Nuestra última película
Flash
Por Lorena García
El empedrado sostiene pasos acelerados como ráfagas. Los adoquines también nos corren, se despliegan en masa y se repliegan ante el asfalto, ante tierra de otra época, ante los pasos de los pasos. Nosotras, en nuestro tiempo, los pisamos con zapatos de tiritas entusiastas, agitadas en cachetes apretados de rojo.
El abuelo Humberto está sentado en su silla en la vereda esperando la tarde y el mate de doña Lola. Yo me llevo apurada su beso en la frente, unos billetes de pesos ley y su “portate bien”. De lejos me llevo también la foto en el bolsillo, la tengo, sí: cuadra de barrio, un Fiat estacionado, un fulbito callejero escurridizo, don Roberto Senatore que saluda. Mi abuelo que responde relajado en su piyama celestito y esa musculosa íntima blanca. Pero la siesta terminó. Está peinado, lo dice su colonia amable. Su perfume se mezcla con la brisa de los corrales de los mataderos.
Las ganas de los maníes con chocolate nos saltan en los bolsillos, las migas de galletitas cuelgan de los vestidos y el caramelo de frutilla derritiendo en la boca. Tal vez el único momento en el que verdaderamente nos importa el reloj, el “¿me da uno de ésos?”, el papelito, el “pasen”, es ahora, que vamos a entrar a la función vermouth de las 16.30, del cine Gran Buenos Aires, en el barrio de Mataderos. Silvana “la Colo”, Laura, Paula y Marilú, también algunos hermanos, primos y vecinos, Gustavo, Marcelo, Mario y Robertito, también Chelo y Danielito. Nos sentamos ahí, estamos con los ojos bien abiertos. Nada más y todo eso. El tiempo no es tiempo, no es lugar, no es nada.
En mi corrida al cine, al abuelo se le viene a la memoria el cartel “Prohibido entrar sin zapatos”, del hall del Cine Jorge Newbery, el primero de los cuatro cines de la zona, en Tellier al 2300 (calle en honor a Charles Tellier, inventor del sistema de enfriamiento de la carne). Esto es un mensaje para los “mucangueros”, chicos de 10, 12, 15 años que andan descalzos con sus pies llenos de grasa. Por unos pesos, ellos comercializan los residuos de las reses sacrificadas en el barrio. “El Tachero”, hierve todos esos desechos de animales faenados, vacunos, ovinos, porcinos (las mucangas), para convertirlos en jabón. Y los chicos, con ese dinero, entran al cine Jorge Newbery, que después se llamaría Nueva Chicago en los ´60, “la piojera”, su nombre despectivo.
El abuelo ve La muchachada de a bordo, El morocho del abasto, Caídos en el infierno, por nombrar algunas. Nosotros vemos Rocky II, Benji, Flash Gordon y desde las fotos de la ventana, Fiebre de sábado por la noche y Carrie.
Ante las peripecias de Flash Gordon se da una pelea en plena oscuridad dentro del cine. Vuelan maníes como balas y se siente a la muchachada decir “uuuuuuuuuuuuh” cuando otro contraataca el espacio aéreo con una salchicha. ¿Mucangueros de los cincuenta? Tal vez. Con nuestra modernidad habían surgido los panchos. Nos reímos, Flash sigue en la suya, lo está atacando una araña negra peluda y gigante. Nosotros mirando a los de la otra fila. Aún ante nuestro descuido, Flash vence a los malos.
Flash se va a su casa. Y nosotros con él, a las nuestras.
Con el “progreso” nacen nuevas “nostalgias”. Cierran varios de los primeros cines, dejan de funcionar los tranvías eléctricos de la Capital Federal, luego de sesenta y cuatro años de servicio. El arquitecto Aquilino Podestá dice: “Ya no volveremos a ver nuestra ciudad desde sus ventanillas, ni a repasarnos las lecciones cómodamente sentados o arrinconados en la plataforma trasera. Ya no abriríamos más las puertas corredizas para cerrarlas luego cuidadosamente, poniéndole el ganchito antes de bajar. Se habrá perdido el último signo de buena educación de los porteños. ¡Plataforma delantera!… Las cosas que se cargaban en ella, y qué lindo, cuando solíamos ir charlando con el motorman en aquel palco en movimiento!…”
Las calles se asfaltan para agilizar el tránsito, se retiran las plazoletas de tipo boulevard de la Avenida de los Corrales. Los mucangueros se calzan, pasan a ser obreros asalariados. Ellas, nosotras, nos ponemos los zapatos de taco. Dicen que llega el Mundial ´78 y también dicen otras cosas. Entramos en sombra. No vemos nada. Flash se muda de barrio y parece que también de país, no le queda otra. Nosotros nos agarramos de nuestra última película juntos, de un beso en la frente, de un piyama celestito, de Flash, de unas huellas de grasa al pie de una butaca, de una colonia amable.
Tiempo que se despliega y se repliega. Me dicen que el ayer puede encontrarse en un pliegue, no detrás de hoy sino adelante.
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Flash Gordon (1980) | Mike Hodges

























