La película prohibida

I hope you don’t mind… /// Fabio Villalba

La película prohibida
I hope you don’t mind…
(*)
Por Fabio Villalba

(*) Elton John, “Your song”.

“El mundo es de los que se atreven”. Recordaba una y otra vez las palabras del viejo profesor para (auto)justificar(se) lo que estaba por hacer.

Durante mucho tiempo estuvo en desacuerdo con esa frase. Rechazaba cierto lugar de permisividad a lo “ilegal” que la frase contemplaba (o al menos el uso que ellos le daban contemplaba ese lugar). Aunque quizás la verdadera razón era que él nunca fue de los que se atreven. Pero ahora se estaba atreviendo, y por eso necesitaba repetir aquel mantra en su cabeza.

Ella llegó tarde al encuentro, como era habitual. En algún punto todo aquello comenzó con una llegada tarde, la de aquella noche en el bar, cuando él confirmó para sí una certera distancia mientras que sus amigos juraban una posible cercanía. Eso también era habitual. Decidió confiar en la opinión de sus amigos simulando resignación, cuando en realidad moría de ganas por que ellos tuvieran razón. Pero claro, de la boca para afuera “ya está”, “ya fue”, aun cuando nada había sido para él.

Estaba sentado escribiendo los lineamientos para un cuento cuando ella llegó al café. Lo saludó y al sentarse le sonrió, con esa sonrisa que lo hacía temblar. El rostro se le iluminó, trató de permanecer impasible, pero no pudo. Si se hubiera podido ver, seguramente habría pensado alguna de esas cursilerías tan propias de él, algo así como “en realidad mi rostro no se ilumina, sino que es el pálido reflejo de la luz que ella emana”. Ella era la película y él el espectador. Ella, inabarcable, imposible de asir o de definir (como el sentido, como toda mujer amada) era la película prohibida, aquella que nos pone nerviosos, que hace sudar nuestras manos, que tensiona todos nuestros músculos para que estén listos para actuar ante la posibilidad de ser descubiertos.

Él miraba embobado esa pantalla, que no era 4:3 ni 16:9 pero que sin lugar a dudas cumplía con toda divina proporción; donde cada imagen y sonido se articulaban de manera orgánica y eran puros constructores de belleza. Y donde cada elemento de esa puesta precisa y preciosa daba pie a reconstruir un fuera de campo más hermoso aún.

Tenía que contenerse. No sólo porque él no es de los que se atreven (que algo de eso hay), ni tampoco por la lejanía emocional que percibió en el bar, sino porque aún debía cumplir con ciertas obligaciones que lo vinculaban a ella, en tanto el profesor y ella estudiante. Todavía debía mantener cierto lugar y este corrimiento de los márgenes no lo habilitaba —según él— a eliminar todo límite.

Es que todavía debían ver la película que los unía, la otra película prohibida, un cortometraje realizado por ella en calidad de trabajo práctico. Su visionado fue lo que se dice un trámite. Es que ahora que “funcionaba”, aquella película ya no tenía sentido para él, o al menos su único sentido fue ser motivo de encuentro entre ellos. El puente que los conectaba. La chance que él tenía que celebrar.

Se alegró porque ya podía volver a la otra película con tranquilidad. Bueno, no era tan así, ya que ella continuaba siendo la película prohibida. Sin embargo, estaba a un paso de dejar de serlo. ¿Y qué haría él entonces? Aún no lo sabía. Lo único que sabía es que él no es de los que se atreven… Pero ahora se estaba atreviendo, y por eso necesitaba repetir aquel mantra en su cabeza.

A Antonella

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