La película prohibida
En el Imperio
Por Adrian Martin
En 1977 tenía 17 años, aún no la edad suficiente para asistir legalmente al Festival Internacional de Cine de Melbourne. Y ciertamente sin la edad suficiente para ver la copia sin censura de El Imperio de los Sentidos (1976), de Nagisa Oshima, una película japonesa ya notoria por sus desenfrenadas —y a veces no simuladas— escenas de sexo. Pero ahí estaba yo, sin compañía, con valentía haciendo cola con miles de extraños fuera del enorme y antiguo teatro Palais, muy temprano por la mañana del sábado, para ver este evento ultra-especial.
La sensación de participar en una aventura ilícita, tanto antes como durante la proyección fue abrumadora, yo estaba convencido de que la policía irrumpiría de un momento a otro y me arrastrarían —sólo a mí— llorando desde el teatro.
Cerca del final de la función —mientras los genitales de Kichi (Tatsuya Fuji), voluntariamente estrangulado, son cortados con ternura y blandidos por su amante entusiasta, Sada (Eiko Matsuda)— todos escuchamos un grito espeluznante, emitido por algún espectador desde los más altos asientos de la sala. Se pidió asistencia urgente para esta persona visiblemente desbordada.
Luego, en las calles cercanas alrededor de este suburbio, por las cuales yo caminaba hacia casa como en un sueño, una aparición aún más extraña se apoderó del mundo —ésta más en sintonía con el surrealismo estilo Georges Bataille y con el erotismo de la película que acaba de presenciar—. Autos estacionados, sin nadie visible en ningún asiento, sacudiéndose suave o violentamente hacia atrás y adelante, como tomados por una fuerza mágica. Claramente, algunos espectadores, imperturbables —o quizás incitados— por la escena final de la castración habían corrido a sus cuartos móviles a revivir la película, incluso antes de que los créditos hubieran dejado de rodar.
Llegué a casa a salvo aquel día, evitando la detención policial por el delito que cometí contra las restricciones estatales sobre mi delicada conciencia. Pero tuve que esperar veintitrés años antes de volver a ver El Imperio de los Sentidos de otra forma que no fuera la versión en video, patéticamente doblada y cortada que circuló por todas partes durante décadas. En la pantalla grande, completamente restaurada y re-estrenada, vi que la película de Oshima no había perdido nada de su silencioso y penetrante poder.
Sin embargo, en la proyección del 2000 no hubo escándalo: ninguna figura pública se alborotó sobre el tema; no hubo llamados a la policía, nadie gritó, los autos vacíos en los callejones cercanos permanecieron tristemente quietos.
Como un hombre sabio dijo: “Sólo los que vivieron antes de la revolución conocen la dulzura de la vida.”
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El imperio de los sentidos (Ai no korîda, 1976) | Nagisa Ôshima