La película prohibida
Hondo
Por Cecilia Brück
“Imagíname: No puedo existir si no me imaginas.”
Lolita. Vladimir Nabokov.
Sé dónde encontré Lolita. En una vieja biblioteca en la habitación del fondo de la casa de mis padres. Catorce años y un puñado gigante de dudas. Lolita se asomaba con su portada rosa y sus anteojos gritando deseo.
Leo con los ojos muy abiertos, acariciando los párrafos turbios. Anhelando la sensación de estar ocupando un recinto prohibido, alejado del peso de la rutina, donde el amor y la belleza resplandecen, donde el descubrir del amor y la obsesión se vuelven presentes.
Ciertos relatos de ficción tienen alguna cualidad, un poder, una magia con la que pueden movilizar, atrapar, atravesar. Atravesar sí, pero no como una suave brisa, como un leve movimiento ralentizado. Sino como una daga, fuerte y precisa, sangrienta y definitiva.
Aquella aventura de Humbert Humbert, y su Lolita, un hombre culto que de pronto se siente perturbado por un amor avasallante y decide ceder, ceder ante todo lo que alguna vez fue, para convertirse de una vez y para siempre, en lo que en realidad es. Por el amor de su nínfula, Lo-li-ta, “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.”
Este amor disfrazado en desgarradora obsesión, punzante y manipuladora. Obsesión fatalista, que sólo lleva a nuestro enamorado a vivir la peor de sus pesadillas: el sueño rosa (como la portada del libro) dónde floreció su amor, fue sólo eso, un sueño. La vida y la realidad los separan, dejando que únicamente en el final puedan volver a encontrarse. Pero ya nada queda en Lolita, Humbert sufre el espantoso rechazo de su único ser amado. Este amor, decía, me atravesó el corazón. La esperanza eterna por el amor imposible, por el amor que nunca sobrevivió.
Tantos años después, supe que no debía ver el film de Adrian Lyne. Esa era para mí, una película prohibida. Las garras del amor perdido, el corazón hecho pedazos de mi protagonista, todavía me atormentaban. Pero hay algo que de pronto ocurre en los seres humanos, esa fascinación por el deseo que produce malestar, esa pasión por mirar, aun sabiendo que el destino final muy posiblemente será el dolor.
Jeremy Irons y Dominique Swain dieron vida a mis personajes. Durante poco más de dos horas volví a ver ese amor consumido, obsesivo, condenado. La pasión de Humbert Humbert al mirar a Lolita me atravesaba. El amor y la furia, las dos caras de los protagonistas. Las dos caras de un mismo movimiento. Simple, conciso, definitivo. ¿Cómo se puede observar a un personaje que lentamente muere de amor, siendo expectante, pasivo, sin sentir ese horrible sufrimiento al igual que él? Mi condena como espectadora, mi profunda tristeza y mi dolor. Dolor por ese amor perdido, otra vez…
Los amores virginales, los que de alguna manera representan una primera vez, son aquellos que también conllevan el enamorarse simultáneamente, de una manera frenética, impúdica, agonizante. Tantos relatos audiovisuales nos presentan este tipo de amor en sus variadas versiones. Años han pasado desde mi dolorosa experiencia con la película Lolita. Cientos de relatos de amor han transitado mi espacio. Y entonces siento que puedo soportar el amor, que puedo transitar el dolor, aceptándolo y abrazándolo. Pero de pronto, algo sucede.
Un nuevo relato se cruza en mi camino. Sin buscarlo, sin siquiera saber, en un comienzo, de qué se trata. Simplemente aparece. Amor virginal. Nuevamente nos encontramos. Un amor que no sabe de edades, que no sabe de géneros. Un amor joven, aunque uno de los dos sea bastante mayor. Dos hombres enamorados por primera vez.
Transito con ellos tantos momentos de sus vidas, su primera mirada, su primer encuentro, su primer latido. A diferencia de Lolita, este amor es eternamente correspondido. No hay palabras, pero sí silencios. De esos que gritan tantas cosas que enmudecen. Los dos lo saben, pero no pueden decirlo. Pueden mirarse y pueden amarse, en silencio.
La maravilla del amor, tan genuinamente representada en estos dos personajes. La maravilla de la ficción que muy pocas veces sucede. La magia hecha fuego en cada palabra, en cada mirada. Y es entonces cuando el amor se vuelve pasión y ya no pueden permanecer inmóviles. Y avanzan y yo avanzo con ellos. Van contra todo y contra todos, derriban barreras, construyen espacios.
El mundo en su contra y yo, a su merced.
El mundo los persigue, los castiga, y yo, a su merced.
El mundo los arrincona, los deja sin aire, y yo, a su merced.
Pero en este relato, la maldad (interna y externa) avanza sin perdón y la fatalidad, sucede. Uno de los amantes es arrancado para siempre de los brazos del otro. Y el dolor infinito, eterno, se apodera de la trama, y de mí, otra vez. La nostalgia por el paraíso perdido, la melancolía por un amor, para mi tan real, que ya no se materializa.
Los personajes de este relato fueron mi compañía, y yo, la de ellos. La enorme empatía y transferencia generada hacia ambos me llevan a poder pensar y sentir solo una cosa: al imaginarlos, ambos existen. Si ese amor es arrancado, me lo están arrebatando a mí también. Si ese lazo de construcción eterna e invisible se rompe, algo también se rompe para mí. Vuelvo a quedar entonces, como tanto tiempo atrás, en un espacio de vacío, atrapada, movilizada, atravesada. Vuelvo a quedar a merced del dolor. El dolor de los personajes, un dolor tan enorme, tan hondo, en mí.
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Lolita (1997) | Adrian Lyne

























