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A la salida del cine

Helado caliente /// Marcela Gamberini

A la salida del cine
Helado caliente
Por Marcela Gamberini

Todo está cifrado en el comienzo. Ahí, en esos años iniciales. Ideogramas enronquecidos en el origen. Los ojos de niña, un padre, un cine. Un pantalón de “piel de durazno” rosado; una campera azul de colegio de un talle menos; los rulos despeinados despegados del peine inclaudicable de mamá y las manos blancas de frío. Esas manos copiadas de la forma de las tuyas, de las del padre. Un invierno cualquiera, las manos en los bolsillos, un domingo a la tarde, un cine “Los Ángeles” o tal vez algún otro. La memoria se empasta con los años, se entumece y queda como un helado derretido o una masita a medio comer. Y ponemos a prueba la máquina falible de la memoria que como un río lleva y trae pedacitos pequeños de fotos viejas, esas que cortamos con tijera o con la mano, esas que reveo y están desteñidas, manoseadas.

Dentro de la sala, Bambi —¿o era Nemo?— pierde a su mamá y ya nada importa. La mirada de niña ahora se moja, aprieta fuerte la mano, esa mano, la mano de su padre. La angustia y el miedo, ese monstruito triste de Bambi–Nemo ha perdido sus afectos y lo que sí importa es que esa niña siente, por primera vez en la vida, el desconsuelo, la melancolía, la tristeza, una soledad inmensa. Estamos todos solos, en la sala de cine, en la calle, en la casa. Todos solos, solos de toda soledad, como Bambis en el medio de la calle Corrientes, o en el medio de esa montaña que veo ahora cubierta de nieve o tal vez en el fondo del mar, allí en lo más profundamente superficial. Todos solos. Adentro del cine, en la pantalla o afuera. Como papá. Como la niña. Como el llanto. Como los relatos de infancia. Como las películas.

Ahora, en este ahora impreciso y cambiante, mientras escribo, la pantalla de cine se ennegrece aún más en la memoria. Todo termina. Los finales son como despedidas en el andén de un tren que pasa tan rápido que apenas podemos respirar. Los ojos se desperezan de la luz y se fijan en papá. Al fin y al cabo, está ahí, con sus anteojos de Godard y su semisonrisa. Su pantalón gris de corderoy y su campera negra y esa horrible bufanda a cuadros. Su mano tomando la mía. Y Bambi–Nemo siguen perdidos, buscando a su mamá, tratando de recuperar su infancia, intentando caminar solo, que de eso se trata. Desprenderse, dejar ir, confirmar la impotencia del gesto, la rabia que se cuela en el rabillo del ojo, en el entrecejo; celebrar la llegada del deseo, la impaciencia, el reflejo del sol que derrite tanta nieve–Bambi, tanta agua–Nemo. Finalmente, todo lo sólido se derrite, se desvanece, en el agua, en la memoria, en el cine. Aquel recuerdo se mete en una grieta entre las piedras y entonces crece de a poco, inevitablemente y deviene en otra cosa, en una planta, en una película, en un deseo, en una palabra. Cuando se dispara la cámara, cuando se abren los ojos, la vida desaparece, se escamotea y se esconde en los resquicios, en cada foto, en cada imagen de Bambi, en cada lavado recuerdo; hay un presente y un pasado, un futuro y un manojo de expectativas.

Los finales son como adioses furiosos en una tarde de tormenta en la montaña, son como un Bambi enceguecido de dolor y de rabia. Los finales, los de la infancia, los de las películas, los de la vida son como helados calientes —ese helado caliente que tomábamos en la confitería “El reloj”, con vos, con el Padre, a la salida del cine— ese helado que de tan caliente se derrite en la memoria.

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Bambi (1942) | James Algar, Samuel Armstrong y David Hand

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