Aquella película contigo
Fotogramas de mis nonos colgados en un bar
Por Sebastián Miño
“Hola trompeta… ¿Cómo estás?” —era la inconfundible voz de mi Nono. Me lo dijo así nomás, con un poco de acento milonguero, media palada de albañilería y una pizca de torneo de bochas. Y mucho, mucho Palito Ortega. Venía con mi queridísima Nona, creo que la traía de la mano, imprimiéndole su pausado ritmo al caminar. Hacía tiempo que no los veía y qué mejor que sacarlos a tomar aire y sol e invitarlos a tomar un café en “Lo de Leone”, un viejo bar rosarino.
Mientras tomábamos el café, hablamos de la familia, de mi nueva casa, de la mudanza y la convivencia con mi novia. Entre risas y medialunas, mi Nona comenzó a fijar sus inocentes ojos en los cuadros que decoraban las paredes del lugar: fotogramas de películas de convois, como llama a los westerns mi Nono que en segundos reconoció a Clint Eastwood, Giuliano Gemma y Gary Cooper, entre otros tantos. Para despejar cualquier mínima duda, les expliqué que esos cuadros eran fotogramas de películas y, en algunos casos, afiches promocionales. Entonces, como nenes frente a golosinas, permanecieron en silencio durante algunos minutos, tratando de mirarlos a todos desde sus asientos.
En aquel momento de descubrimiento, de silenciosa contemplación y disfrute, ellos habían logrado penetrar en el espíritu del lugar. Dos almas jóvenes en cuerpos antiguos que desde sus asientos habitaron esa dimensión, mezcla de nostalgia y cinefilia. Quizás por ello, cuando empezaron a volver al presente, al aquí y ahora con su nieto, no se sorprendieron demasiado cuando les conté que mi nuevo plan decorativo también consistía en colgar en las paredes de mi casa cuadros con fotogramas de películas, y fue gracioso cuando mi Nono le sugirió a mi Nona poner un fotograma del “jinete pálido” a la salida del baño de su casa, a lo que respondió con una leve sonrisa y luego volvió a quedarse ensimismada en sus pensamientos.
Siempre que estoy con mi Nona me da la sensación que tiene la mente en otro lado… Creo que se debe a sus ojos livianos, soñadores y lejanos. A su mirada maternal que viene flotando desde lejos para posarse sobre la realidad con la suavidad de una pluma. A su sonrisa infantil… De todas maneras, ella siempre permanece atenta y curiosa.
“¿Y qué vas a hacer con las fotos de tu papá, de tu mamá, de tu novia y de tu hermano que hoy tenés colgadas en las paredes?” —preguntó mi Nona. Le conté que pensaba guardar en cajas las fotografías de mis viejos, de mi hermano, de mi novia, y de mis amistades; y en lugar de esas imágenes (algunas poco naturales) iba a colgar fotogramas de películas que me recordasen precisamente a esas personas, de manera que esos pequeños fragmentos de celuloide impresionados se resignificarían una y otra vez, envolviéndome en la corriente de un río cambiante que en sus profundidades me invitaría a sondearlo con paciencia y pasión. Les expliqué que mi intención era la de ver cada imagen como el final de un muelle desde donde saltar libremente hacia el exterior de mi ser.
Les confesé que tenía fe en que al ver colgados esos “portafotogramas” con sus personajes, actores e historias, algo inefable y nuevo se despertaría en mí. “Al mirar a Forrest Gump sentado en el banco de plaza encontraré a mamá sentada junto a él, acompañándolo, y entre lágrimas me estará diciendo con apego y nostalgia: “esta es de esas películas que no querés que terminen nunca”. Y en otra pared estará Simba en la montaña, en brazos del mono, presentándolo al reino animal como el hijo del rey. Y en medio de esa multitud de animales, fauna heterogénea de rostros, pelos y colmillos, estará papá cuidando que las bestias no nos coman a mi prima ni a mí. Eso sí, los tres estaremos sentados en primera fila, con el cuello medio duro de mirar hacia arriba tratando de disfrutar la magnificencia del próximo rey. Y cerca de esa imagen colocaré a los cinco grandes de Liverpool corriendo por las calles, escapando de sus fans, porque entre los cuatro más conocidos estará el beatle argentino, mi hermano Martín, corriendo con ellos, mezclado entre la fantasía de los ídolos y los acordes sesentosos que aún hoy permanecen como materia prima, inspirando lazos musicales entre hermanos, en el Anochecer de un día agitado. En la intimidad de mi dormitorio, colgaré el fotograma final del campanario de Copie conforme, para que sea una ventana más y para que con cada campanada simbólica se reafirmen los segundos, minutos, y horas de descanso junto a mi novia; campanadas que con su eco llamarán a esas noches de soledad que pasamos distanciados y peleados. Será una ventana que mostrará continuamente la hora en que decidimos darnos una nueva oportunidad”.
Mis Nonos escuchaban mis torpes palabras poéticas con la misma atención y amor que habían puesto en mirar los cuadros del bar. Ambos se tomaron de la mano.
“¿Y qué fotograma vas a colgar que hable de nosotros? ¿Un Dólar Marcado, Los 7 Magníficos, Cinema Paradiso?” —preguntó mi Nono riendo mientras mi Nona esperaba ansiosa la respuesta. Los miré por unos segundos, sonreí a través de su ternura y respondí: “Ninguno Nono. Estuve buscando alguna película que me devuelva a ustedes, a su recuerdo o a algo similar y encontré veinte como mínimo. Sin embargo, haciendo memoria encontré un montón de anécdotas de vacaciones en familia que no vi en ningún largometraje. Todavía hoy, recuerdo cosas de ustedes que tienen esa fuerza transformadora y que únicamente encuentro también en las imágenes del cine. Por eso decidí guardar de ustedes una foto, una única fotografía… en este bar. Traten de no posar, que quiero que salga natural y espontánea. Lo único que voy a necesitar es que, vos Nono, actúes de vos más que nunca y, vos Nona hacé de vos, con toda tu frescura y hermosura”.
Mi Nono sonreía arrugando la frente y apenas mostrando los dientes, generando una atmósfera de misterio tanguero, escondiendo sus transparentes ojos azules en una mirada cabizbaja, atenta a sus manos que jugaban con una servilleta. A su lado, mi Nona, con su piel inmaculada de chica de quince, le pasaba el brazo por la espalda, abrazándolo y llevándolo hacia ella. Sin dejar de mirarlo, ella lo atraía hacia su rostro. Y ambos rieron, junto a un Clint Eastwood lejano y dibujado, un Giuliano Gemma fuera de foco, un Gary Cooper cortado por el encuadre.
En mi pared, ambos rieron inmortales en un bar.
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El jinete pálido (Pale Rider, 1985) | Clint Eastwood