Nuestra última película
Entre la verdad simbólica y la complicidad glamurosa
Por Marta Zátonyi
¿La última película? 2011.
Bueno…, en cuanto a PELÍCULA, así con mayúscula, una de las más trascendentes para mí fue la de Herzog, Las cuevas de los sueños perdidos. Lo que ella relata es como una secuencia continua sin serla, en una cajita china que está dentro de la otra, o como un sueño soñado por el otro sueño, un símbolo que nace desde el interior de otro sueño. Lo simbolizado de aquella lejana pintura, filmada en Chauvet, ya está perdido realmente, pero queda lo representante, la forma simbólica de lo simbólico. Algunas veces se habla sobre 40 mil años, otras veces, 30. Se menciona esta diferencia como algo insignificante. Hacia tan lejos parece ser nada.
Aquella pintura es maravillosa, pero nada que ver con otras de esta región, o con las de aquellos tiempos que se hunden en el infinito. Pero algo, desde entonces hasta siempre, sigue siendo lo mismo: si hubiera existido solo el acto y si no hubiera habido lo simbólico, hoy solo encontraríamos allí algunos huesos roídos. Con su escalofriante origen, con sus obscenos, aunque verosímiles posibles, los tiempos inmemoriales extienden sus más largos tentáculos hacia la antropofagia. ¡Pero no! No en las cavernas pintadas. Allí está, allí vemos lo que es desplazado, lo que supera el acto del indiferenciado atacar, matar, devorar. Está la pintura. El sueño pintado, el hecho simbolizado. Se sabe —se entiende— que desde la existencia de la palabra germina en el hombre la voluntad de crear preguntas y respuestas sobre su mundo y sobre la esencia de la condición humana. Provocada también por ello y muchos miles de años después, mediante lo mágico y lo artístico, nace el pensamiento en sus versiones sistematizadas. Hay tendencias científicas que anteponen al primero, mientras otras le adjudican este rol, al segundo.
Lo cierto es que desde aquí y desde ahora no es posible comprobar con certeza una u otra de las dos teorías. Pero cualquiera que haya sido lo que realmente ocurrió, para crear a una o a la otra, hacía falta un primigenio sistema simbólico. Eso era el lenguaje articulado, la palabra, habilitante para que aquellos lejanos homínidos pudieran recorrer el camino de la humanización. Sin este largo y difícil —por otro lado, incierto e indemostrable— proceso el hombre hubiera llegado a ser uno de los grandes simios.
Todo lo que el hombre crea, lo crea como la dupla concepto-palabra, o si se quiere, palabra-concepto, siendo eso un paso en la titánica creación de su mundo.
La creación constituye a aquel gran simio no solo en humano, sino también en dios creador. Se salva de lo bestial porque logra transformarse, mediante el desplazamiento simbolizante, en un animal simbólico.
Según la imaginación sobre la realidad del tiempo, el hombre recorre un camino más o menos recto y más o menos acumulativo, según la metodología positivista o la dialéctica. La misma puede ser representada por una austera cinta del tiempo o por el glamuroso home page de un museo de primer nivel o que pretenda serlo. Tal idea instituyó un solo comienzo y proyectó un solo fin, ambos absolutos.
Aprovechada como esqueleto, así fue concebida la Historia como fenómeno general, con el objetivo de configurar la historia de cualquier fenómeno de mayor o menor envergadura. Eso le sucedió al arte, que, empotrado entre los rieles de la historia hegemónica, se convirtió en uno de los grandes relatos, trasmitidos por el trovador como ideología dominante. Eso era su privilegio, eso era su condena.
El arte no se descubrió sucesivamente, aunque servía como materia —elaborada a saltos y de forma intermitente— para moldear con ello una fábula homogénea. Tampoco es definible ni por el arte propio de un epicentro, ni por una manera hegemónica de construir una narración categórica. A riesgo de causar escándalo, pero basándose sobre la epistemología moderna, se puede confirmar que tal historia no existe y nunca existió. Debe haber otro modo de estudiar el arte de los infinitos tiempos, de conocidos, desconocidos, olvidados o despreciados y revalorizados lenguajes y culturas, en el cual la historia del arte, en un formato todavía no elaborado, con profundos quiebres paradigmáticos, va a participar como uno entre los pares.
Si se parte del hecho de que una única vez pudo acontecer el proceso de la humanización (pues el concepto contrario ni es demostrable ni es debatible), también el paso del hombre del gran simio al animal simbólico sucedió una sola vez.
El “milagro” sucede cuando en la estructura de la realidad convenida —o del paradigma—, irrumpe algo inexplicable e irrepetible, provocando una súbita alternación fortuita. Tal prodigio con frecuencia se adjudica a la voluntad divina o se explica por leyes de la ciencia. Ninguna de ellas llega a la última respuesta, salvo si se decide declarar un fenómeno como voluntad sobrenatural o consecuencia de tales leyes científicas.
Tal milagro sucedió cuando nació el hombre artista junto al animal simbólico, cuando nació el símbolo para hablar y para crear algo que no había previamente. Según esta idea, el arte nace junto a la condición humana, sea ésta mono o polifílica. Es una condición tan humana como la de poder aprender a hablar o caminar en dos pies.
A partir de aquellos inaccesibles tiempos, nace la obra artística según las necesidades, posibilidades, condiciones azarosas, estímulos lógicos y provocaciones aleatorias, y otros numerosos fenómenos, tal vez nunca entendidos, incluso, tal vez nunca descifrables. Cuando el hombre prehistórico (llamémoslo así para poder aludir a determinados conocimientos ya establecidos), estimulado por el hambre, el pensamiento mágico, el miedo, la imitación, la necesidad de no exponer directamente el cuerpo a la terrible fuerza del animal no simbólico, entre otros estímulos, dibujó el animal, también engendraba la pintura, la danza, el canto, la música, el teatro, tal vez el cine… tal vez todas las artes. Lo que es necesario es la producción entrecruzada, con permanentes roturas y choques de infinitos fenómenos producidos por una historia de estímulos, de técnicas independientes entre sí, acontecimientos que suceden independientemente del arte pero que se repercuten entre sí con dinámica y decisivamente. La lista es infinita, pero para ilustrar la propuesta hablemos sobre un ejemplo concreto: el cine. Pues el cine no nació sobre todo porque alguien deseaba representar el tiempo en su incesante cambio. Eso fue anhelado y buscado desde los inicios. Nació porque fenómenos extra estéticos, técnicos, económicos y coyunturales se conjugaron de tal manera que pudieron impactar con éxito sobre la capacidad y necesidad simbolizante del animal simbólico, del hombre.
¿La primera película? ¡1943! Hace 69 años.
¡1943! Hasta da resquemor. Las aventuras del barón Münchausen de Josef von Báky, pero no la de Hollywood u otras versiones de menor envergadura y peso. Aquella que vi en aquel entonces fue producida durante la guerra por UFA, estudio que conoció una importante expansión financiera a finales de los años ’20, pero que después de intentar lanzar películas de gran valor y sufrir como consecuencia grandes fracasos (por ejemplo, Metrópolis de Fritz Lang), llegó a la bancarrota. Después de idas y venidas financieras, con la llegada de Hitler al poder en 1933, el Estudio comenzó a producir para la propaganda nazi.
Le correspondía a Goebbels, el perverso y diminuto ministro de propaganda, controlar el contenido de los films de UFA. Se valió de métodos infames, los más atroces que hayan sido necesarios. Muchos artistas vinculados con la industria cinematográfica se veían obligados abandonar a Alemania y refugiarse en los EE.UU. transportando a los estudios de Hollywood una estética germana posterior a la Primera Guerra. Mientras el gran cine comprometido —con rasgos, aunque sea del más mínimo compromiso social— fue impiadosamente censurado en el mundo yankee, triunfador y opulento, entre tanto el imaginario sobre la vida despampanante, los amores libertinos y la fastuosidad encontró su cálido refugio en la hipocresía protestante.
Goebbels decidió festejar el 25° aniversario de UFA con una superproducción para demostrar la hegemonía alemana en el arte, en la técnica, en una supuesta forma de vida, y finalmente, pero, sobre todo, la superioridad racial. Belleza despampanante, sin conflicto. Hasta el agobio. Masas en permanente movimiento como monigotes de puntos y palitos. Sin conflictos. Pura belleza, puro placer. Pura delicia rosa, dorada y celeste. Pelucas blancas, amores impecables.
¡Tanto me gustó! ¡Me cautivó! Me formateó cierta idea sobre la belleza, cosa que los horribles años posteriores del horror se hicieron cargo de destruirla. Pero curiosamente esta misma imagen quedó en mí y en el mundo entero como el signo representante, como el símbolo de lo glamuroso. Ansiado en privado, desdeñado en público. Por ejemplo, a pesar de que la enorme bañadera vista en la película —obviamente producto de la industria germana, llena de una espumosa felicidad— se convirtió en el signo de lo esplendoroso del placer, hasta hoy aparece el mismo, con la misma función en el cine norteamericano, aunque el mentiroso Barón se mutó en un narco.
Algunos tics, algunos gestos y fenómenos pasaron el filtro de las décadas y tienen su reflejo en una u otra producción artística o documental. El buen nivel del libro original, cierta calidad técnica y la inexplicable participación de ciertos personajes valiosos como el guionista, obviamente no alcanzaron salvar la obra que finalmente no llegó a ser otra cosa que una rimbombante y alucinante propaganda nacionalsocialista. ¿Adjudicarle valores surrealistas poniéndola con ello al rubro de Buñuel? Crease o no, en los valores supremos de tal vanguardismo, los divertidos delirios del Barón merecerían investigaciones y análisis serios.
El problema pasa por otras cuestiones. ¿Por qué en el momento de encender el fuego bajo el mundo, el mundo mismo se fascina por este fuego y se deja atrapar por una belleza vacía y por qué una idea de habilidad logra ocupar el lugar de la belleza?
Tenía solo cuatro años. Pocos meses después, exactamente en la Nochebuena de ese mismo año, comenzaban los bombardeos perpetuos, extendiéndose hasta los primeros días de abril del año siguiente. La empalagosa belleza de la película fue sustituida por imágenes pavorosas. La fastuosa bañadera de mi fantasía sobrevivió bajo los escombros de la realidad.
Un día, por allí, en los años ‘90, me compré un jacuzzi, de modesto tamaño y adecuado a mis condiciones. Lo usé dos veces. La primera vez me di cuenta que no me daba nada de la fantasía del pasado, sobre el pasado. La segunda vez, se me ocurrió pensar en las bañistas de Bonnard; cuadros pequeños, sensuales y sosegados. Luego, junto al departamento, lo vendí; sentí mucho alivio. Se me quedó atrás mi propio símbolo del autoengaño.
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Las cuevas de los sueños perdidos (Cave of Forgotten Dreams, 2010) | Werner Herzog
Las aventuras del barón Münchausen (Münchhausen, 1943) | Josef von Báky
CARRITHERS, M. Por que los humanos tenemos culturas, Ed. Alianza, Madrid, 1955.
CASSIRER, H. Antropología filosófica, Ed.Fondo de Cultura Económica, México, DF, 1979.
ZÁTONYI, M. Juglares y trovadores/derivas estéticas, Ed.Capital Intelectual, S.L., Buenos Aires, 2011.
ZÁTONYI, M. Arte y creación, Ed.Clave Intelectual, S.L., Madrid, 2011.

























