A la salida del cine
Instrucciones para salir del cine
Por Carlos Losilla
—Pero ¿se sale realmente del cine? ¿Alguna vez hemos salido de él?
El profesor Vega miró a los alumnos de la primera fila, la pregunta aún flotando en el aire. Verónica estuvo a punto de levantar la mano, pero finalmente no lo hizo.
“Claro que salimos, eso es evidente —iba a decir—. Otra cosa es que mentalmente nos quedemos allí…”
Recordó a Juan, el día que se había quedado prendado de unos títulos de crédito, con la boca abierta y el cuerpo erguido, muy erguido. Vega la increpó suavemente:
—Verónica, ¿ibas a decir algo?
—Estaba pensando… —respondió ella, y siguió mirando al profesor mientras negaba brevemente con la cabeza.
***
Hizo la prueba al día siguiente. Nada le gustaba más que el cine, salvo leer sobre cine. Y los últimos textos de Vega, publicados en una oscura revista de filosofía, la habían intrigado. Decía en ellos que el cine es algo así como un magma orgánico en el que los “cinéfilos” quedan inevitablemente atrapados, por lo que no hay amor al cine, sino una obsesión que el cine ha desarrollado por nosotros y nos conduce a los lugares más sombríos de una escena, de un plano, para dejarnos allí, a la intemperie. ¿Qué quería decir Vega con eso? A veces, Verónica pensaba que era un genio. Otras, que su discurso era oscuro y pretencioso, pero que rascando un poco en la superficie ya no se encontraba nada. Sin embargo, aquella afirmación según la cual nunca salimos del cine la fascinó aún más. ¿Qué es eso? ¿Qué significa?
Compró la entrada, midió la penumbra y se sentó en la tercera fila. La película estaba a punto de empezar. A su lado, un chico de su edad, con el pelo muy corto, leía un libro de David Bordwell. En la fila de atrás, tres señoras discutían sobre sus respectivos yernos. Las mandó callar y ellas protestaron: “¡Pero si aún no ha empezado la película!”. “Esto es un cine, señora, no el sofá de su casa”. En la sala de cine le surgía un carácter, agrio y violento, que no se conocía en otros lugares. Se preparaba mentalmente para la película y no quería interrupciones. Como un pequeño ritual. ¿Se referiría Vega a eso? El ritual para entrar en la película, como quien entra en una iglesia. Pero de las iglesias se sale. ¿Del mismo modo en que se ha entrado? Esa transformación, o transfiguración, en la que creen los cristianos. El cine como iglesia. Muchos se habían reído a costa de esa concepción religiosa de la cinefilia. Verónica sonrió para sí.
***
—No, fue algo absolutamente distinto a lo que tú decías. Una especie de interés por algunas cosas que se limitaban a lo estrictamente material. Cuando terminó la película me levanté y me fui. Y empecé a pensar en otras cosas. Solo al llegar a casa volví a darle vueltas.
—Esa es una manera de no salir —dijo Vega—. Te llevas contigo el cine a casa…
—Pero entonces, pensar en la película que acabas de ver significa ese “no salir del cine”. Y eso lo hacemos siempre, hasta los que no son tan cinéfilos. Mi vecina ¿tampoco ha salido del cine?
Vega la miró y ella se sintió escrutada, como si la estuviera juzgando.
***
Por la tarde volvió al cine, al mismo. El lector de Bordwell continuaba allí. Afortunadamente, las señoras no. Miró al muchacho, de lado, como si no lo estuviera haciendo. ¿Habría salido de allí? El día anterior no se había fijado, obsesionada como estaba con las teorías de Vega.
Cuando terminó la película, se fijó en él. Se quedó a ver todos los títulos de crédito y luego se levantó. La miró, como de soslayo, como si estuviera haciendo un repaso general a la sala entera, y luego salió de la fila. Verónica decidió seguirlo. Giró por la primera calle de la derecha, menos ancha y espaciosa que la avenida donde se encontraba el cine, y echó a andar con paso rápido. A lo lejos, se entreveía una placita, muy iluminada. Al llegar a ella, el chico se sentó en un banco y abrió el libro de nuevo. Luego llegó una muchacha de su edad, se dieron un beso y, abrazados, desaparecieron por otra callejuela.
***
En su habitación, miraba fijamente uno de los carteles de la pared. Era cierto que salía del cine para introducirse en otro cine, que era aquel santuario con sus propios dioses brillando como imágenes sagradas. Otra vez la idea de la iglesia. Pero era algo más. Los libros, también los libros, en aquellas estanterías polvorientas. Libros de cine, pero también de otro tipo, aunque siempre iban a parar al cine. ¿Qué había querido decir pensando eso? Ir a parar al cine. Devolverla al cine, de donde no podía salir. Si leía a Kafka, pensaba en las diferencias entre narración literaria y cinematográfica. Si leía a Walser, lo comparaba inevitablemente con ciertos cineastas que también habían querido desaparecer. ¿No era el cine, también, una forma de desaparición? Desaparecer en la sala, en la película, luego en la noche y en la casa a la que se vuelve pero ya no es igual. Cogió uno de los artículos de Vega y empezó a leer:
“El cine es una película infinita. Vemos una, y otra, y otra, y las encadenamos en nuestra mente. Por eso los recuerdos son tan fragmentarios. Nunca decimos que estamos confundiendo una novela con otra. En cambio, es muy habitual que nos sintamos dubitativos ante el hecho de que algo haya sucedido en esta película o en aquella otra. Estaría bien plantearse escribir una novela sobre el cine, pero no con personajes y tramas, sino con ideas que se van enlazando, y que finalmente formarían un argumento invisible, o solo visible para algunos, para los que nunca han salido de ese laberinto, del cine.”
***
—¿Vendrá a cenar?
El padre de Verónica no apartaba los ojos del televisor.
—Sí, no me ha dicho lo contrario —respondió su madre.
—Pero ya es tarde, ¿no? Nunca viene tan tarde. ¿Ha ido al cine?
—Creo que sí, sola, como siempre.
—No me gusta…
—Ni a mí, pero es lo que hay.
—¿Y aquel chico?
—Lo dejaron, hace tiempo.
Él movió la cabeza, sin dejar de mirar la pantalla.
—No te preocupes —dijo la madre—. Estará saliendo del cine. A veces es difícil salir de allí, ya sabes, con aquellas aglomeraciones que se forman. Sobre todo en domingo.
—Sí… O se le habrá pegado el culo al asiento y no se podrá levantar —intentó bromear el padre, aún preocupado.
—No digas tonterías, anda, y cómete la sopa.

























