A la salida del cine

Fuga celuloide /// Juan Sasiaín

A la salida del cine
Fuga celuloide
Por Juan Sasiaín

Mi madre me pidió que saliera, por eso mientras pasaban los créditos finales, me escapé. Era la noche del estreno y no me costó reconocerlo. Todos lo felicitaban por esa cosa patética que había filmado. Sonrisas fingidas, apretones de manos oportunistas, palabras vacías, solo para quedar bien. Yo no le dije nada. Lo observé de lejos, por el hueco de una ventana, cuidándome de no llamar su atención. Cuando se fue lo seguí de cerca en un auto robado. Manejó tres kilómetros hasta llegar a su casa y yo hice lo mismo. Forcé una de las ventanas laterales y entramos en silencio con mi madre.

Se oía la ducha. Ella abrió un cajón de la cocina y sacó una cuchilla para hacer lo de siempre. Pero ésta vez la detuve. La até a una silla y tapé su boca con un trapo. Detrás de mí estaba él, en bata y asustado por los gritos. Le pedí que se calmara. Parecía extrañado de verme, pero me invitó un café y aceptó escucharme. Desaté a mi madre y ella misma le hizo el pedido. Él escuchó con atención y ahí mismo firmamos el contrato.

Acordábamos cambiar el guion de la película y hacerme ver como una persona de bien: amable con mis huéspedes, generoso con mi madre. Particularmente acordábamos cambiar las escenas de mi madre: ella entraría a limpiar el cuarto, encontraría el dinero robado y lo devolvería a su dueño. En cuanto a la chica resolvimos que ella iría a prisión por dos años y al finalizar su condena vendría al motel a confesarme su amor y armar una familia. Le daría nietos a mi madre. A cambio nosotros guardaríamos el cuchillo en el cajón, nos iríamos inmediatamente de su casa y volveríamos a la película. Dudó. Nos creyó locos. Se pensó dormido. Mi madre tomó la cuchilla, la alzó en un impulso mecánico y en cuanto sonó la música, él firmó.

Nunca supe mucho de leyes, pero tanto nuestras firmas como la de él son originales. El contrato está fechado y escrito muy claramente en dos copias. Sin embargo, el individuo en cuestión sigue hasta el día de hoy sin cumplir con su palabra. Durante años tuve que repetir una y otra vez las mismas acciones. Atrapado en una historia que no me representa. Amo a mi madre y sé que ella no sería capaz de cometer las atrocidades que este supuestamente talentoso director la obliga a hacer una y otra vez en la pantalla. Y hubiera tenido que soportar esta tortura hasta la eternidad si no fuera porque hace unos días logré escapar por segunda vez de la película.

Lamentablemente el director no estaba entre los presentes. Apenas un par de cinéfilos perdidos en una pequeña sala de la Patagonia Argentina. Conseguí trabajo en una cabaña para turistas junto a un lago, mientras planeaba cómo encontrar al director. Estaba demasiado lejos y tardé unos días en averiguar que también estaba demasiado tarde.

Por eso le escribo, apelando a su profesionalismo y buena voluntad, solicitándole encarecidamente que tome las acciones legales necesarias para que los herederos del señor Hitchcock respondan a mi reclamo y al de mi madre. Hasta entonces estamos decididos a permanecer fuera de la película sin importarnos las consecuencias que esto pueda traer a la historia del cine.

Adjunto fotocopia del contrato cuyo original guardo en mi poder y un primer adelanto en efectivo de sus honorarios.

Lo saluda atentamente,

Norman Bates
y su Madre

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Psicosis (Psycho, 1960) | Alfred Hitchcock

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