Mi primera película
Flauta Dulce
Por Ezequiel Tronconi
Año ‘87. Devoto. Un dúplex muy cerca de la cárcel. Más específicamente, en el pasaje Yugoslavia, entre Pedro Varela y Simbrón. Pero hablar del pasaje es otro tema.
Una tarde, Adriana, mi mamá (Moni para los amigos) me escucha tocar con la flauta dulce una canción que me habían enseñado en mi clase de música. Mi maestro se llamaba Alfredo y me acuerdo que me caía muy bien. Además de darme clases en el I.M.E.P, me daba clases particulares de guitarra. El puente entre esa melodía y mi llegada al cine no lo recuerdo, seguramente Moni me habrá preguntado —¿Qué estás tocando? Y yo le habré respondido —La canción de “Ico, el caballito valiente”. Se había estrenado hacía poco y estaba de moda entre las melodías flauteriles para niños. Automáticamente ella me habrá prometido ir a verla al cine.
El tema de salir del barrio ya era algo misterioso y divertido. La mayoría de mis actividades transcurrían en el pasaje y las que no, nunca superaban unas pocas cuadras de casa: el colegio a 6; guitarra a 3 y el club a 2 y media. Pero esta vez, había que ir más lejos, y así fue. Mis padres, mi hermana y yo nos alistamos y fuimos al cine Los Ángeles, en Av. Corrientes y Callao. Obviamente hay muchas de las cosas que voy a contar a continuación que no podría determinar si estoy recordándolas realmente o simplemente inventándolas para luego sentir que lo viví. O a lo mejor, algo que pienso que estoy inventando, pudo haber pasado de esa manera.
Fuimos en el Taunus gris que teníamos en esa época. Moni nunca aprendió a manejar. Raúl me decía que para aprender tenía que mirar. Naty iba cantando, yo miraba por la ventana las calles, y de vez en cuando relojeaba cómo mi viejo pasaba los cambios. Después de 40 minutos de viaje, llegamos al cine. Estacionamos sobre Corrientes.
Entramos por esas puertas de vidrio con afiches de películas. Antes de entrar, me detuve un rato a ver cada afiche. Mientras hacíamos la cola para sacar las entradas, inevitablemente les pedí a mis padres que me compraran pochoclos. Mi hermana empezó con que quería ver otra cosa, que no iba a entrar a ver una historia de caballos. La discusión no duró mucho, habíamos ido hasta “Los Ángeles” para ver Ico,…. Naty aceptó con una particular cara de enojo.
No pude aguantar a que empiece la película y ya me había comido medio paquete. Sabemos todos que ese maíz inflado es un vicio. Luego, hicimos una nueva cola para entrar a ver la película. Iba a escuchar esa melodía que yo interpretaba muy bien con mi flauta dulce a un volumen considerado y con imagen. En la fila para entrar, mi ansiedad era tanta que ya casi no quedaban pochoclos por comer. Por lo cual Raúl, mi viejo (el colo para los amigos) fue rápidamente por otro paquete. Entré a la enorme sala, vi esa pantalla gigante con la boca abierta. Caminaba como un zombie. Sí, ahí se iba a proyectar mi película. Hasta ese entonces estaba acostumbrado a verlas en una televisión pequeña. Tenía una, creo que de 20 pulgadas donde había visto Star Wars, E.T., Los bicivoladores y varios clásicos de los 80’s.
Nos sentamos en la mitad de la sala. Una ubicación excelente. Se apagaron las luces y empezó la proyección. En los primeros segundos sonó la canción (mi.la.si.do.si.la.sol.fa.) Ico cabalgaba por un bosque o algo así, con una luz azulada. Ya el comienzo era atrapante. Estuve toda la película con los ojos puestos en la pantalla, maravillado. Mi hermana fue cambiando su cara de enojo en los primeros minutos. De la historia no recuerdo mucho, tendría que volver a verla, pero tengo un grato recuerdo de esa experiencia. Luego volvimos a nuestra casa en Devoto. Llegué a mi habitación y me acosté con una sonrisa. Había descubierto algo nuevo, misterioso y conmovedor. El Cine.
A la semana siguiente, le pedí a Alfredo que nos enseñara otra…
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Ico, el caballito valiente (1981) | Manuel García Ferré