A la salida del cine

Funny Game /// Julieta Ledesma

A la salida del cine
Funny Game
Por Julieta Ledesma

Al finalizar la película la plaza quedó desolada. Nadie se atrevió a aplaudir cuando terminó el film. Los jóvenes del centro comunitario que organizan cada sábado la proyección tomaron el micrófono para dar una charla, pero la audiencia rápidamente se retiró sin dar oportunidad a la reflexión. La deserción masiva tenía que ver seguramente con un caso criminal que había sucedido en el pueblo el mes anterior, donde una pareja de turistas de origen austríaco, Paul y Ellen, como los daban a conocer en la crónica policial del diario Panorama, habían sido brutalmente asesinados en un cuarto del hotel Villa Oro que está al costado de la ruta. Hasta el momento no se habían hallado responsables. Se sabía por la magnitud de las mutilaciones encontradas en los cuerpos que seguramente habría más de un autor involucrado.

Lo que no se esclarecía era el motor que llevó a los asesinos a hacer lo que hicieron y del modo despiadado que encararon la ejecución. Intentando dar una explicación se rumoreaba que podría tratarse de un ajuste de cuentas dado que no les habían robado nada de dinero, ni siquiera las valiosas cámaras de fotos con las que venían registrando un largo viaje. Sin embargo, un hecho de esta magnitud en un pueblo que no figura ni en los mapas escolares era un acontecimiento excepcional. Estaba fuera del pensamiento popular que los maleantes sean habitantes de la villa, aunque no existía ningún tipo de prueba que demuestre tal hipótesis. Todo llevaba a pensar que la pareja se estaba refugiando dado que es uno de los lugares menos agraciados para el turismo; no tiene río, ni montaña, solo un monte salvaje que se prolonga en todos los horizontes. Para distraer la tensión de este hecho, al siguiente fin de semana las autoridades locales organizaron rápidamente una gran fiesta en la municipalidad con barra libre. Después de ese gran evento la tragedia había quedado olvidada.

Sin embargo, la película había generado una especie de shock colectivo que espantó a los lugareños de la plaza. Los fantasmas de aquellas muertes renacieron de sus cenizas. Deduje que la intención de la mayoría era volver rápidamente a sus casas para hipnotizarse en un viaje frívolo con esos programas anti-imaginación que abundan en la televisión, y en el mejor de los casos quedarse dormido hasta el otro día con el profundo deseo de que ninguna perturbación relacionada con el film los desvele a medianoche.

Al regreso de la plaza, por una calle que bordea el cementerio, un hombre caminaba a mi lado a paso cansino. No recordaba haberlo visto antes por el pueblo. Adopté su ritmo con el propósito de sentirme acompañada. Me surgió la idea de preguntarle sobre la película. No me animé. El tabú era más fuerte que mi deseo. Las luces de la calle que iluminaban el camino comenzaron a parpadear. En menos de cinco segundos quedamos caminando a oscuras. Sentí miedo. Pensé que el extraño podía darse vuelta y comenzar a golpearme sin ningún motivo, tan sólo por el hecho de divertirse. El hombre se detuvo en la esquina. Mi corazón se detuvo con él. En una milésima de segundo creí que el juego había comenzado. Empecé a rezar en voz baja. El hombre inclinó su cabeza dando un saludo y dobló por una calle de tierra. Tardé unos segundos en reaccionar de aquel estado de parálisis que me había generado mi propia paranoia. El hombre se perdió en la oscuridad. Y yo seguí hasta la otra cuadra donde vivía en aquel tiempo con mis padres.

Por primera vez cerré la puerta con dos vueltas de llave.

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Funny Games (2007) | Michael Haneke

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