La película prohibida
Hotel, dulce hotel
Por Pablo Acosta Larroca
«Porque entre todas las bellezas fui sensible a la suya».
El amor después del mediodía (L’Amour, l’Après-midi, Éric Rohmer, 1972)
Le encantaba sentir el olor a sexo impregnado en su rostro. Una sensación de bienestar que recorría su cuerpo y lo atravesaba con la satisfacción de haber vivido un amor intenso, apasionado, transpirado. El aroma perfecto, mezcla justa entre el profundo manantial del templo femenino y el agua purificadora que había discurrido por su rostro antes de retirarse. Y mientras esa embriaguez se apoderaba de él, las imágenes recientes lo asaltaban como manchas impresionistas, recuperando la sensación temporal —y física— al sucederse esos disparos fotográficos en sintonía con los golpes del subte al andar sobre las vías. Se restauraba la película erótica reciente, se proyectaba sobre la textura de la memoria y su virilidad volvía a ponerse de pie. En ese momento comenzaban a integrarse también las imágenes del presente, y la mujer que lo había maravillado en su alcoba hacía apenas media hora se multiplicaba manifestándose y fusionándose en los rostros femeninos que él seleccionaba de entre las pasajeras más diversas, todas de belleza única. “Un destino previo pero incierto renueva siempre la expectativa por el rostro soñado, nuevo, desconocido”, se decía para sí recuperando las palabras de Beigbeder.
«Asa Nisi Masa». Amaba ese juego, que repetía para sí como en la historia de Guido, aquel ragazzo del sombrero de alas, de la mirada enmascarada a través de los lentes, y el látigo danzante al son de las Valquirias. Por supuesto que toda esta experiencia acontecía en la más absoluta reserva, como un placer privado e imperceptible para el resto de los pasajeros. Al menos eso creía él, hasta que se encontraba de frente con los ojos de alguna joven que lo miraba como explorándolo, escrutando en su interior. Entonces él se sentía descubierto, pero al mismo tiempo, atraído, instantáneamente dispuesto a redoblar la apuesta. Entonces se lo planteaba decididamente: “Si se queda mirándome, ¡vamos! Si se baja en la próxima estación… ¡vamos también!”. Esa era la actitud a la que se entregaba, la sutil y complementaria disposición emocional encabalgada entre Siempre es hoy y Ahí vamos, los gritos de guerra que tomaba del ángel eléctrico que velaba por él en la ciudad de la furia.
Entonces bajó y la siguió, pero esa sería otra historia, la de Ahora es nunca, porque al subir por la escalera mecánica, salió a la calle, esquivó presurosamente a los peatones que se disponían adelante obturando su visión, dio vuelta la esquina y ya no pudo seguirla, porque en el café de enfrente, sentada a la mesa que daba al gran ventanal donde se reflejaban los transeúntes, el tránsito y las luces del atardecer de la ciudad, estaba ella, aquella chica del corazón roto, envuelta con su natural misterio, leyendo una novela mientras comía una porción de torta de arándanos, su favorita. Se quedó suspendido, contemplando la profundidad de sus ojos, la delgadez de su cuerpo, sus movimientos suaves y delicados, aquellos mismos que hacían de su cópula algo único, como un empalme amoroso perfecto, como él recordaba. De pronto, todas las caras se desdibujaban ante ella y él no sabía cómo abordarla.
Lo asaltaron entonces las palabras de Machado, las mismas que ella leía en ese momento, sin que ambos supieran de la coincidencia:
[…] Se diría que estuvo arraigada en mi corazón toda la vida. Porque esto tiene el enamorarse de una mujer: que nos parece haberla querido siempre. ¿Cómo te explicas tú esto? Yo me lo explico pensando que el amor, no sólo influye en nuestro presente y en nuestro porvenir, sino que también revuelve y modifica nuestro pasado. ¿O será que, acaso, tú y yo nos hayamos querido en otra vida? Entonces, cuando nos vimos, no hicimos sino recordarnos […]
Exterior. Calle. Noche.
Él para un taxi. Una búsqueda pasiva pero intensa en ensueño y fantasía comienza a proyectarse a través del marco de la ventana en movimiento. Habían convenido en encontrarse en el cine, directamente en la oscuridad de la sala, para que nadie supiera de ellos. Una vez que el grueso de los espectadores hubiera ingresado, simplemente debería esperar que llegara a su celular la confirmación de la fila y el asiento para allegarse hasta ella. Era la tercera proyección de la película, que el sábado por la noche había tenido su primera en el Auditórium, a la que él por supuesto había asistido. Pero la idea de transitarla junto a ella simplemente lo conmocionaba.
Arribó entonces a la esquina de Córdoba y Peatonal San Martín cuando claramente ya habían otorgado sala. Se detuvo por unos instantes a contemplar el frente luminoso de la marquesina y el cartel del legendario Cine Ambassador, genuino templo cinéfilo marplatense que siempre lo emocionaba. Una vida en cine había transitado allí y la memoria disparaba historias noctámbulas, de butacas rojas y rostros hermosos iluminados por la latencia de su gran pantalla. La suspensión se vio interrumpida por la confirmación que llegaba a su móvil. Decidido entonces atravesó las puertas vidriadas y luego el hall flanqueado por las escaleras que conducen al resto de las salas. Echó un vistazo a la boletería que se encontraba solitaria y sintió el olor a limón que desde siempre aromatizaba los baños del lugar. Llegó a la altura del ingreso a la sala principal y al no encontrar a nadie corrió las pesadas cortinas de paño rojo y optó por la entrada de la izquierda —como siempre— e inmediatamente lo invadieron los sonidos de los adelantos y una vez más experimentó el placer de divisar las almas que poblaban el lugar y que en la oscuridad escrutaban su presencia tras su andar. Reconoció a algunas de este y otros viajes, pero no por eso se sintió intimado: lo que realmente lo excitaba era el ocultamiento de su encuentro prohibido y esa pulsión de deseo que luchaba por salir de su interior y sumergirse en el interior de ella.
Llegó a la fila y reconoció una ubicación perfecta entre la distancia de la pantalla y la cercanía de sus cuerpos, que protegía su intimidad en un paraje solitario de cuerina roja, paradójicamente en medio de toda una región poblada de miradas. Allí estaba ella, la chica con ojos de ayer, que lo recibió en silencio, aunque él sintió que un hervidero de palabras se expresaban a través del lenguaje universal de su pecho, ese idioma del deseo que siempre traiciona al cuerpo, que no deja esconder nada, al menos para los que sienten con verdad.
Corre película. Silencio sonoro y sobre fondo rojo sobreimprime el título: 花样年华. Murmullo, un movimiento lateral sobre las paredes con portarretratos y la chica del corazón roto que abre la puerta. Cuánta galantería de la atracción se activó cuando sus ánimas se encontraron, todo el universo contenido en un apoyabrazos, nexo entre la piel de él y la piel de ella que al rozarse lo sorteaban disponiendo el juego de no darse cuenta. Pero la mínima aproximación de una terminación nerviosa revolvía las partículas y el arco de calor evidenciaba la implosión desatada. Resistían en la oscuridad todo lo que podían, pero con cada segundo que resistían se acercaban más al encuentro inexorable.
— “Me pregunto cómo empezó todo”, sugirió la voz desde la pantalla.
Él la miró de reojo. Sus labios. Su cuello. El sonido entrecortado de su respiración. El perfume de su dermis. Todo un cuerpo lunar escondido debajo de la tela delgada de su segunda piel. Excitación. El ambiente enrarecido y erotizado recortando sus butacas del universo. Con un pequeño movimiento ella dejó caer su brazo, apoyó el pie más distante en su butaca, dejó caer la campera sobre su falda, y sin sacar su vista de la pantalla hurgó en los pensamientos de él, quién reconoció la escena de la invitación. Simplemente debía moverse con delicadeza para mantener el carácter de su sensualidad, pero con decisión hasta llegar al punto adecuado.
— “Los sentimientos pueden crecer así, nada más. Pensé que tenía el control…”, una vez más la voz desde la pantalla.
Y la mano de él correspondió a la invitación debajo de la falda de ella. Y un torbellino de ideas la asaltaron producto de las chispas contenidas en su entrepierna. Y desde ese momento una conexión replicó en el interior de ambos, como si pudieran escuchar el impulso sanguíneo y compartir la imaginación de los sueños, una dimensión que une las vidas paralelas en virtud de la imagen proyectada entre dos. Y entonces el éxtasis de ella se ramificó atravesando el cuerpo de él, perdiéndose en el tiempo y en el espacio, cautivando el latir de su ser.
— “Quizás, quizás, quizás…”
Exterior. Calle. Noche.
Un vino de apuro en el bar de la avenida, bebido como elixir directamente del pico. Los sentidos entregados al placer. Un beso que no sabe de tropiezos y borrachera mientras cruzan la plaza. Al llegar al umbral del hotel, las manos de él se deslizan por la retaguardia de ella quien se entrega a lo que ya es imposible de evitar. Cabellos húmedos pegados en su nuca y besos que matan mientras suben las escaleras hasta llegar al 2046, el cuarto del hotel. Siguiendo al instinto todo se animaliza con elegancia. Los cuerpos se centrifugan y la virilidad de él se funde en un abrazo que ya no sabe de formas. Roce y tacto en desnudez. Perfume femenino, gusto único e irrepetible. Senos. Un pequeño lunar. Pubis. Zigzag frenético. Se contraen los muslos de la joven mujer en las manos de él. Ella quiebra su cuerpo y sus manos se aferran a la cabellera de su amante. Sus ojos. Los ojos de él. La mirada de ambos. Esa mirada. Los ojos de la femme giran en sus esferas y sus párpados se aprietan. Su boca entreabierta y a contraluz dejando escapar todo su ser en una exhalación de vida…
Le encantaba sentir el olor a sexo impregnado en su rostro. Una sensación de bienestar que recorría su cuerpo y lo atravesaba con la satisfacción de haber vivido un amor intenso, apasionado, transpirado…
“Todo el que va al 2046 tiene la misma intención, quiere recuperar recuerdos perdidos, debido a que en el 2046 las cosas nunca cambian. Pero, no se sabe si eso es cierto o no, porque nadie jamás ha regresado […] Tal vez un día escapes de tu pasado. Si lo haces, búscame.”
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In the Mood for Love (Fa yeung nin wah, 2000) | Wong Kar-Wai
2046 (2004) | Wong Kar-Wai