Mi primera película
Helios y Nosotros
Por Raúl Horacio Campodónico
Las imágenes se desplazan vertiginosamente en el océano de la memoria. Del sonido evocado emergen burbujeantes carcajadas que tratan de corresponderse con escenas todavía borrosas. La pantalla recrea un apoteótico partido de básquet, donde los jugadores pegan saltos descomunales y el personaje interpretado por Fred Mac Murray encarna una especie de sabio delirante en versión Disney. Quizás algunos de ustedes la recuerden: se trata de El profesor distraído (The Absent–Minded Professor, Robert Stevenson, 1960). El griterío y la felicidad que reina en la sala desbordan los altos techos de ese viejo cine de barrio abarrotado de gente. Junto con unos amiguitos (todos acompañados por nuestras madres) arribamos sobre la hora al inicio de la función “matinée”, lo que conllevó que tuviéramos que sentarnos en las primeras filas, para ser allí tomados por asalto por las desbordantes imágenes que por primera vez veíamos sobre esa enorme pantalla. Tras el intervalo, el programa se completó con la exhibición de El libro de la selva (The Jungle Book, Wolfgang Reitherman, 1967), otra de la factoría Disney, en la que mi recuerdo quedó instalado en esa brillante secuencia cómico–musical donde el oso Baloo se disfraza de mona danzarina para rescatar a Mowgli del dominio del Rey Louis y sus secuaces.
El cine se llamaba Helios y estaba ubicado en El Palomar (Pcia. de Buenos Aires). En los años ‘80 padeció un incendio, fue reconstruido y reabierto algunos años más tarde, para finalmente caer vencido bajo las garras de la televisión por cable. Como a muchos habrá podido sucederle, gran parte del tránsito, goce y egreso de la infancia han quedado en mí asociados con las experiencias vivenciadas en el cine. Ese doble programa Disney configura la evocación más lejana que puedo recuperar de aquella sala, siempre impregnada de un inconfundible olor a humedad desplegado en la colosal espacialidad que arropaba nuestra fantasía.
Un par de años más tarde, otra nueva travesía por la sala marcará para siempre un flanco importante de mi implicación afectiva con el cine. Hacia fines de los años ´60, el Canal 11 de televisión había iniciado los lunes por la noche un ciclo titulado “Cine Fantástico”, donde semana a semana se emitían los clásicos de terror producidos por los estudios Universal, con Bela Lugosi y Boris Karloff participando en casi todos los títulos programados. La asistencia familiar al visionado del ciclo era infaltable. El referido cine Helios quedaba ubicado en el centro comercial de mi barrio, razón por la cual cada vez que concurríamos los fines de semana a hacer las compras, inevitablemente encontraba alguna excusa para acudir a la marquesina de la sala e informarme sobre la programación de la semana. Vale la pena aclarar que la cartelera del Cine Helios se componía semanalmente de dos programaciones dobles. Una que se exhibía de jueves a martes (compuesta de un título de estreno reciente más otro de complemento) y otra conformada solamente con reposiciones, que sólo se exhibía un día a la semana, los miércoles. Fue así que, en una oportunidad, al acercarme a los afiches exhibidos en la sala, leo que para el siguiente miércoles se anunciaban Los buitres tienen hambre (Two mules for Sister Sara, Don Siegel, 1970) y Las novias de Drácula (The Brides of Dracula, Terence Fisher, 1960). ¡De terror, en colores y más nueva que las del Canal 11!
Mi padre me llevó esa noche. Todo era diferente. La sala estaba repleta de jóvenes y adultos. Durante la proyección, además de las risotadas lanzadas por los espectadores, se escuchaban en la sala diversos comentarios en voz alta e interpelaciones a la pantalla (habitualmente dirigidos hacia las protagonistas de ambos filmes). Las imágenes en nada se correspondían con las habituales películas emitidas por TV. Ni el western ni la de vampiros. La prostituta disfrazada de monjita interpretada por Shirley Mac Laine era tan atractiva como seductora. Ni hablar de las pupilas del vampiro, transitando la noche a medio vestir con inusitado desenfreno. De allí en más, me dediqué a buscar en las carteleras cinematográficas de los diarios todo título de película que sugiriese pertenencia al género de terror, y que figurase interpretado por un tal Peter Cushing, principal actor del film británico. Fue así que hallé al cine Gran Devoto, una piojera de mala muerte que tenía la particularidad (lo comprobé en más de una ocasión) de exhibir durante el día todos títulos de terror y suspenso diferentes. Iniciaba la función a las 12.00 hs. del mediodía y culminaba con la última de la noche casi sin repetir títulos. Mi abuela Teresa fue la encargada de llevarme a las peregrinaciones hasta el barrio de Devoto, donde se ubicaba ese palacio del cine fantástico. Allí nos empachamos a gusto con los más diversos filmes producidos por la productora Hammer, acompañados por cuanto film bizarro se les pueda ocurrir. Mi abuela se reía mucho y me decía “¡Si nos viera tu madre!”. Lo más gracioso era el ritual de ingreso a la sala. El dueño del cine (que también hacía de boletero y acomodador), preguntaba a todos los concurrentes que solicitaban su entrada en la ventanilla “¿Sos mayor?”, y la clientela (casi todos menores de edad) respondía con seguridad y aplomo “¡Sí!”, ante lo cual este buen hombre cortaba la entrada y nos la entregaba, para luego recibirla nuevamente e indicarnos de modo clandestino: “Si vienen los inspectores, Uds. se meten en el baño”. Nunca vinieron. Similares anécdotas sucedieron en el viejo cine Bristol de Mar del Plata, memorable piojera veraniega en la que pude ver —junto a mi tía Nelly— todo tipo de películas.
Otro par de años más tarde tuvo lugar una nueva función emblemática en el Helios. Sin embargo, ya no eran películas de terror, aunque nuevamente se trató de una asistencia nocturna junto a mi padre. El programa se componía de Sacco y Vanzetti (Giuliano Montaldo, 1971), acompañada de El cura casado (Il prete sposato, Marco Vicario, 1971). Mi madre estaba preocupada por las posibles escenas inconvenientes para menores de este último título, interpretado por Rossana Podestá y Lando Buzzanca. Mi padre argumentaba que el visionado del primer film justificaba al segundo. La copia exhibida no mostraba ninguna de las bondades de la Podestá (los saltos en el metraje se notaban de modo muy brusco, algo tan grosero como los improperios vociferados por diversos espectadores). El film dirigido por Montaldo desencadenó en mí toda la reverberancia interna que puede desplegar un título de ese calibre en un chico de 10 años. Aún hoy sigo recordando las estrofas de la canción compuesta por Joan Baez.
Miles de kilómetros de celuloide han transcurrido en mí desde aquellos días a la fecha. Cuántas escenas o voces de personajes han quedado inscritas en nosotros, dialogando entre ellas o recordándonos su presencia en las circunstancias más disímiles. Cuántos segmentos de filmes tatuados en nuestro interior, arrastrando irrecuperables momentos de nuestras vidas… El tiempo ha pasado y uno ha elegido involucrarse profesionalmente con el cine desde la docencia. Aún así, difícil es desentenderse de aquel volcán de emociones del que ya, inevitablemente, la razón y la reflexión nos han desterrado en parte.
A comienzos del 2010, junto a Cecilia (mi compañera), llevamos a Fabrizio (nuestro amado hijito) a su primera función, con apenas dos añitos recién cumplidos. El sitio fue la ciudad balnearia de San Clemente del Tuyú. La sala, el “Atlantic”, estaba casi desierta e impregnada de ese inconfundible olor a humedad. El film del debut fue Planeta 51 (2009), una película de animación que pasa revista en clave paródica al habitual corpus genérico de la ciencia–ficción. Durante los primeros minutos, las dimensiones de la pantalla y los estruendos del comienzo del film impresionaron a Fabrizio. A partir de allí, progresivamente fue acomodándose a la nueva situación, para iniciar la experiencia de un momento pleno de risas y emociones. El reflejo de la pantalla sobre su rostro, los ojos desbordados por las peripecias de los personajes y la boca abierta en un hermoso gesto de asombro y alegría. DE ALEGRÍA.
//////////////////////
El profesor distraído (The Absent–Minded Professor, 1960) | Robert Stevenson

























