Aquella película contigo

Elegía por una función /// Jorge Leandro Colás

Aquella película contigo
Elegía por una función
Por Jorge Leandro Colás

Año 2001 ó 2002. En el marco del Doc Buenos Aires voy a ver varias películas del ciclo de Alexander Sokurov en el Cosmos, un cine en la Avenida Corrientes al que iba bastante por aquellos tiempos debido a su programación lúcida y muchas veces orientada al documental. La película para esta ocasión es Elegía de Moscú, una suerte de homenaje que rinde el reconocido realizador ruso a Andrei Tarkovski.

Llego temprano, compro mi entrada, entro al cine semivacío y me siento, a mitad de sala, cerca del pasillo. Minutos antes de comenzar la proyección un anciano y una mujer que lo acompaña y lo asiste pasan delante de mí y se sientan a un par de asientos de distancia.

El documental era un regalo de Sokurov a su querido y admirado maestro, pero Tarkovski no llegó a ver la película ya que murió antes de su realización. El regalo se transformó así en una elegía.

La película retrata a Tarkovski desde niño, pasando por su padre poeta, sus películas iniciales, sus problemas con la censura y la burocracia rusa, su vida en el exilio, su nostalgia, su pensamiento y su reflexión, incluyendo material de archivo del rodaje de su última película, El sacrificio, momento en el que ya se encontraba enfermo, aunque todavía sin saberlo.

Minutos antes del final donde la película narra la muerte del realizador, el anciano que estaba a un par de asientos del mío comienza a sollozar. Es un sollozo leve, contenido, como si no quisiera llorar. La mujer lo consuela y viene a mi mente la imagen de un pañuelo blanco iluminado por la parpadeante luz de la pantalla. Le presto especial atención. El rostro del hombre me resulta ahora familiar.

Luego, en la oscuridad, el anciano murmura: “Pobre Tarkovski… Pobre Tarkovski”. Mi atención y mi mirada deambulan entre la pantalla y el anciano. “Conozco a ese hombre, pero, ¿quién es?”

Cuando finalmente concluye la proyección y las luces de la sala se encienden lentamente, no puedo hacer otra cosa que mirar a ese rostro curtido por los años. La sospecha se concreta, es él, el escritor que admiré desde adolescente con sus relatos cubiertos de luz y oscuridad. No me atrevo a hablarle, no quiero sacarlo con mi banalidad de lector de ese estado mágico que le ha generado una gran película.

Me pregunto ahora y me preguntaba entonces, si él habría conocido a Tarkovski, si conocería su obra en profundidad, si acaso era cinéfilo. Quién lo sabe, ya no puedo preguntárselo. Ese hombre que se conmocionó con Elegía de Moscú era Ernesto Sábato.

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Elegía de Moscú (Moskovskaya elegiya, 1990) | Aleksandr Sokurov

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