Connect with us

Hi, what are you looking for?

GrupoKane.net.arGrupoKane.net.ar

Aquella película contigo

En la batalla contra el mal, también estás a mi lado /// Alejandro Seba

Aquella película contigo
En la batalla contra el mal, también estás a mi lado
Por Alejandro Seba

Necesité muchos años para preguntarme sobre aquellas cosas que nos conectan con el otro. Ciertas cuestiones químicas; algunas sensaciones grabadas en esa extraña combinación entre cuerpo, mente y corazón; las reminiscencias positivas o negativas de una relación anterior; la empatía con ciertos valores que nos han dado; la búsqueda de esos modelos que construimos en el inconsciente. Todas ellas pueden ser algunas de las explicaciones psicológicas, filosóficas, físicas o químicas.
En un lugar más vinculado con lo concreto, me resulta reconocible encontrarme con el otro en ciertos rituales que muchas veces se llevan a cabo sin siquiera haberlos planificado, pero que por estar en el ADN de cada ser surgen en toda acción.
La comida me seduce por la combinación de sabores, desde los colores y olores, pero sobre todo por el ambiente. El espacio y el sonido que enmarquen a ese momento suele ser tan determinante como la compañía, más allá de un sofisticado plato o la pizza más barata del barrio.
Con la música, dos personas pueden ayudar a transmutar ciertos hechos cotidianos en sublimes ceremonias. El sexo fogoso y desenfrenado, un fino chocolate, un vino diáfano y lleno de matices o el cálido fogón rodeado de cerros nevados. Pero la música en sí es un brebaje mágico que tiene la capacidad de transportarnos a culturas, épocas y geografías diversas, reconstruir instantes que creíamos enterrados, generar vínculos entre dos personas de este presente en un pasado que jamás transitaron juntos o ponerle un sello inamovible a ese intervalo de vida especialmente musicalizado por uno o por la ciudad.
Las películas son otro de esos elementos alquímicos que nos permiten vibrar en otro lugar al que quizás nunca podamos acceder. El placer sobre leer o escuchar historias, que alguna vez me han legado, encuentra en cada film una realidad amplificada sólo comparable a lo que la imaginación o muchos fragmentos de realidad nos pueden hacer percibir. Historias buenas y malas, lentas o aceleradas, actuales o legendarias, de amores y odios, de héroes o cobardes, de individuos cercanos a nosotros o totalmente opuestos, de sociedades diferentes, de lo que ya no está, de lo que nunca estará.
Diversas creaciones cinematográficas me han permitido acceder a conciertos imposibles, entregarme a la cadencia hipnótica de un ballet, recorrer exóticas y peligrosas tierras, presenciar hechos históricos, reflexionar sobre la condición humana o verme reflejado en puntos de vista sobre la vida. Incluso, uno se permite catalogar a ciertos hechos de la propia realidad como momentos lyncheanos, personajes fellinescos, bosques de Miyasaki, universo woodyallenesco, etcétera, porque esos directores han transcripto y codificado con su sello personal a la realidad misma.
El cine me ha envuelto en los besos de mi primera novia o en el derrotero de las pasiones heridas de muerte; en las reconciliaciones esperanzadoras y en los romances oscuros; en lujuriantes encantos anatómicos tanto como en sólidas amistades; en la euforia de la iniciación de nuevos espectadores; en el placer del análisis y en el goce de lo trivial; en la tristeza de no encontrar el camino y en la soledad de buscarlo.
Y para los amantes de los cultos, qué mejor que llenar de pequeñas ceremonias al excitante encuentro con la posibilidad de viajar a otro espacio-tiempo.
Sobre todo, cuando la maquinaria rítmica por la que uno transita a diario y los costos desmedidos que implican acceder a los locales de exhibición, nos obligan (a los que amamos ver más de uno o dos films semanales) a recrear algo similar a una sala en nuestro living. Sillones acondicionados con almohadones, pantallas que intentan estirarse más allá de nuestro campo de visión, sonidos “Mega Jai Fay Surran Uai” que puedan seguir estremeciéndonos y sacudiendo nuestros más recónditos puntos sensoriales, se convierten en excelentes aliados para combatir la cotidianeidad del hogar, dándonos una zona propicia para el despegue.
Y aquí también es atinada una buena escolta gastronómica. La mano especializada en appetizers puede convertir en un banquete de reyes a la picada más básica, si se la sabe combinar y aderezar. Aunque determinadas estaciones del año solicitan la presencia de bebidas espirituosas, golosinas con alto tenor calórico y un infaltable café bien cargado.
La compañía también suele generar un plus extraordinario, en esta mezcla de ritos, viajes, espacios, sensaciones, imágenes y sonidos. Encontrar alguien con quien ir a la par en la vida suele ser dificultoso y a algunos les resulta imposible. Pero encontrar un compañero de ruta en el ritual de entregarse al cine, tampoco es cosa de todos los días. Aunque las agrupaciones temporales suelen ser un buen paliativo, dependiendo del evento, siempre es glorioso haber dado con la persona que coincide en un alto porcentaje de gustos sobre los diferentes géneros, más allá que a veces se termine tapando los ojos con algún monstruo ensangrentado.
Tras años de corretear con diferentes socios las rutas del afecto, del amor y del amor al cine, la vida me ha situado en un lugar de privilegio al ponerme en el camino a una copilota que no le hace asco a las películas más densas y profundas, como tampoco le corre el cuerpo a los entretenimientos más pasatistas. No sólo puedo encontrarme en los más profundos aspectos de la vida, reafirmar mis valores y construir un presente constante, sino que puedo darle forma a cada uno de esos rituales que hacen sublime cada detalle de la vida.
Entre nuestras más hermosas ceremonias está la de viajar a la Tierra Media de Tolkien, para volver a sentir una y otra vez que el mundo de los hombres está en manos de un puñado de Hobbits que pueden dar todo por ese mundo, pero que ante todo, pueden entregar sus vidas para defender la amistad.
Dos o tres veces al año nos desconectamos del mundo común, nos aprovisionamos con “nuestros panes de lembas” y nos entregamos a las versiones extendidas de El Señor de los Anillos de Peter Jackson. Es mágico poder entrar a ese mundo y volver a vibrar, asustarnos, compungirnos y alegrarnos por cada hazaña épica. Es misterioso como ese tiempo mítico nos puede hacer olvidar que ya transitamos cada uno de los caminos que los héroes decidieron tomar para bien o para mal.
Cómo no sentirme tan gratificado con este extraordinario y único arte, que dispone de tantas otras artes y que, tras la transformación de sueños, en imágenes y sonidos, resignifica nuestra propia imaginación sobre los hechos, que ya nunca se podrán pensar con otras caras, otros paisajes u otras músicas. Pero la alegría más importante que obtenemos de esta aventura que amamos repetir, es esa impresión que nos queda al sentir que la amistad, el amor, la pasión, el respeto y la honorabilidad pueden vencer al mal por más pequeños que nos consideremos frente a él.
Seguiremos desplazándonos hacia Minas Tirith esperando que un rey nos haga llorar diciéndonos: “Mis amigos, ustedes no deben inclinarse ante nadie”.
//////////////////////
El Señor de los Anillos: La comunidad del anillo (The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring, 2001) | Peter Jackson

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tal vez también puedas leer.