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Aquella película contigo

Guillermo solo /// Víctor Cruz

Aquella película contigo
Guillermo solo
Por Víctor Cruz

¡Qué calor! Mamá está parada en la puerta de casa, con una sonrisa preocupada. Desde el asiento de cuero rojo del Falcon la saludo con un gesto canchero y en un mismo movimiento apoyo el brazo al costado de la puerta, pero la chapa me quema y saco la mano enseguida. Papá sube a las corridas, mi hermano Guillermo deja su lugar entre los dos para sacar medio cuerpo por la ventanilla y saludar a Mamá con una sonrisa gigante. Mamá le devuelve la sonrisa con un gesto exagerado y lo saluda con las dos manos. Guillermo es muy chico, tiene siete años, no sabe de preocupaciones ni responsabilidades. Sólo espero que me haga caso. Nunca hace caso.

Arrancamos. Boedo queda lejos, es la avenida del corso y de los cines. Hacemos una cuadra por Beauchef, doblamos en Valle y seguimos derecho. Papá repasa las indicaciones: él nos va a sacar las entradas y acompañar hasta el acomodador, le va a dar una propina y el acomodador le va a dar un programa, pero esta vez el programa se lo va a quedar Papá y no me lo va a dar a mí. Papá tiene que saber a qué hora nos pasa a buscar.

Cruzamos Avenida La Plata. La calle Valle cambia de nombre, ahora es Estados Unidos. Frenamos. Papá baja al kiosco y compra una cajita de Sugus confitados, no compra maní con chocolate porque con el calor se derrite todo. En el kiosco todo es más barato que en el Cine. No hay que comprar en el cine.

Guillermo agarra los Sugus y quiere comerlos ya. Empezamos mal. Papá le dice que no, que son para la película, no podemos empezar a comerlos hasta que la película este por la mitad. Papá se los saca y me los pasa a mí. Guillermo me mira mal.

Las piernas se me pegan al asiento de cuero. “¿Por qué no vino Mamá?” No me pareció que se sintiera mal. “¿Y por qué Papá insistió tanto en traernos al cine?”

Después de comer en lo de los abuelos me preguntó si me animaba a ir solo con Guillermo, se le veía en la cara que esperaba que le dijera que sí. No es que no me animara, ya tengo nueve años, es que no me lo esperaba. Por supuesto le dije que sí, pero le puse mis condiciones: Guillermo me tenía que hacer caso en todo.

A Guillermo no le gustó, pero tenía tantas ganas de ver a los Parchís que dijo que sí enseguida. Es que todos le dicen que se parece a Tino, el cantante del grupo. Yo no me parezco a ninguno. No me importa.

Llegamos a la puerta del Cuyo, no hay gente en la entrada, el sol rebota en todos los vidrios del cine, no podemos leer los carteles, pero son dos películas en continuado: una vieja Parchís, y la nueva La gran aventura de los Parchís. Papá repite lo que ya nos había dicho: al terminar la segunda película completa debemos salir y esperar en el hall. Bajo ningún motivo debemos salir a la vereda.

Papá saca las entradas, caminamos hacia la sala, el señor del pantalón negro y la camisa gris estira la mano y recibe las entradas, le da a Papá el programa y Papá le da unas monedas. Es el acomodador. Ahora saca una linterna del bolsillo, Papá nos da un beso y espera a que entremos, Guillermo me da la mano y seguimos al acomodador que abre la puerta, pasamos, miro para atrás mientras la puerta se cierra y veo como Papá empieza a caminar hacia la salida.

Sólo se ve la luz de la linterna, el acomodador corre una pesada cortina y se nos aparece Tino bailando sobre un banco del colegio con todos los chicos atrás. Guillermo salta de alegría, es una de las partes que más le gusta. Ya no hace calor. El acomodador nos hace señas con las luces apuntando a una fila con dos butacas vacías, me gustaría estar más adelante pero no me animo a decirle nada y nos sentamos donde nos indica. Yo del lado del pasillo y Guille a mi lado.

Ya está, estamos solos en el cine. Guille no se da cuenta porque únicamente le importan los Parchís, pero yo siento una especie de dolor en la panza, como la vez que me comí diez alfajores de chocolate. No tengo miedo, pero no me acordaba que el cine fuera tan oscuro.

Don Matías, un maestro pelado y de bigotes, les cuenta a los chicos una historia de caballeros y armaduras, los chicos empiezan una guerra de papeles imitando las batallas de los caballeros. Después salen al patio y bailan rock en el recreo.

Guillermo me pide los Sugus, le digo que no, que hay que esperar a la mitad de la película, me dice que la película ya esta en la mitad. ¡Qué vivo! Nosotros entramos en la mitad de la película, así que no vale. Me insiste, en eso aparece la luz de la linterna del acomodador, un señor alto entra con su mujer y dos chicos.

El señor alto se sienta justo delante de Guille, y la señora delante de mí. ¡No podemos ver nada! Guille me dice “¡No veo nada!” y me pide sentarse en mi lugar. Le digo que si yo no veo nada el tampoco va ver nada, pero no me cree. Le cambio el lugar. Tenía razón, tampoco ve nada. “Yo me voy a otro asiento”, me dice. No lo dejo, lo quiero agarrar, pero se me zafa y sale de la fila caminando hacia delante. Lo llamo en voz baja pero no me hace caso, lo sigo unos metros y no lo veo más. “¿Dónde está?” Camino una fila más y miro hacia el costado, hay unos chicos con sus Papás. “¡Guille! ¡Guille!”, la gente me chista para que me calle. “¿Y ahora qué hago?”

Esto no tendría que haber pasado. “¿Por qué nunca me hace caso?” Sigo caminando entre las filas, buscándolo y llamándolo, pero no lo veo. “¿Y ahora qué le digo a Papá y a Mamá? ¿Por qué dije que sí?, si a mí ni siquiera me gustan Los Parchís. ¿Por qué Papá no me dijo qué hacer si pasaba algo así?”

Llego hasta la primera fila, voy volver a subir, tengo que buscar al acomodador, el tiene la linterna, y sino puede prender las luces. O puedo esperar en la puerta, cuando termine la película va a tener que salir.

Justo empieza una canción triste, parece que Don Matías se va a morir y los Parchís están muy tristes. Comienzo a subir hacia la puerta, ahora escucho que me llaman. “¡Víctor! ¡Víctor!”… ¡Ahí está! Lo veo, él también me estaba buscando.

Lo agarro del brazo, primero se asusta y cuando me reconoce casi se larga a llorar. Le chisto para que no lo haga, me abraza muy fuerte.

Ahora no es tan machito. Se refriega los ojos y me agarra muy fuerte con las dos manos. No es que tengamos miedo de seguir caminando en la oscuridad, es que no sabemos dónde sentarnos.

Nos sentamos en el pasillo, abrazados, y aunque no es la mitad de la película saco los Sugus confitados y se los pongo en una mano.

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La gran aventura de los Parchís (1982) | Mario Sábato

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