Aquella película contigo

En tiempos donde la ilusión viajaba en tranvía /// Maia Lopardo

Aquella película contigo
En tiempos donde la ilusión viajaba en tranvía
Por Maia Lopardo

Enero. Tardes de verano en Adrogué. El sol que pega en el pavimento y en el pastito de la plaza. Las opciones son: pileta en lo de mi amiga Eleo o centro con helado y cine, en época de doble programa. Para los que no la vivieron: vas al cine y al mismo precio de una película que es la que realmente querés ver (un estreno, una taquillera, una que estabas esperando hace un montón) te llevás otra… aunque, salvo en contados casos, la yapa es todo lo contrario de la anterior: una que nadie iría a ver.

La idea me encanta; de alguna manera era una forma de acercar al público a películas pasadas a las que no se tenía acceso si no era de esta manera y, ya que estábamos, se vivían panzadas de cine de tres o cuatro horas, un gran plan además para novios furtivos que encontraban en la sala un refugio para pasarse unas horitas en la oscuridad. Pero este no es el caso, al menos no en esta ocasión.

Por aquellos tiempos, mediados de los ’80, el inolvidable grupo de mis amigos del colegio era todo, unos cuantos niños y niñas de diez años que nos creíamos “re-grandes”. Salíamos al centro de Adrogué a tomar una “Coca-Cola” o un helado, en grupito, vestidos para salir, y los pequeños galanes invitaban el helado a la chica que les gustaba.

Al tiempo, junto con las tardes interminables de calor y el tiempo libre, llega el rumor: la segunda parte de Los cazafantasmas, nuestra película favorita, pronto estará en el cine del centro. ¡Programón! Entusiasmados y sin Internet aún para constatarlo, nuestra incertidumbre y ansia se refugiaban en la fe: teníamos que creerlo.

Así llegó el momento tan anhelado. Tres de la tarde, plena estación estival. El día está despejadísimo, un sol que aleja a cualquiera de las calles, menos a estos fanáticos que felices se van a meter a la sala (¡está fresco a la sombra!), mientras las veredas céntricas de zona sur arden solitarias. Función doble: antes de Los Cazafantasmas II dan una de cowboys que, por supuesto, no nos interesa, pero estar en la sala a oscuras ya es sinónimo de felicidad. Sin embargo, un detalle nos llama extremadamente la atención: amén de no tener que hacer cola para entrar en la sala, además de nosotros, hay tres personas más. Evidentemente no es el mejor horario ni hay muchas expectativas para estas películas. ¡Qué raro!

Nos acomodamos en las butacas, se apagan las luces y comienza la primera parte del programa. Así el ansiado film se hace esperar… Con tanta excitación no la tomamos muy en serio al principio, y comenzamos a reírnos y a burlarnos de su protagonista, tan vaquero estadounidense. Pero al rato, el juego de la ironía comienza a volverse divertido y la película nos atrapa poco a poco. Con aires de que no nos interesa en lo más mínimo entramos en la trama y quedamos enganchados, viviendo cada incidente, comentando cada suceso, disfrutando la aventura y la emoción.

Entonces, con nuestras almas agitadas, los cuerpos sacudidos un poco por la risa y otro poco por la sorpresa que nos llevamos con aquel western que injustamente castigamos en un principio, el momento tan esperado llegó con una sorpresa. Más que una parte dos era una segunda vez, porque se trataba de la misma Cazafantasmas que ya habíamos visto. “¿Pero cómo no se dieron cuenta antes de entrar?”. “¿Nadie vio el afiche?”. “Si no se había publicitado ni en la tele, ¿cómo iba a tener el estreno la salita de Adrogué?”. Sí, suena lógico para el juicio adulto, pero no para nosotros, chicas y chicos de diez años, “re-grandes”, cuya emoción y ganas nublaban todo razonamiento, hasta el punto que nos olvidamos de cuánto habíamos querido verla y salimos del cine felices con la de cowboys, riendo de nuestra inocente ilusión, para tomar un helado de los más grandes y hacernos dueños de lo que quedaba de la tarde, en tiempos donde la ilusión aún viajaba en tranvía.

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Los Cazafantasmas II (Ghostbusters II, 1989) | Ivan Reitman

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