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Aquella película contigo

Encontrarte en la oscuridad /// Florencia Gasparini Rey

Aquella película contigo
Encontrarte en la oscuridad
Por Florencia Gasparini Rey

Dicen que todos estamos a seis grados de separación de cualquier persona del mundo. Probablemente no lo pueda comprobar nunca, pero estoy segura que entre cinéfilos y al menos en esta parte del mundo en la que vivimos, es posible que esta distancia se acorte significativamente, aunque tampoco lo sepamos.

Así es como circulamos de festival en festival, de sala en sala, viendo una y otra vez las mismas caras. Algunos con el tiempo se convierten en amigos, a otros simplemente los vemos, tal vez hasta los saludamos, reconocemos sus rostros, pero ni siquiera sabemos sus nombres ni volveremos a verlos en otro lugar que no sea en una sala de cine.

Pero lo que pasó aquella noche no se repitió jamás. Corría la décima edición del BAFICI, exactamente hace tres años. Mi vida era muy distinta por ese entonces, aunque mi pasión por el cine era la misma de siempre.

Sin embargo, desde el principio sentí que esa noche iba a ser particular. Por primera vez mi mamá había insistido para ir al festival, con la excusa de conocer al director de la película —a quien ella admira— y, en el mejor de los casos, poder sacarse una fotografía con él. Para ella, era tan sencillo como eso. Para mí, era una película más de la inmensa lista que hago año tras año para no perderme nada. No tenía mayores expectativas sobre ella, tampoco es que no esperara nada, pero sabía que era un documental sobre una enferma terminal y, honestamente, es difícil entrar a una sala con esa idea. Nadie quiere sufrir, y mucho menos en el cine.

Así y todo, llegué al Abasto, con mis entradas compradas con anticipación, acompañada por una amiga. Nos encontramos con mi mamá y entramos. Pero yo todavía me seguía preguntando por qué estaba ahí, por qué había elegido ver esa película y no otra.

Una vez más, se repitió el ritual: el director presentó la película —mi mamá se entusiasmó porque veía que su objetivo comenzaba a tomar forma—, aplaudimos, se apagaron las luces y empezó la proyección. Hasta que de golpe sucedió lo inesperado. La sala llena de gente, la pantalla negra y la oscuridad total. A lo lejos se escuchaban corridas y voces a través de handies de los encargados del lugar que intentaban controlar la situación. Como nunca antes, en ese momento me invadió el pánico, ¿qué estaba pasando? En silencio me maldije por estar ahí, cuando ni siquiera estaba convencida de hacerlo. Entonces salí de mi butaca y corrí por las escalinatas de la sala hasta la salida, esperando que alguien me explicara la situación. Evidentemente estaba en un estado bastante alterado, porque enseguida los empleados del lugar me dijeron que estaba todo bajo control, que era un apagón generalizado, que pronto se encenderían los generadores del complejo y todo volvería a la normalidad. ¡Hasta el director de la película bromeó conmigo! “No te asustes, es el Quía que no quiere que pasemos la peli”. Me reí un poco nerviosa, pero hasta que la situación no se solucionó no pude volver a mi butaca.

Finalmente se solucionó el inconveniente, la proyección continuó hasta el final y todo ese episodio no fue más que una anécdota de las muchas que me quedan en cada festival. Aunque admito, fue algo traumática. En realidad, no quisiera volver a vivir un momento así.

Pasaron los años, pasaron los festivales… y pasaron los hombres por mi vida. Hasta que el destino me cruzó con él. Un cinéfilo apasionado, algo callado, pero con unos ojos que dicen más que sus palabras. Y con una sensibilidad conmovedora, escondida en una apariencia misteriosa, de esas personalidades que te desafían, que te cuesta comprender y que, a mí, me resultan sumamente seductoras. No sólo nos cruzamos, sino que enredamos nuestros caminos de una forma bastante complicada. Idas y venidas, encuentros y desencuentros, algunos malos entendidos, historias, amistades, y mucho cine compartido entre nosotros.

Y un día esa anécdota del apagón cobró una nueva dimensión. El día que supe que él también había estado ahí.

Desde ese momento entendí por qué todo entre nosotros había sido tan raro desde el principio, tan complejo. Esa noche pasó a convertirse en una señal, una epifanía. ¿Qué habrá sentido él en ese momento? ¿Me hubiera consolado si hubiera notado el miedo que yo sentí? ¿Hubiera yo sentido ese miedo si hubiera sabido que él estaba? ¿Cuántas cosas hubieran sido distintas si en ese momento nos hubiéramos encontrado?

A veces pienso que el destino es bastante tirano. Habiendo estado tan cerca de él esa noche, ¿por qué nos alejó tanto? Con lo mucho que me costó encontrarlo después… Con lo mucho que sufrí mientras inconscientemente seguía buscándolo… Y lo mucho que sufrí habiéndolo encontrado en el momento equivocado.

Nos encontramos en la oscuridad y no nos vimos. Y así seguimos desde el día que nos descubrimos. Sólo vimos la luz cada vez que nuestras miradas se encontraron. Pero esos instantes fueron fugaces, y siempre volvimos a la oscuridad.

Y desde entonces lo sigo buscando. Cada noche antes de dormir, en la oscuridad de mi habitación, vuelvo a encontrar sus ojos rondando mi mente. Cada vez que el miedo me invade, pienso en su mirada y me ilumino. Aunque inmediatamente vuelva a esas tinieblas que siempre nos rodearon.

Nuestro pasado fue incierto, nuestro presente, fugaz, y nuestro futuro, un enigma. Pero nunca voy a perder la esperanza de que en la oscuridad de una sala me encuentre él a mí. Y en la oscuridad de su alma, su mirada encendida encuentre la mía y ahí se quede para siempre.

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