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A la salida del cine

EXT – CINE – NOCHE /// Griselda Soriano

A la salida del cine
EXT – CINE – NOCHE
Por Griselda Soriano

A veces lo pienso. No pocas veces, a decir verdad. Entonces pasa algo que me arrastra de vuelta: un texto, un viaje, un festival, una entrevista, una clase, una charla, una imagen, un sonido, un sueño. De entre todas esas cosas, hay un momento clave, un momento que disipa las dudas, y —ay, las paradojas— ese momento que disipa las dudas (¿Dedicarme al cine? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Por qué no dejarlo, mejor?) acontece, la mayor parte de las veces, cuando estoy saliendo del cine.

***

No me gusta hablar cuando salgo del cine, cuando lo que acaba de pasar en la sala fue significativo; tan violento es el cambio, tan difícil es rearmarse una vez que uno se ha desarmado frente a la luz de la pantalla. Soy una espectadora de llanto fácil e impredecible; nada más tremendo que el momento en que hay que secarse las lágrimas para salir de la sala (y nada más tranquilizador que cruzarse con otros pares de ojos hinchados y felices).

Hay algo ahí que tiene que decantar o, mejor, asentarse; encontrar su lugar en el interior, antes de que podamos volver a comunicarnos con el exterior. Tal vez ese sea el verdadero valor de las secuencias de créditos: darnos un espacio para la transición. La película que se sigue proyectando una vez que termina: esa es la que vale la pena (porque a veces una película se convierte en un evento que trasciende la pantalla y el tiempo de proyección; podemos estar seguros, entonces, de que no sólo hemos visto sino que hemos vivido algo que no vamos a olvidar).

Pocos momentos en el cine tan poderosos como la comunión silenciosa que se produce entre los espectadores que compartieron una de esas experiencias: algo late en ese pasillo por el cual la gente arrastra los pies, en ese vestíbulo que no quiere abandonar. Esa conmoción compartida vibra en el aire, y se comprueba en cada cruce de miradas; se multiplica y estalla en los festivales, esos eventos a los que vamos con la esperanza secreta de encontrar exactamente eso. Es ese el momento, para mí, en que el cine revela su alma y nos recuerda por qué se lo dimos todo. ¿La muerte del cine? No, lo siento; tal cosa no parece posible.

***

Entonces: sí, muchas veces pienso que debería salir del cine definitivamente, o, más bien, sacarlo un poco de mi vida. A veces pienso que ya nunca quiero volver a filmar, y sin embargo hace tres noches que sueño con películas. A veces pienso que escribir sobre cine es una actividad absolutamente inútil, y después tengo que levantarme de la cama corriendo para terminar un texto que temo que se escape mientras duermo. Pero de todo eso puedo dudar. No dudo nunca, en cambio, cuando salgo de la sala sacudida.

***

El cine no es todo, sin embargo. Es necesario salir del cine para volver al cine. Porque el cine está en el mundo, el cine sin la vida es imposible (¿Y viceversa? Por supuesto que no, pero no importa). Pero el cine también es el mundo; no existe, en el fondo, ese adentro y afuera. Tal vez si escribiéramos en un idioma que no diferenciara “ser” de “estar” ni siquiera tendríamos ese problema. No hay que complicar tanto las cosas, entonces: el cine es tan solo ese fragmento del mundo que elijo volver a abrazar —por un motivo u otro, queriendo o sin querer— cada vez que salgo de él.

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