Aquella película contigo
Esfumaturas en el espacio
Por Pascual Massarelli
Apenas pasábamos la veintena de años. Cada vez que nos encontrábamos en esas noches húmedas era para emborracharnos y terminar peleando en la madrugada, casi siempre errando los golpes por la ebriedad. Era nuestra naturaleza: nos veíamos y nos golpeábamos. Solía preguntarme el por qué… hasta hoy no lo sé.
Hacía poco más de un año que conocía al Negro Abelardo. ¡Un tipazo! Me agradaba estar con él y escucharlo. Y sobre todo porque también me escuchaba atentamente. El Negro era de pinta favorable, se vestía con la verde oliva y agregaba a ello su incipiente y desprolija barba. El Negro atraía, vaya si atraía. Desde algún lugar todos lo envidiábamos. Fumaba Particulares 30 sin filtro y con su vozarrón desmayaba a las minas (las rubias eran las que fundamentalmente se calentaban con él). Dominaba el chamuyo, más que nada el intelectual. Su especialidad era leer los prefacios de los libros más comentados, por lo que sus palabras eran una configuración imposible de Platón, el Che, Freud, Marx, con algunos tintes nietzscheanos y cuando lo embargaba la melancolía iba al frente con Kierkegaard. Una rara mezcla que a su vez se entramaba con otros tantos. En fin, al Negro lo escuchábamos, pero cuando sus ojos se enrojecían se activaba la llamada de advertencia: estaba a punto, en la frontera de la discusión, el signo que nos certificaba que estábamos al borde, al límite.
El Negro deambulaba por el comedor universitario o por el Café Victoria. A veces luciendo su boina negra. Pero esa noche no, esa noche era nuestra, sin coberturas ni aparentes disfraces. Habíamos ido al cine a presenciar a uno de nuestros ídolos: Antonioni, el que más nos gustaba, como el vino y las pizzas del Victoria. Michelangelo y semillón. Un plato fuerte. Lo que más recuerdo de esa noche de agosto eran los fragmentarios diálogos que nos enrostramos.
El Negro miró fiero, con sus ojos rojos llenos del acuoso blanco-dulce. Estaba empuñando el noveno vaso y dejó suspendida su cabezota enmarañada de pelos. “Quisiera decirte algunas cosas” —le dijo el morocho tambaleándose en el cordón de la vereda. Julián, que tampoco se mantenía muy bien, dio dos pasos hacia atrás y sentenció: “Vos sos un negro de mierda, no comprendés los puntos muertos”. El Negro, casi cayéndose al piso húmedo de la madrugada respondió: “Los negros sabemos mucho de puntos muertos, aunque te parezca mentira sabemos mucho. Nos tienen siempre relegados y lo que es peor, no nos responden, no obtenemos respuesta ¿y todo por qué?…” —Julián interrumpiéndolo: “Porque son negros y como son negros son una mierda”. El Negro comenzó a enojarse y gritando le dijo: “¿Y vos entendés a Antonioni? Decime la verdad… no entendés una mierda, como los negros”. El Negro comenzó a reír a carcajadas, haciendo alarde de su sarcasmo.
A partir de aquí se avecinan acontecimientos sin retorno a la cordura.
Julián se apoya en el hombro del Negro, boquea un poco, toma aire y lo mira fijo, pero las palabras ya no salen. El Negro se zafa y Julián cae de bruces al suelo. El Negro se acerca, pierde el equilibrio y cae sobre Julián. “Te la das de entendido pero vamos a ver juntos El eclipse y me venís a decir que el director es un burgués de mierda, o sea es un negro. ¿Quién te entiende? Lee un poco más a Marx que dice más o menos esto…” —el Negro eructa y prosigue— “el que se siente mal en la vida y descubre que no sabe lo que lo angustia debe buscar respuestas…” —el hipo del Negro interrumpe por un instante y enseguida retoma— “si no tenés respuesta es porque te conviene no buscarlas. Es lo que nos pasa a los negros: buscamos, buscamos y nos cagan a palos”. El Negro vomita sobre Julián. A Julián se le calienta el rostro por el vómito y se despabila: “¡Qué asco! Pero te escuché —se sale de abajo del Negro y lo pone a un costado— “¿Dónde leíste eso eh? Asqueroso de mierda, negro mentiroso…” —Julián se aparta— “no tenés que buscar, tenés que encontrar…”
El Negro no se mueve, no habla. Julián se acerca, lo toma del cuello y lo zamarrea: “¿Entendiste? ¿Me escuchás? Encontrá y luego me decís. ¡Eso es El eclipse! Se encuentran dos pobres desgraciados que intentan ser felices y termina ella… teniendo ella misma miedo de querer, terror de no amar, entonces simula felicidad. Y me voy, estoy muy borracho. Y digo, quizás desde lo más profundo de mi ser… ¡bienvenida la borrachera! ¿Eh? ¡Ey!”
Julián arrastra a un banco al Negro y se sienta a su lado. Comienza a aparecer la luz, los faroles apagan el artificio. Julián se acomoda los anteojos, se inclina, mira correr agua por el descanso de la vereda, alguna hoja navega libremente sobre la corriente. Absorto, lo despierta: “¡Boludo, ya la tengo! ¿Escuchaste? ¡La tengo!” —el Negro se despabila— “Inútil, ya amanece y las calles están solas. Caminemos hasta la cama, la maravillosa cama”. Con esfuerzo se incorporan pero la gravedad puede más que ellos y caen sentados en el banco mojado. Se duermen. Pasan las horas. El sol se envara y pega fuerte.
El Negro abrazado a Julián abre sus ojos. Alguien a distancia, no mucha, les saca una fotografía. El brillo del sol encandila al Negro. El paseante les saca otra fotografía, levanta el brazo, lo mueve como si fuera un saludo y se pierde. El Negro con los ojos bien abiertos mira a Julián desparramado en el banco. Estira los brazos y se incorpora. Unas palomas se alejan. Una moto pasa. La barredora desparrama violentamente las hojas mojadas del borde del cordón. El Negro acomoda su camisa, zamarrea a Julián, se inclina hacia él: “Me apasiona el semillón… me hace pensar”. El Negro toma un brazo de Julián, lo pasa por sus anchos hombros y lo hace caminar. Julián se detiene, se miran y esbozan en sus labios como una sonrisa. Mientras continúan caminando el Negro le dice por lo bajo: “Recordá bien esta caminata, lo que nos dijimos, ahí está ¿eh?”. Julián afirma con su cabeza: “Vamos a tomar café”. Abrazados se van perdiendo en el amanecer que anuncia la primavera.
El sol alumbra la barba del Negro, una de esas desprolijas que tanto se usaban. Todo el cabello revuelto y sus profundos ojos negros disipándose de semillón. Su andar pesado marca más sus pasos, intentando seguridad con sus borcegos. En un momento se detiene y sienta cuidadosamente a Julián en un banco. Con delicadeza se pasa las manos por la verde oliva para acomodársela y de su bolsillo saca otro Particulares 30: lo emboca en sus labios, busca un fósforo, lo encuentra, prende el pucho y aspira, colocando su cabeza hacia arriba, largando una humareda que con la espesa humedad se mantiene en el aire. El Negro contempla a Julián, que abre los ojos y contempla al Negro. “Sabés, creo que nuestro ídolo cinematográfico nos muestra como mirar el espacio, y que este nos brinda la posibilidad de ver más los bultos humanos, impedidos y los objetos humanizados que cada vez nos vuelven más locos”. El Negro parado, lo mira, sonríe, aspira otra seca, larga el humo. Julián insiste: “Decime dos cosas. Una: me asusta el miedo de querer por el terror de no amar. Entonces, simular felicidad… ¡una mierda!”. El Negro Abelardo me mira tieso y rígido, por lo que espero una reflexión profunda, pero él simplemente pregunta: “¿Y la otra cuál es?” Giro la cabeza violentamente para despabilarme y Julián formula: “¿Cómo te atracás tan fácilmente a las minas?” el Negro se acerca a Julián y le dice: “Observo y mucho. Las escucho y bastante. Las relojeo, a ellas les gusta. Y también la pinta: ¡soy negro!” —el Negro se ríe y continúa— “estoy de moda y aprovecho, pero por sobre todo…” —se incorpora y mira hacia arriba un farol que se prende y luego se apaga. Julián incómodo le replica: “Sobre todo ¿qué?”. El Negro lo mira y le dice: “Sobre todo… el chamuyo”. Quedo absorto, abro bien la boca y exclamo: “Te invito un café, bien negro…” —el Negro me interrumpe— “¡Sí, bien negro y de mierda!”. Y nos echamos a reír.
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El eclipse (L’Eclisse, 1962) | Michelangelo Antonioni