Mi primera película

Gracias Boris /// Luisa Irene Ickowicz

Mi primera película
Gracias Boris
Por Luisa Irene Ickowicz

—¿Y dónde está la mamá de ese señor?

—…

—¿Dónde? —insistí yo.

Entonces papá me sentó en su otra pierna porque la derecha se le había adormecido. Me explicó al oído, señalándome el haz de luz que salía del proyector, cómo funcionaban las cosas.

¿Cuándo iba a terminar? Atenta, esperaba que se encendieran nuevamente las luces de neón verde que rodeaban la pantalla del cine Albéniz, en Díaz Vélez y Gascón, a unas cuadras de casa. Era sábado de noche y llevábamos la mejor ropa. Yo contenta con mis zapatos de charol aunque me apretaran un poco.

Viejas películas de terror. Un cambio de programa en la sala de Almagro había sorprendido a mis viejos, que eran tan jóvenes. En la boletería, papá había cruzado una mirada con mamá y los dos se entendieron. Era preferible sortear este momento que la decepción de volver a casa. Mi hermana y yo nos estuvimos preparando toda la tarde para ir al cine. Iba a cumplir tres años y lo más probable era que en un rato me quedase dormida.

Otra vez papá me sentó en su otra pierna. Nervioso hacía girar la alianza en su dedo. De reojo veía a mi hermana arrodillada en su butaca, que se entretenía mirando a la gente de la fila de atrás.

Papá insistió en calmar mi miedo y entendí perfectamente su explicación. Esas cosas horribles no existían de verdad. Eran en blanco y negro y la vida real es en color. Pero en las fotos del zoológico los cuatro también estábamos en blanco y negro y nosotros éramos de verdad. Papá ya no volvió a razonar conmigo.

—¿Por qué no viene el papá a salvarla? ¿Se va a salvar?

Como no me respondió me di cuenta de que él no conocía el final de esta historia y que tampoco la podía cambiar, como cuando yo le pedía que salteara las cosas que no me gustaban del cuento que me contaba. Estaba atrapada, papá no me podía rescatar de este miedo. En el estómago, una piedra y un gusto metálico en la boca.

—No mirés —sugirió mamá.

Pero yo no podía hacerle caso. Las manos del hombre le sacaban poco a poco la tela que le cubría la cara. Sus ojos ocuparon toda la pantalla y su mirada me atravesó. Era una mujer con una gran frente y un peinado extraño. De pronto, abrió su boca y gritó. GRITÓ. Suficiente para mí. Hundí mi cara en el pecho de papá. No podía respirar y la traba de su corbata me apretaba la nariz.

—¿Les duele?

—No, son actores, todo es un invento, él se llama Boris…

La novia de Frankenstein duró una eternidad y se quedó en mí para siempre. Abrazada a papá, le jure a Boris, para mí creador absoluto del cine, que cuando fuera grande y pudiese ir donde quisiera, nunca jamás de los jamases iría a ver una película.

En la calle, de regreso a casa, no volví a jugar el juego que me encantaba. No volví a saltar alrededor de papá, mamá y mi hermana, pisándoles sus sombras mientras subían hacia las paredes, cada vez que pasábamos por un farol.

Antes me asustaban los ruidos, caerme de la hamaca. Ahora el peligro no estaba afuera. Una figura ya no era una figura, una sombra no era sólo una sobra. Al cerrar los ojos, en el silencio, acurrucada en mi cama, yo también, como Boris, podía inventar cosas horribles.

Boris me había iniciado en el espanto. A mi pesar, sabía dar otra vida a lo que ya es, con sólo imaginarlo.

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La novia de Frankenstein (The Bride of Frankenstein, 1935) | James Whale

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