A la salida del cine

La bolsa /// Diego Lerman

A la salida del cine
La bolsa
Por Diego Lerman

Se había hecho de noche, todavía en mi cabeza estaban las últimas imágenes de Balada de un hombre común y una sensación de agradable melancolía. Generalmente estoy en contra de que les cambien los títulos a las películas, pero en este caso debo decir que el título “argentino” es mucho mejor que el original “Inside Llewyn Davis”. No venía pensando en eso mientras salíamos de la sala con María, sino en que tal vez esta sea para mí una de las mejores películas de los Hermanos Coen. Toda la secuencia del gato es maravillosa.

Ya en la calle sonreía tan solo al recordar la escena que me había hecho pensar que los Coen son unos verdaderos genios: aquella cuando el protagonista luego de un infinito derrotero decide viajar a conocer a ese hombre que aparentemente lo llevará al éxito. Decidido entra al mítico lugar donde tantos talentos han tocado y fueron descubiertos. Tan solo lleva su guitarra y su hambre de gloria tras tantos padecimientos. El hombre que busca no está. Decide esperarlo. Finalmente, luego de varias horas ese hombre aparece. Apenas lo saluda al pasar y se mete en su oficina. Llewyn Davis lo sigue, esta vez está decidido… esta vez no se le va a escapar la oportunidad… el mundo se va a enterar de una buena vez qué tipo de músico es. Tras un breve diálogo convence al descubridor de talentos que lo escuche tocar. Desenfunda la guitarra. Se prepara y toca… cómo jamás lo ha hecho en su vida. Escuchamos entera la canción y su interpretación es notable. Satisfecho Llewyn termina la canción y espera el veredicto al igual que todos los que estamos viendo la película. El éxito parece estar a un paso. Pero el Cazatalentos, hombre experimentado y sabio solo atina a decir… “tocas muy bien pero con eso no alcanza”. En tan solo unas pocas frases demuele las expectativas construidas previamente. Finalmente el protagonista se vuelve solo, derrotado, con la certeza de que aquello que buscaba no solo no lo ha encontrado ese día, sino que posiblemente nunca lo encontrará.

La película es un sin fin de personajes enrarecidos pero posibles. Como en todas las películas de los Coen se mueven magistralmente dentro de un verosímil extrañado pero realista. Tal vez mi único reparo, y de eso hablábamos con María cuándo estábamos por cruzar la Avenida Congreso, era de la necesidad narrativa de arrancar por el final y generar un gran flashback para luego volver al mismo punto en el final, lo cual genera un salto temporario narrativo que complejiza una película exquisita y en dónde su mayor virtud, a mi entender, es su simpleza… su coqueteo con el sueño americano que nunca se cumple para el protagonista… aunque todo el tiempo el espectador esté esperando que finalmente Llewyn Davis sea reconocido como el gran músico que durante la película comprobamos que es… como el que finalmente fue Bob Dylan. Es que Dylan está presente en toda la película como un fantasma. Tanto yo, cómo todos los que veíamos la película, esperábamos que alguien le tienda una mano a Llewyn, alguien que lo descubra, que lo ayude a triunfar y lo saque de la miseria. Pero no… eso no sucede… Estábamos en eso… por comenzar a cruzar la calle cuándo una Mujer Mayor con una inmensa bolsa de plástico me mira y me dice:

—¿Me ayudás querido?

Miro para todos lados y le doy mi brazo… ella lo toma. Camina muy lento y yo a su lado. María se nos adelanta y me quedo yo solo cruzando a la Señora que camina muy despacio. En mitad de la avenida me mira y me pide…

—Por favor sosteneme esto.

Agarro su pesada bolsa de nylon. Está cerrada y es muy grande.

María tentada me mira desde la otra vereda, cruzando a paso de hormiga con la señora colgada de mi brazo mientras yo cargo su bolsa… desde lo lejos la miro reírse y yo ya sé exactamente en lo que está pensando. La Mujer, nuevamente me habla.

—Esa bolsa que llevás es para vos.

—Le agradezco, pero no se la puedo aceptar.

—Claro que podés… y si no lo hacés me voy a enojar mucho… tomala como un regalo por ayudarme.

—No es necesario, de verdad.

—Son facturas, están buenísimas, me las acaban de regalar en la panadería y yo quiero regalártelas a vos.

—Pero son un montón, no me las voy a comer.

—Son 4 kilos. También hay pan.

—Le agradezco señora…

—Me voy a enojar mucho si no las aceptás.

Llegamos a la vereda… María me mira intrigada. De golpe, tan solo en el transcurso de cruzar la avenida, estoy en una conflictiva relación con la Mujer.

La señora me toca la cara y al despedirse me dice suavemente al oído, de manera que solo yo puedo escucharlo.

—Hay gente que tiene hambre. Que no me entere que tirás mi regalo porque eso no te lo voy a perdonar nunca. Gracias por cruzarme.

Me da un beso, se da media vuelta, me sonríe mientras me guiña el ojo y se va.

María me mira impávida.

—¿Qué hacés con esa bolsa?

—Me la acaba de regalar.

Es ahí cuando me doy cuenta que tal vez se trata de un engaño. De una prueba o algo así. Y también comienzo a sospechar que tal vez el contenido de la bolsa sea algo oculto, algo ilegal, algo prohibido.

Sin decir nada me pongo a intentar desatar el nudo. Está hecho con mucha fuerza y con varias vueltas. Pero al fin puedo desatarla. La abro y encuentro lo que hubiese preferido que no sea cierto. Como una certeza irremediable descubro medialunas de manteca y de grasa, varios cañoncitos de dulce de leche, bolas de fraile, vigilantes y mucho pan…

—¿Qué vas a hacer con eso? —Me pregunta María riéndose…

—No sé…

Seguimos caminando por avenida Cabildo. Busco alguien a quién poder dárselo. Alguien que le pueda dar utilidad a estos kilos de comida, porque finalmente se trata de comida. Está anocheciendo y yo pienso que seguro me cruzo con alguien a quién le venga muy bien terminar el domingo comiendo facturas hasta reventar.

Pero nadie aparece.

No hay nadie a quién pueda dárselas. Inexplicablemente, las últimas palabras de la Mujer me impiden tirar la bolsa o dejarla simplemente en un árbol. Siento que si no voy a comerlas al menos debo asegurarme de que no se echen a perder, que alguien le dé un uso a semejante producción panadera. La película súbitamente ha quedado como un lejano recuerdo y ahora el mundo exterior se me ha presentado tan enrarecido como la película misma. Ya no hablamos. Caminamos en silencio. Cuándo pienso en tirar la bolsa me acuerdo de las últimas palabras de la Señora y eso me detiene una vez más. María se burla.

—¿Vas a caminar mucho más con eso…?

—No sé… —Le digo mientras pienso qué hacer.

Abro la bolsa y saco una medialuna. La parto a la mitad como queriendo descubrir ahí adentro un extraño secreto. Pero no hay nada raro. Pruebo la medialuna, está muy buena. Me la como entera. Justo ahí llegamos a lo de mis papás. Nos bajan a los chicos. Nos despedimos y entramos al auto. Guardo la bolsa en el baúl y arranco.

Durante todo el trayecto, desde Coghlan hasta Paternal manejo intentando encontrarme con alguien que pueda ser un digno destinatario de la bolsa que me ha entregado la Señora. Lo siento como una causa, como una misión que me ha sido encomendada y de la cual no puedo desligarme.

Pero no encuentro a nadie. Es domingo, la ciudad ya está casi desierta. Llegamos a casa. Los chicos se han dormido. María lleva a nuestra hija hasta su cama y yo lo cargo a Milo. Una vez que los dos se han acostado voy hasta el baúl. Ahí está la bolsa de facturas.

La agarro y camino con ella hasta la esquina, en dónde está el container de la basura. Todavía no ha pasado el camión, pero el container ya está repleto, lo veo mientras me acerco. Cuándo estoy por llegar un vecino se aparece también con una bolsa. Es casi del mismo tamaño que la que yo tengo. Lo saludo y le digo.

—Tirá vos lo tuyo que yo voy a dejar esto arriba del tacho… son facturas y pan… tal vez alguien lo agarre.

—Yo también tengo para dejar pan… —Me responde, y yo me quedo petrificado como si esa coincidencia fuese una señal.

Arriba del container… sobre la tapa del tacho ambos dejamos nuestras bolsas.

Hay algo extraño en todo esto, me digo. ¿Es tan común dejar kilos de pan y facturas sobre un container un domingo? Al menos, en mi caso, no sólo es la primera vez que lo hago, sino que jamás vi a nadie hacerlo. Ni tampoco veo bolsas y bolsas sobre el resto de los containers. Por otro lado, ¿qué posibilidad real existe de que dos personas que excepcionalmente han decidido dejar un mismo día y a una misma hora en un mismo container dos bolsas distintas de pan y facturas se crucen? Porque con tan solo desfasar por dos minutos la acción de alguno de ellos entonces ni se cruzarían. Pero ahí estamos los dos, mi vecino y yo, con nuestras bolsas cargadas de pan y facturas dispuestos a liberarnos la conciencia de tirar el sobrante con la tranquilizadora ilusión de que alguien pase y se lo lleve. Nos miramos en silencio. Hay algo de la coincidencia que nos hermana secretamente. Como si compartiéramos algo más que una casualidad.

Estoy a punto de preguntarle si a él también le regalaron su bolsa en la calle, pero me contengo, después de todo es tarde y tengo sueño. Me despido del vecino y camino hasta mitad de cuadra dónde está mi casa. Ahora sí vuelvo a pensar en la película, en lo relativo del éxito y del fracaso, en que la mayoría de las cosas que hacemos, que producimos, que soñamos, que decimos en realidad no tienen mucho sentido ¿O si lo tienen? Resuenan, en cambio, esas maravillosas canciones estilo country que cantaba el desafortunado protagonista de Balada de un hombre común.

Antes de entrar a mi casa miro hacia el container que se recorta al final de la calle. Un hombre con un carro está detenido. Examina las dos bolsas que dejamos mi vecino y yo, toma la del vecino y se la lleva mientras que deja la mía que permanece solitaria encima del resto de la basura.

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Balada de un hombre común (Inside Llewyn Davis, 2013) | Ethan Coen y Joel Coen

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