Mi primera película
Espectador de lo prohibido
Por Fernando Madedo
Permaneces con obsesa dedicación resguardando la cinta de papel, ya sin adhesivo y quebradiza, que se pierde entre el carretel; ordenas en importancia la última entrada en el vaso de wiskey, que le robas a los mayores, y que destinas como archivo de momentos luminosos a los que te quieres aferrar. Desconoces, tiempo después, los títulos que mancharon con carbonilla la etiqueta de aquel larga duración 180 minutos en el que intentabas estéril acumular todas las imágenes (o todas tus sensaciones vívidas).
Estás parado y prendido a la pollera de tu madre a la espera de que avance la larga cola de la calle Lavalle, ese sitio tan esperado de los paseos de mediodía y de algunas tardes, mientras tus hermanos comentan excitados el playbill. No rehuyes, sin embargo, del ataque adrenalínico, el temor vertiginoso de enfrentarte a lo desconocido como si algo perturbara tu paciencia y plegara tus rodillas: no es esta la ocasión del olor a papas fritas con el que esquivaras la pegajosidad del copo de nieve —o la gaseosa cola— en el recorrido asfáltico antes de obligarte a ingresar en el tren fantasma del Italpark, que tanto te aburría.
Pese a la aturdida ciudad, que descubría la vorágine de la vida en sociedad que comenzabas a ensayar, la salida diurna abusaba del mismo silencio que las aventuras nocturnas en las que sigilosamente allanabas el placard, donde sabías se guardaban las cosas prohibidas. Te complaces tanto ahora, descalzo, apoyado el torso desnudo sobre el mosaico frío en la madrugada soporosa del verano, en cuanto gira a tu lado el carretel que compite con el volumen bajo del parlante; combate tu insomnio abstinente, te ilumina la cara.
Sientes el mismo placer de la trasgresión sentado en la butaca de cuero color bordó, y te entretienes en pensamiento a querer tenerlo todo —eres proyectorista, actor, director—te vuelves celoso, toda esa ceremonia es necesariamente tuya; de nada hubiera servido haber negado esconder las películas que arruinaras al intentar aprender el enhebrado en el proyector de Super 8. Te inquietas porque ya han ocupado los lugares de la fila de adelante obturando tu ángulo de visión, y a destino de esa suerte que siempre te toca, el odio recorre hasta las piernas y te eleva en el asiento. Una vez más, como en las madrugadas de tu casa, la luz en el rostro mitiga cualquier sórdido sentimiento.
Los tuyos alternan entre tus gestos y la pantalla, aunque desaparecen mientras sigues al personaje que ahora eres. Ya conoces el procedimiento porque un pariente se dedica a la exhibición, aunque todavía no te permitan tocar el carbón para echar todo a correr, ni tienes la suficientemente fuerza para sostener una lata de 16mm, como la que estúpidamente querrás llevarte en souvenir de aquella distribuidora de la calle Suipacha. Eres el personaje que durará en efecto durante las horas del después, y el que te hará olvidar en la cabina del cine de barrio atento a la ficción, la segunda marca en el ángulo derecho de la pantalla exigente del siguiente rollo.
Escondes las lágrimas, aunque evidente es el disimulo, y terminas en llanto tras el aplauso cuando sube la luz, y ya no puedes esconderte más no sea en el regazo de tu madre. Has aprendido, de todas formas, el encanto del melodrama. Has besado, como aquellos personajes que fingías ser, a las muñecas de tu hermana, haciéndolo a escondidas porque siempre en esa parte una mano te tapaba los ojos.
Metro a metro los planos de las películas primigenias se superponen temerosos y no será la primera vez que sientas la excusa del empalme. Te haz dedicado a acumular en silencio y soledad los folletos y las entradas de aquellas tardes, aquellos mediodías, o las etiquetas de los videocasetes, los rótulos de las cintas Super8 que proyectabas repetidamente en tu vigilia nocturna. Haz rescatado sensaciones irrenunciables cuyos títulos permanecen ocultos, y que en su solidez desechable se convierten en placer escopofílico. Es la complacencia, otra vez y siempre, de lo prohibido. Y será lo que justifique tu forma de vida, y será también todo lo que recordarás cuando se te caiga el primer pelo.