tortura o ponerle fin.
Se alejaron y lo dejaron solo con su desesperación, sabiendo que se empeñaría inútilmente en ver algo en medio de la oscuridad, que se retorcería patéticamente buscando una posición cómoda dentro del cubo. Le entregaron la incertidumbre de no saber cuánto tiempo tendría que estar allí, de imaginar qué más podrían hacerle mientras estuviera atrapado, de soñar con que algún día volvería a salir.
Obligada a permanecer en otra gran caja negra hasta que se encendieran las luces, me resigné a ser cómplice de su desesperación, procurando conservar la calma pese a tener la urgencia de salir corriendo.
Cuando el oprimido finalmente consiguió organizar un motín contra sus opresores, y el sádico placer de verlos gritar y sangrar pidiendo misericordia iluminó sus ojos, la espesa lava de la venganza encendió mis venas, y tuve la esperanza de recuperar la movilidad de mi cuerpo. Sin embargo, lo único que conseguí fue comenzar a temblar de manera cada vez más patética, sintiendo que un frío mortal invadía lentamente mis extremidades, mientras algo así como la alegría de estar viva abandonaba mi cuerpo.
El triunfo de “los hombres buenos” sobre “los hombres malos” puso en evidencia la derrota de lo humano. Ambos grupos habían entrado en aquella historia siendo personas felices, completamente sanas y adaptadas socialmente, pero al aceptar ser parte de un experimento asumiendo un juego de rol, cierta tiranía que al parecer todos llevamos dentro, tomó posesión de sus espíritus y los convirtió en algo que ni ellos mismos eran capaces de reconocer. La transformación fue tan extrema, que daba la impresión de no tener marcha atrás.
Mis amigos tuvieron que esperar un buen rato a que la movilidad regresara a mi cuerpo, y me miraron con ojos de preocupación mientras la sala quedaba vacía. La película los había impresionado por supuesto, pero no al punto de hacerlos sentir físicamente enfermos. No entendían qué me había pasado exactamente, y horas después aún intentaban establecer qué parte de la película y qué parte de mi sensibilidad habían hecho “click” en qué parte de mi cuerpo, para producir semejante estado.
No logramos sacar en limpio ninguna respuesta, y esta es la hora en que yo todavía no he podido dármela. Lo único que tengo claro es que volver a ver Das Experiment me ha quedado terminantemente prohibido, y ahora que escribo sobre ella, descubro además, que incluso recordarla despierta en mí el terror de descubrir que detrás de cualquier rostro amigable, subyace la posibilidad de encontrar un tirano.
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Das Experiment (2001) | Oliver Hirschbiegel