Aquella película contigo
Escrito con fibrón negro
Por Lautaro Ortiz
La vida se podría dividir en las cosas que se deben hacer solo y las que admiten compañía. Por ejemplo, un libro es tarea para uno solo. La idea de leerlo en dupla, es decir, de compartir la lectura al mismo tiempo con otra persona es inaceptable. No sólo porque de entrada el ángulo de visión será distinto (hay que dejar espacio para que el otro también vea), ni siquiera por los involuntarios movimientos de piernas que pican o brazos que se quedan dormidos; el problema de fondo es la velocidad de lectura. El tempo de lectura jamás es igual en dos personas. Da miedo imaginar al otro esperando que uno termine de leer la página para, por fin, pasar a la siguiente.
Con el cine me pasa lo mismo. Sé que para muchos ver cine pertenece a “las cosas que admiten compañía”, pero a mí me gusta “leerlo” solo. Y esta elección quizá tenga que ver con una experiencia que viví en el empobrecido cine Municipal de Zapala (Neuquén) en la década del ‘80, cuando un cinéfilo cordobés (el único que se conoció en ese desierto de la codillera media) logró asumir como director de cine. Aquel hombre (inexperto pero apasionado) hizo lo que le dictaba su corazón: eliminó de cartelera todo el cine comercial y troglodita que solía verse y propuso un cambio rotundo. “Cine para leer”, tal como rezaba el cartelito que él mismo había escrito con fe y fibrón negro, en un papel pegado en la puerta principal del cine. Todo un desafío aquel gesto cuando soplaba el viento frío de un otoño de 1986.
La experiencia del cordobés duró tan sólo una proyección.
Los que restablecieron el orden fueron los generales del Grupo de Artillería 161 (ahí donde mataron al soldado Omar Carrasco). Es que aquel domingo los conscriptos (no se había derogado aún el servicio militar obligatorio) vieron afectado su paseo semanal: ir al cine antes de la obligada trasnoche en el mugroso pool de “5mentario”. Los generales elevaron la queja al intendente.
En aquel cine, en aquel brevísimo programa, vi una película que jamás olvidaré: El niño salvaje de François Truffaut, donde el propio director interpreta el rol del maestro Jean Itardel que, voz en off de por medio, relata cómo intenta educar e insertar a la sociedad a un niño que, hasta los 9 años, había vivido en un bosque francés a base de masticar raíces. Fue la primera y única película que se exhibió en aquel intento por cambiarle el modo de leer a un pueblo habitado por colimbas y empleados municipales.
A las 19 horas yo estuve ahí junto a mi padre, pero sin poder elegir el lugar desde donde mirar la película. Es que la barra del Regimiento 161 había copado las casi 60 butacas del cine. Ni bien arrancó la película, el blanco y negro produjo el primer comentario: “qué mierda es esto”. Cuando el ama de llaves le avisaba al maestro (al grito de “¡Víctor otra vez!”) que el niño salvaje enloquecía ante las exigencias educativas, las risas de los colimbas llenaron la sala. Inmediatamente llegaron los silbidos y, sin paso intermedio, el lanzamiento de monedas que rebotaban sobre la endeble pantalla blanca. La película se suspendió cuando al salvaje se le enseñaba a usar zapatos.
Tardé 15 años en darme cuenta que aquella experiencia (asombrosa para mí) no era más un conflicto de lectura. Tardé ese tiempo en volver a ver El niño salvaje y en leer aquel poderoso relato. Lo hice solo y comprendí la reacción de los colimbas: el cine de Truffaut posee un tempo de lectura casi imposible de ser compartido. Hay películas que son como libros y están hechas para leerlas solo.
//////////////////////
El niño salvaje (L’enfant sauvage, 1970) | François Truffaut