Mi primera película
En casa
Por Adrián Szmukler
Tiene que haber sucedido. Alguna vez tuvo que ser la primera.
Estar en un cine, en cualquier cine, apenas unos instantes después de que se apaguen las luces y empiece a vibrar la pantalla es estar en casa.
Como toda memoria la mía es selectiva. Como muy pocas, es de una casi impenetrable debilidad. He luchado con fervor por fortalecerla y he tenido logros parciales. A fuerza de repetición conseguí conservar con alguna presencia ciertos momentos clave. Pero no siempre alcanza la repetición. Misteriosamente, algunos hechos, por más que me esfuerce en retenerlos, van perdiendo sus contornos irreparablemente. Intuyo —sé— que la próxima vez que mi memoria trate de recuperarlos estarán más borrosos. Y que más tarde o más temprano formarán parte de esa nebulosa indefinida en que se fue convirtiendo la mayor parte de mi pasado. Algunos recuerdos no, persisten con nitidez, como faros en la niebla… tan misteriosamente como aquellos que parecen decidir por sí mismos ir desvaneciéndose. Y más misteriosamente aún, muy esporádicamente surge de esa niebla alguna gema perdida, que progresivamente vuelve a brillar. Inútil adentrarse en la niebla a buscar nada, lo que entra, entra, lo que sale, sale.
El párrafo anterior fue mi intento final de provocar a mi memoria para que me devuelva imágenes de la primera vez que fui al cine. Antes de empezarlo sabía que sería inútil. Pero hace mucho que me acostumbré a mi amnesia —creo recordar— y terminé por aceptarla. En definitiva —me vengo repitiendo desde entonces— todo recuerdo es más bien un invento. Todos podemos comprobarlo cuando repentinamente comparamos cualquier recuerdo con alguna forma de registro. Digamos, por ejemplo, cuando después de mucho tiempo volvemos a ver una película que creíamos recordar. Poco o mucho, es invariablemente distinta. La menor diferencia con la película que recordamos (y siempre alguna diferencia habrá) vuelve sospechoso todo recuerdo. De un recuerdo del que no tenemos registro para revisar ¿cómo podemos saber cuáles son las partes que no coinciden con lo que de verdad sucedió? Y, en definitiva, teniendo en cuenta que hemos cambiado, ¿qué recuerdo sería más fiel?, ¿el registrado, que correspondería al que fuimos, o el recordado, que corresponde al que somos?
A mí, acostumbrado a muchos recuerdos difusos, a ver a algunos ir tomando cuerpo de una forma sospechosamente parecida a mis necesidades, me resulta casi inevitable desconfiar del aspecto -digamos- “material” de cualquier recuerdo, del aspecto -digamos- “fotográfico” del recuerdo. Si alguien hace ostentación de una memoria fotográfica, yo le sospecho, vea. (Yo he recordado escenas de películas con absoluta precisión… hasta que volví a ver la película…)
Así las cosas, tendría todo el derecho del mundo a inventar mi primera vez en el cine. Como habrán inventado la propia, en mayor o menor medida, todos los que hayan contestado este encargo. Y si mi invento fuera honesto, cambiando probablemente todos los elementos circunstanciales (edad, compañía, sala, película…), supongo que en lo esencial sería muy parecido a lo que de verdad pasó, como en mayor o menor medida habrá pasado con los recuerdos de los que hayan contestado.
Y para consolarme me digo: qué importancia puede tener saber cuál fue la primera película que vi en el cine, si tampoco puedo recordar, por ejemplo, mi primer sueño, mi primera pesadilla. La sensación que me invade cada vez que entro a un cine, tan familiarmente extraña, en la que las circunstancias que adornan mi vida se empiezan a disolver (como los hechos en mi memoria) ante la inminencia del mundo que me espera, tiene que haberse anunciado de uno u otro modo la primera vez que fui al cine. Y si no lo hizo, no fue la primera vez. Habré estado sin estar.
Pero haber olvidado la primera vez no es haberla perdido. Es haberla encarnado. Como otros olvidos… ¿Cómo fue la primera sensación del contacto con la piel de mi madre? O la primera vez que sentí la gravitación, el poder de la luna llena. ¿Qué puedo haber sentido cuando la sala se oscureció, el telón se empezó a correr —que yo recuerde todas las salas de mi infancia tenían telón— y atravesando lo que no había sido más que una superficie blanca comenzó a cobrar vida un mundo diferente, pero sustancialmente similar al mundo en el que vivía? ¿Qué puedo haber sentido que no siga sintiendo, tal vez con menos sorpresa, cada vez que vuelvo a descubrir esa magia?
Los hechos, los vínculos verdaderamente esenciales, siempre estuvieron en nosotros, y siempre estarán. Son aquellos que cuando se nos presentan, más que como descubrimiento se dan como reconocimiento. Como los héroes y las parejas en las películas de Hawks, que al encontrarse por primera vez parecen descubrir —con mayor o menor asombro— que se conocieron desde siempre. Cuando fui por primera vez al cine estoy seguro que descubrí que siempre había estado en una sala de cine. Pero que, por primera vez, milagrosamente, se me estaba dando la posibilidad de asistir a las fuerzas que ponen en movimiento a un mundo y que, aunque más sencillas, podrían no ser demasiado diferentes que las que ponen en movimiento el mundo en el que me ha tocado moverme a mí.
Si se piensa con rigor, nuestra casa es siempre el centro del mundo. La casa a la que nos mudamos no es verdaderamente nuestra hasta que no sentimos que el mundo se organiza desde ella.
Afirmar que estamos en el cine (que fuimos, que iremos) sólo puede ser verdad —si seguimos pensando con rigor— cuando estamos también en el mundo al que nos lleva la película, lo que no podemos dejar de hacer con el cuerpo anclado en la butaca, que invariablemente se convertirá en el centro de ese mundo que proyectamos superpuesto al nuestro. Protegidos por la pantalla como por las paredes de nuestra casa, nos animamos a atravesarla para aventurarnos en el mundo que se nos abre, como hacemos cada día cuando atravesamos el umbral que nos separa de la calle. Partimos al encuentro de lo desconocido, confiando en que volveremos a nuestro lugar, a lo que somos, al término de la jornada. Sabemos que los recorridos más ricos se darán en lo no previsto y tratamos de dejarnos sorprender, porque en las sorpresas descubrimos lo que todavía no sabíamos de nosotros, lo que todavía no éramos. Y sabemos que tendremos la vuelta a casa, a nuestro cuerpo en la butaca al encenderse las luces, para hacernos cargo de —para tratar de encarnar— la experiencia de la jornada. Y finalmente será en casa, en el cine, donde descubriremos que nuestro rostro en el espejo tiene los rasgos más nítidos que los que tenía antes de salir.

























