La película prohibida
Happy endings
Por Sol Freites
Unos cuántos años atrás, a sus inocentes casi 17 años, Ella se radicó un tiempo en el exterior para perfeccionar su idioma inglés. Seguramente una gran excusa para huir de su entonces realidad porteña. Todos los días, a las 9 en punto, acudía al Instituto subida en su bicicleta de alquiler. La estacionaba en la puerta, sin necesidad de encadenarla, y tomaba sus libros del canastito de adelante. Cuando regresaba en la tarde, la bicicleta estaba en el mismo lugar (casi como ahora también).
Se pasaba el día hablando con sus compañeros de curso, todos ellos de los lugares más remotos del mundo: había italianos, franceses, alemanes, algún que otro español, portugueses, colombianos, ecuatorianos y ¡hasta eslovenos! Con ellos intercambiaba costumbres, recetas de comidas y anécdotas de cómo se vivía de este lado del mundo. Solían salir a pasear por el pueblo y generalmente terminaban en Parker’s Piece, el parque más grande de Cambridge. Disfrutaba tanto de esas charlas que muchas veces se demoraba en su regreso a casa (le alquilaban una habitación en casa de familia), y Audrey, su “mamá sustituta” como ellos le llamaban, se enojaba y le propinaba más de un reto. Algo que a veces le valió más de una carcajada, porque hablaba tan rápido que no terminaba de entender qué era lo que le estaba diciendo. Claro, Ella no era consciente de la responsabilidad que esa señora tenía, especialmente todas y cada una de las veces que su verdadera madre la llamaba desde Argentina y no la encontraba y, por supuesto, imaginaba lo peor. Madres, al fin.
Audrey era una mujer interesantísima, muy abierta en sus pensamientos y en sus formas. La anti-inglesa, como Ella le decía, porque entre otras insólitas costumbres, Audrey no tomaba té. Lo odiaba de hecho, sentimiento que Ella compartía, incluso hasta el día de hoy. Solían compartir la novela de la noche, e incluso en los pocos días en que Audrey trabajaba hasta tarde atendiendo la caja registradora de un bar, Ella se la grababa en VHS y la esperaba despierta, excusa perfecta para charlar un poco más mientras veían qué era de la vida de Thomas y Grace, los protagonistas de vaya uno a saber cómo se llamaba esa novela (la memoria juega malas pasadas luego de tanto tiempo transcurrido).
En el boliche local, los miércoles por la tarde eran de los extranjeros, donde pasaban música internacional y más de una vez los argentinos se abrazaban y saltaban cuando aparecía un tema de los Fabulosos Cadillacs o de Los Pericos, material que seguramente algún compatriota le habría facilitado al DJ. Después de todo, no eran tiempos de Internet, ni de YouTube, ni de mp3’s, con suerte algún CD o cassette grabado de alguna radio.
Los jueves, en cambio, eran los días de películas. A Mr. Jones, el profesor de la primera hora de los viernes, le encantaba comenzar la clase con un pequeño debate acerca de la película que habían visto la tarde anterior. Las proyecciones sucedían en una sala bastante grande, con pisos de madera alfombrados parcialmente. Las butacas eran de algo parecido al terciopelo (algo así como plush color azul marino), y todas las butacas tenían adosado un pequeño apoya-cosas en su lado derecho. Claro, no era una sala de cine ni mucho menos, sino un aula devenida sala de proyección, que a veces funcionaba para charlas y seminarios. Bajaban manualmente una pantalla blanca y desde un cañón, proyectaban las películas. Nunca sabían qué verían cada vez, creían que el proyectorista (algún maestro de por ahí) buscaba en el archivo e iba eligiendo según el día y el curso. Mr. Jones, en cambio, era un asiduo cinéfilo, y hasta se conjeturaba que el archivo era suyo. Vaya uno a saber.
Para ese entonces, Ella no tenía ni la más remota idea acerca del buen cine, y disfrutaba de ver a Julia Roberts y Richard Gere, o a cualquier otra parejita que la convenciera, comedia romántica de por medio, que el “happy ending” funcionaba para todos, siempre.
Un miércoles, Ella fue a bailar con sus compañeros de curso y se divirtieron muchísimo. Tan contenta y ciega de emoción estaba que no había reparado en que el Esloveno la buscaba con la mirada. El Esloveno era un chico cuatro años más grande (21, todo un adulto para Ella), alto, esbelto (jugaba al vóley) y con un remolino en la cabeza muy simpático. Comenzó a sonar un tema lento y el Esloveno no lo dudó, y la sacó a bailar. Desde ese día, comenzaron a pasar más tiempo juntos, las salidas vespertinas grupales fueron reemplazadas por tardes enteras de a dos, tirados en el parque.
Los jueves se “guardaban un lugar al lado” en el aula-sala de cine, y aprovechaban el apoya-cosas para tomarse de la mano por debajo sin que nadie los viera. Eran tiempos de inocencia, donde darse un beso era todo.
Ella comenzó a perderse episodios de la novela, y Audrey a preocuparse. ¡Qué le diría a su madre! Así y todo, cuestionario de por medio acerca del joven, dejó de retarla y hasta le permitía quedarse unas horas luego de la cena en el jardín del frente de la casa. Le repetía hasta el cansancio que disfrutara pero que se cuidara, y siempre con la condición de que se acostara a las 11pm y con la tarea hecha.
Así transcurrieron algunas semanas hasta que el último jueves de películas llegó. El Esloveno, que era un muy buen alumno y jamás faltaba a clases, estaba muy entusiasmado porque ya sabía qué película verían, y aparentemente a él, que ya la había visto, le encantaba la idea de volver a verla y compartirla con Ella. Ese día no comieron en la cafetería del Instituto, prefirieron comprarse unos sándwiches y sentarse en la plaza. Ella casi no comió, aducía que sentía dolor de panza por algo que aparentemente le había caído mal. No fue un problema para el Esloveno, que terminó comiendo por los dos. El Esloveno le contó de qué se trataba la película, quién actuaba, y unas cuántas razones más por las cuales le encantaba verla. Ella lo escuchó, paciente, esperó que terminara de comer, y se quedó pensativa. El Esloveno la levantó de un salto, la tomó de la mano y la llevo al Instituto. Cuando hubieron llegado a la puerta, Ella le pidió que no entraran, total él ya la había visto, y su dolor de panza se agudizaba. El Esloveno se negó, porque además, qué pasaría cuando Mr. Jones le preguntara al día siguiente… no era apropiado no hacer la tarea. A Ella no podía importarle menos la película y Mr. Jones, pero en su afán de pasar juntos el tiempito que les quedaba, entró. Y se quedó completamente dormida luego de los títulos iniciales. Cada tanto abría los ojos cuando él la codeaba, pero no había caso, no había forma de que pudiera verla.
Ese viernes por la mañana, Mr. Jones efectivamente comenzó la clase con el debate acerca de la película. Cuando le tocó el turno a Ella no pudo participar, explicando que no había podido verla porque se había sentido mal. Tampoco escuchó de qué se trataba, ni quién actuaba, ni mucho menos por qué le había gustado tanto la película al Esloveno quien, paradójicamente, no había ido a clases ese día. Aparentemente no se sentía bien de salud. “Deben haber sido los suculentos sándwiches del mediodía”, pensó Ella.
Ese mediodía, Ella corrió a devolver su bicicleta al local de alquiler, porque debía abordar un micro que la llevaría a Londres, a tomarse el vuelo de regreso a Argentina. El Esloveno fue a despedirla, y lo primero que le dijo fue que estaba muy ofuscado por no haber podido asistir al debate sobre su película. Ella le respondió que no habían podido hacerlo lamentablemente, por alguna excusa tonta que se le ocurrió a último momento. Solo rogaba que el Esloveno no le preguntara más acerca de la película, porque no tenía ni idea de qué había visto, en teoría.
Se despidieron, el Esloveno con una sonrisa y una promesa de escribirle postales desde donde estuviera (no eran épocas de mails ni teléfonos celulares). Ella hizo lo que pudo, y se marchó de regreso a su vida porteña.
Actualmente vivo en las montañas, y paso mucho tiempo leyendo y viendo películas. Hace poco, me topé con Pulp Fiction, película obligada para los amantes del buen cine, y especialmente para quienes vivimos de hacerlo. Nunca la había visto, así que decidí saldar mi deuda pendiente. Llegó la escena en que John Travolta inyecta en el corazón a Uma Thurman, lo que me impresionó mucho al punto de taparme los ojos y dedicarme a sólo escuchar por un ratito. Y en ese momento, cuando me abstraje por unos minutos, me topé con cierta familiaridad en las imágenes y recordé que sí había visto algunos fragmentos. Claro, seguramente los había visto entre dormida, y supongo que vedándola por muchos años después. Muchos. Y así, casi sin querer, descubro que quizás ya haya dejado de ser una película prohibida para mí. Y la volví a ver entera, con una sonrisa esta vez, como las de los “happy endings”, finalmente.
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Pulp Fiction (1994) | Quentin Tarantino