Nuestra última película
Frankenweenie: El largo adiós
Por Adrián Melo
Siempre fue tan extraño para mí como un personaje de una película de Tim Burton. Tan bello, oscuro, erótico y tenebroso. Y mis amores por él tan desesperados e imposibles como los de Gatúbela y Batman (“Un beso bajo el muérdago puede ser mortal. Pero es más mortal aún si proviene del corazón”) o los de Edward Scissorhands y Kim Boggs o los de Sweeney Todd por la Señora Lovett o los del vampiro Barnabas Collins por la institutriz Victoria Winters.
A los dos nos gustaban todas las películas de Burton y todas las versiones fílmicas y televisivas de El fantasma de la Ópera y también una serie de televisión de finales de los años ochenta que pasó sin pena ni gloria pero que luego se transformó en objeto de culto que se llamaba La Bella y la Bestia. Es indudable que lo nuestro eran las historias melodramáticas entre marginales, en tono claroscuro a lo Caravaggio, con algunos momentos de alegre luz y una dicha fugaz que parecían justificarlo todo y, por supuesto, con final anunciado.
Hacia fines de octubre del año del fin del mundo, la ciudad sin él parecía gótica y bartoniana. Caminando por Barrio Norte, los edificios altos y deprimentes de estética fascista de las facultades y del Hospital de Clínicas se erguían sobre el cielo tormentoso y parecían cernirse sobre mí para oprimirme. Asemejaban monstruos enormes de cemento proclives a moverse, a metamorfosear sus costados en garras y convertirse en gárgolas demoníacas o en dinosaurios de serie clase B o en el mismísimo Goodzila. Complementaban el escenario la atmósfera saturada de calor y humedad, el olor a orina y las infancias y adolescencias pobres que tan pronto cartoneaban en Plaza Housay como esperaban a un caminante desprevenido. Mientras tanto, cerca, otras juventudes paradas en las esquinas de la calle Charcas exhibían sus bíceps o se agarraban los genitales encerrados en apretados jeans cortos y sacrificaban de esa manera sus cuerpos de belleza pasoliniana en los altares del capitalismo. En un sótano cercano, sobre la calle Uriburu, se escuchaban gemidos de loca cópula. Sexo, suciedad, miseria y vampirismo para coronar mi tristeza.
Sólo faltaba para completar el cuadro romántico que niños fantasmagóricos se levantaran de las duras camas de la morgue y asomaran sus rostros y pegaran sus narices sobre los vidrios de las sucias ventanas del Hospital de Clínicas como en un cuento de Henry James. (Y a propósito de James y del niño Miles de Otra vuelta de tuerca: “¿la belleza angelical da cuenta de la inocencia y de la bondad o sus encantos esconden una seducción maligna calculada para engañar?” o tan solo como escribió Rilke “La belleza es el comienzo del horror”).
En todo caso, el fantasma para mí era él. Lo veía en cada cabellera negra que aparecía delante de mis ojos y se perdía en la multitud. O riendo en cada esquina. O contemplándome con sus ojos gigantes, hermosos, infinitos capaces de infligir invariablemente miradas de ternura y crueldad de la misma y profunda intensidad. (—¿Qué hacés aquí afuera? Vas a atrapar una gripe tremenda —Nada interesa, si ya atrapé lo que importa: “Tu mirada”; Sombras tenebrosas).
El caso es que estrenaban prontamente otra película de Burton: Frankenweenie. Los carteles de la ciudad la anunciaban a cada paso como un retorno del director a sus orígenes. El perro Sparky me miraba desde los afiches con sus ojos gigantes, hermosos e infinitos escondido detrás de su propia tumba.
Quizás con la convicción o con el pensamiento mágico de que ver la película lo traería devuelta o lo alejaría definitivamente, o para librarme del espectro de Sparky que me lo recordaba a cada paso, decidí romper el conjuro. La primera película de Tim Burton sin él. Y, en cierta forma, la última que vería junto a él, con su espectro.
Volví a casa mojándome con las primeras gotas provenientes de unas nubes que amenazaban apocalíptica tormenta. Prendí mi computadora, me metí en Internet, fui a Google como conducido por una mano invisible y escribí el nombre de la película seguido de una palabra. Como era de preveer había un sorteo para un preestreno. A todo trapo, en 3D, en pantalla gigante y con solo anotar mi número de documento y unas escasas líneas de justificación de que por qué quería ver la película.
A los pocos minutos me anunciaron que había ganado las entradas para el preestreno. Hice un largo trayecto hacia Zona Norte donde proyectaban la película, alejándome así del ambiente barroco y romántico de mi barrio. Cuando llegué al cine ya se había largado la lluvia.
La película fue dulce. Otra de amores imposibles pero esta vez de pensamiento mágico y final feliz.
Sin embargo, cuando salí de la sala tan solo como Edward Scissorhands antes de Kim o del mismo Víctor Frankenstein tras la muerte de Sparky sentí una profunda tristeza mientras el aire se cargaba definitivamente de lluvia y de melancolía. Es que no podía dejar de recordar y de repetir obsesivamente como un niño, un diálogo del guion:
Madre del niño Víctor F. : —Cuando pierdes a alguien que amas, en realidad no te abandona, se muda a un lugar especial en tu corazón.
Niño Víctor F. : —Yo no lo quiero en un lugar de mi corazón. Lo quiero aquí, aquí, aquí…
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Frankenweenie (2012) | Tim Burton