La película prohibida

Extraño amor /// Nicolás Herzog

La película prohibida
Extraño amor
Por Nicolás Herzog

El sol de verano entraba por la ventana de la cocina de mi casa mientras desayunábamos con mis tres hermanos menores. Era domingo y papá ordenó que nos cambiáramos para ir al Salto Grande, nuestro club de barrio. Yo apreté un puño a resguardo y torcí un poco los labios como si hubiese ganado un punto en la red, después de una bolea cruzada que había dejado a mi contrincante comiendo polvo de ladrillo. Nadie me vio. Era una victoria secreta. Todavía faltaba que los seis nos metamos como sardinas en el Fiat 600 que papá usaba para viajes “de cabotaje” (el Renault 18 sólo se usaba en “ocasiones especiales”, o viajes de larga distancia); que lleguemos al club; jugar un partidito de tenis con el Gringo, mi hermano menor; esperar el asado; brindar y comer; esperar que las familias del Gordo y del Paca también terminaran de comer y tomar y, cuando los más grandes estuvieran lo suficientemente borrachos como para no poner ninguna barrera, y los más chicos estuviesen jugando por ahí, ahí sí, como quien no quiere la cosa, deslizar un “Pa… nos vamos a casa con los chicos a escuchar música y ver una peli”.

…Chicos, llevemos la última de Rocco Siffredi y listo. Pará… ¿Vieron esta? “Rambo-oh”. El loco se parece a Stallone… ¡Miren lo que encontré! No te puedo creer: es la de Xuxa. ¿A ver? “Amor, extraño, amor”. ¿Qué decís, Gordo? Yo prefiero la de Rocco… Pero bueno. Dale, sí, alquilemos ésta. ¿Paca? Y dale, ¿qué te voy decir que no?… Llevamos ésta, señor… ¿Alguna otra cosa, chicos? No, no. Está buena, ¿no? Dicen que sí… son diez australes. Aquí tiene. Devolución en 72 horas. Recuerden que el lunes no abrimos. La dejan en el buzón. Está bien.

Llegamos al club alrededor de las once. Con mi hermano jugué un set y me excusé para no transpirar de sobra. Diez minutos después, mientras papá soplaba el fuego en la parrilla, yo ya estaba metido en la pileta. Al rato cayó el Gordo con su familia y, cerca del mediodía, llegó la familia del Paca. Todos con sus respectivas reposeras, mochilas, raqueteros y gorros viseras. Los hombres cargaban las conservadoras con carne al taco y vinos, mientras que las mujeres llevaban las canastitas de mimbre con los platos, vasos y cubiertos. Los vi llegar y rumbear hacia la zona de los quinchos desde el borde de la pileta, colmada de la gurisada dominguera.

¿La vemos en tu casa, Gordo? Eh…No…Este finde la pendeja de mi hermana se queda estudiando en casa. No te puedo creer… En casa menos… a no ser que matemos a la abuela. ¿Pola? Y… no sé, qué se yo… si mi viejo se entera nos caga a piñas… Dale, paja, no queda otra. Bueno, está bien… Ojalá no llueva… Tomá, quedátela vos. ¿Les parece? Y sí, vas a ser el anfitrión. No te toques antes ¿eh?… No seas pajerto, Gordo. Ilari Ilari-e…oh-oh-oh.

Mientras, secundado por el Paca, yo conectaba la VHS del living al televisor de mi cuarto, el Gordo preparaba un Nesquik en la cocina. La aparición del primer fotograma transferido a video, con la imagen de la distribuidora, ya funcionaba como un pre orgasmo. Los dos miramos al Gordo entrar de queruza en mi cuarto, dejar dos vasos de leche chocolatada en el escritorio y desparramarse en mi cama, en el mejor lugar para ver.

¿Pa…, hay planes para mañana? ¿Asado en el club? No creo. Mamá está cansada, no anda con mucho humor últimamente. Además, anuncian lluvia, ¿viste? Ah… mirá. Justo que fui a la canecería de Tutuca y reservé una manta de ternera… ¿Y cómo es que fuiste a lo de Tutuca, vos? Fui a la verdulería y Tutuca me vio pasar y me gritó si pensábamos reservar para mañana, que justo había llegado un ternerito hacía diez minutos, que si quería me apurase, y bueno, le dije que sí. Ta bien. Pero de última lo llamamos y cancelamos. Me dijo que era una manteca, que cualquier cosa le avise que se la coloca a otro o se la lleva él. Aha. Nos hizo el favor por ser clientes de la cuadra, nomás, viste. Bueno, mirá, vemos mañana como está el “clima”, ¿dale? ¿Ya hiciste la tarea para el lunes?

Hacía media hora que la película había empezado y los tres mirábamos anonadados cómo nuestras expectativas de chicos de 12 años se desplomaban demasiado pronto. Mientras el Paca roncaba sobre el escritorio con la cabeza apoyada en sus brazos haciendo de almohada, el Gordo se acariciaba el pene en piloto automático, tratando de estimularse por deporte. La famosa “porno de Xuxa”, la reina de los bajitos, la que inundaba nuestras mañanas televisivas desde hacia varios años, había resultado un bodrio de dos horas, infumable, y para grandes. Xuxa hacía de una prostituta de 17 años que se enamora de un chico de 13. Algo de eso nos calentaba, pero al fin de cuentas era un fiasco y el pase de facturas no tardó en aparecer entre nosotros. El Gordo, bastante aburrido, no paraba de delirarme y de recordar que tendríamos que haber alquilado la de Rocco. Promediando la hora, el Paca se despertó de su letargo como si, conectando con sus instintos más profundos, intuyera que pronto se venía LA escena.

¿Alguien quiere? No, gracias. Al menos me voy a fumar un pucho para matar este embole. Abrí la ventana. Dale. Che, pará… Epa… Uyuyuy… se le va meter en la cama. Dale, neneee. Che, pero ¿qué le pasa al pibe? No arranca… Es una historia de amor, Gordo, rescatate y dejá de bardear. A ver si entendés. Andáaaa. Ey, ¿qué pasó? ¿No me digas que ya está? Noo. No me jodan. ¡La cortaron! No te puedo creer. ¡Hijos de puta! No la cortaron, Gordo. Es así. Es erótica. No entiendo nada… ¿Qué pasó?

Saltando arriba de la cama, con un cigarro al costado de la boca, el Gordo vociferaba en dirección a la TV con ademanes de barrabrava. A su izquierda, con cara de dedos marcados y un hilito de saliva que le colgaba de la boca, el Paca observaba anonadado con los ojos que parecián el 2 de oro. Yo le daba RW a la cassetera y volvía a poner PLAY, intentando captar esos segundos en los que las manos del pibe se apoyan sobre las pequeñas y dibujadas tetas de Xuxa. Imaginaba convertirme en humo y entrar por la perilla del televisor, fundirme con el cuerpo del niño y poder tocar esa piel blanca y lunar, erótica y celestial, maternal y ajena. La escena duraba menos de un minuto. Luego, todos volvimos a la realidad lentamente. La película seguía sin pena ni gloria, con su argumento olvidable.

¿Paca, te acordás cuando vimos en la casa de Colón de mis viejos una película en la que actuaba Xuxa? Sí, claro que me acuerdo. Pero… ¿no fue en lo del Gordo? No, la vimos en casa. Parece que la mina tiene que pagarle fortunas anualmente a la distribuidora para que no la comercialice. Pero está en YouTube. Ah, ¿sí? La volví a ver. No está tan mal como pensábamos. Podría ser de culto a esta altura. ¿De quién es? Walter Hugo Kuori. Hizo como treinta películas, casi todas centradas en el erotismo. Mirá vos… No recuerdo haber visto nada suyo. Por ahí escuchaste hablar de “Noite Vazia”, de 1965. Mezcla de Buñuel, con Antonionni y Polansky, salvando ciertas distancias, con las calles oscuras de San Pablo como protagonistas. Triller psicológico, obsesiones sexuales, edipo no resuelto, sublimación histérica, erotismo. Mmm. Me suena… ¿No estuvo en Cannes? Sí. Creo que hasta tuvo una mención. Mirá vos, querido. Nunca pensé que volveríamos a hablar del tema. El tabú… viste. Eso. Tabú. ¿Arrancamos? Dale.

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Amor, extraño amor (Love Strange Love, 1982) | Walter Hugo Khouri

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