La película prohibida

Función Privada /// Juan Pablo Russo

La película prohibida
Función Privada
Por Juan Pablo Russo

En algún lugar perdido de la provincia de Buenos Aires en 1983 la democracia llegaba y con ella se asomaba un nuevo cine nacional o mejor dicho el destape del cine argentino que un grupo de púberes adolescentes comenzaba a descubrir. Lo mismo que había sucedido en España tras la caída del régimen franquista ahora le tocaba a la Argentina. Aunque más tarde comprenderíamos que en nada se parecían y lo que en España fue una horda de creatividad acá solo fue una sucesión de situaciones voyeristas que en mucho de los casos no tenían razón de ser. Desnudos innecesarios, escenas de sexo mal filmadas y un par de actrices cuyo presupuesto en vestuario era de cero, se paseaban de película en película de la misma manera que hoy las mediáticas lo hacen de canal en canal.

Volviendo a la época en la que como niños-grandes de un pueblo en el que los cines no existían, y el VHS recién daba sus primeros pasos —siendo de acceso sólo para selectos—, no contábamos con más recursos que ver cine en la televisión. Con un retraso de no menos de tres años el cine argentino llegaba a nuestras vidas a través de “Función Privada”, aquel mítico programa conducido por Carlos Morelli y Rómulo Berruti era nuestro único refugio cinematográfico, de la misma manera que el whisky lo era para esos dos señores que no paraban de adjetivar.

Así llegó a nuestras vidas Sentimientos (Mirta de Liniers a Estambul) de Jorge Coscia y Guillermo Saura, con sus osados, para la época, desnudos y juegos sexuales entre Norberto Díaz y Emilia Mazer; Pasajeros de una pesadilla (Héctor Ayala) y Los chicos de la guerra (Bebe Kamin) con dos escenas casi idénticas: un joven duchándose mientras un plano entero toma su cuerpo desnudo frontalmente. Algo que para ese momento era visto como una provocación más.

Y en el recuerdo arbitrario que viene a las mentes de aquellos adolescentes de antaño que descubrían el cine y el sexo casi al mismo tiempo, no sé puede dejar pasar por alto a Camila, de María Luisa Bemberg, esa trágica historia de amor que nos prohibieron ver sosteniendo “que era fuerte”. Si para nuestros padres ver a Imanol Arias desnudo montado sobre Susú Pecoraro a través de un plano cenital durante algunos segundos era una terrible escena de sexo es porque de sexo no entendían nada o tal vez porque todavía no habían visto esos desastres porno soft como fueron Correccional de mujeres o Las Lobas.

Y entre esas películas prohibidas que a través de “Función Privada” llegaban a nuestras vidas de habitantes pasajeros de una sociedad conservadora, en donde las secuelas de la dictadura habían hecho estragos sobre las mentes de aquellos patriarcas que se creían dueños de nuestras vidas, como no recordar Sostenido en La menor, o la adaptación cinematográfica de Perros de la noche de Enrique Medina que dirigió Teo Kofman. Dos películas que se veían mejor en el recuerdo y a las que el tiempo destruyeron con el envejecimiento.

La añoranza de una época en la que creíamos ser felices y haber descubierto el buen cine nos hace volver a ver Los dueños del silencio, de Carlos Lemos, o Revancha de un amigo, en la que Luisa Kuliok y Ricardo Darín juegan a que hacen el amor bajo la dirección de Santiago Carlos Oves, para así darnos cuenta de cuan equivocados estábamos con respecto al cine y a la felicidad.

Más tarde llegaría Otra historia de amor (Américo Ortiz de Zárate), la película gay ícono de una época, hoy cuestionable desde muchos aspectos, pero sin duda un hito que nos hizo descubrir que el cine también podía contar el amor entre dos seres del mismo sexo. Pero esa ya es otra historia de amor de una función mucho más privada.

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Otra historia de amor (1986) | Américo Ortiz de Zárate

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