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A la salida del cine

Entrar al cine /// Salvador Savarese

A la salida del cine
Entrar al cine
Por Salvador Savarese

A la salida del cine… En el fondo, del cine no se sale nunca. Doy un ejemplo.

Era el año 1996 y volvía después de 25 años el Festival de Mar del Plata. Ese mismo año yo había comenzado a estudiar cine y como muchos otros estudiantes y aficionados, el cine argentino implicaba un problema: si bien me era necesario un cine nacional, prácticamente odiaba al que había. Lo odiaba porque lo único que conocía hasta el momento eran las comedias de los años ‘70 en adelante, con su rusticidad temática y formal. No entendía que por algo eran vistas, por algo eran populares y que —como más tarde escucharía en una mesa redonda del BAFICI— “Toda cinematografía necesita de un Enrique Carreras, lo importante es no confundirlo con Hitchcock”.

Por aquellos tiempos, ya había comenzado a ver las grandes películas de los grandes maestros clásicos. Estaban Aristarain y Torre Nilsson. Me había rendido ante Invasión de Santiago y me esperaba, meses más tarde, Los Inundados de Birri. Pero aún me faltaba un cine argentino que me mostrara un aquí y un ahora de manera cinematográfica. En definitiva, me faltaba un cine argentino que no fuera ni pieza de museo ni objeto de consumo de kiosko de estación de servicio.

Era el cuarto o quinto día de mi estadía en Mar del Plata y ya me había habituado a la costumbre de ver varias películas al día. Pero esa mañana fue particularmente dura: la película que iba a ver se proyectaba a las ocho de la mañana y era uno de esos días feos tan marplatenses donde a lo nublado y frío se le unían una llovizna impiadosa. Que el camino hasta el cine fuera bordeando el mar complicaba las cosas aún más, aunque por lo menos lograba ir despabilándome.

La película, argentina, formaba parte de la competencia internacional. Hacía mucho tiempo que el director vivía en el exterior, donde había hecho el grueso de su obra. Pero al mismo tiempo nunca había perdido contacto con su país; ni en las historias que contaba, ni en sus elencos, e incluso y de manera insólita, en el idioma, ya que varias de sus películas eran enteramente en castellano.

La película que iba a ver era Buenos Aires viceversa y su director Alejandro Agresti. Entré al cine, me senté en la butaca, se apagaron las luces… y lo que vi me deslumbró desde el comienzo. Nunca había visto una película tan libre, donde a la multiplicidad de personajes e historias les siguiera una cámara y un montaje tan atrevido, tan desenfadado. Una película que girara de manera tan brutal sobre sí misma y que supiera ser tan reposada y tan rápida al mismo tiempo. Era tan arrebatadora que ninguno de sus defectos y simplificaciones me impidió el disfrute en ese momento. Y lo que más me impresionaba es que era argentina. Toda esa potencia la veía en una película argentina con lugares, situaciones y personajes muy próximos. Toda esa potencia se podía hacer acá.

Terminó la película, se encendieron las luces y, todavía conmocionado, salí de la sala. Seguía lloviendo y también seguían el frío y las nubes. También siguieron otras películas ese día. Y cuando terminó el festival siguieron otros descubrimientos: las películas anteriores de Agresti, las posteriores, Pizza, Birra, Faso de Caetano y Stagnaro y el Nuevo Cine Argentino, el cine argentino del pasado, el BAFICI, las siguientes camadas de directores, el cine digital, los cortometrajes, la práctica profesional. Pasaron casi veinte años y pasó mucho en el medio, pero sigo agradeciendo a Agresti haberme mostrado que el cine argentino existía.

Hasta acá el recuerdo: gracias a Buenos Aires viceversa, ese día lluvioso y gris salí de la sala; pero ya nunca, hasta ahora, del cine.

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Buenos Aires viceversa (1996) | Alejandro Agresti

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