A la salida del cine
La casa embrujada
Por Gabriela Avaltroni
—¡Levanten la mano los que quieren escribir sobre El Castillo de las Princesas! ¡Y ahora… los que quieren escribir sobre La Casa Embrujada! —dijo la tía embelesada.
A los siete años escribir un cuento con fantasmas, telarañas y sombras tenebrosas, supone soltar la imaginación y liberar toda fantasía interna que genera lo desconocido. Pero este no era el caso de Pipi, que emocionada por la primera opción que brindó su maestra de grado, levantó las dos manos como si fueran a sumar doble. La Casa Embrujada salió victoriosa y se convirtió en la tarea para el hogar.
Vestida de rosa y escoltada por princesas enjoyadas estampadas en su mochila, la esperaba la tía a la salida de la escuela para llevarla a merendar. Era una tarde fría y lloviosa, el olor a mar se hacía presente en el aire y el cielo encapotado en tonos grisáceos parecía imitar el malestar de la pequeña. Entre saltos de charcos y techitos cubridores de gotas, Pipi le comenta a la tía que los varones habían ganado la apuesta y se encontraba sin ideas para escribir sobre ese tema de nenes.
Para cambiarle el humor a la niña e intentar que haga la tarea, la tía le dice que tiene dos películas que podían darle inspiración. La primera opción que le contó fue sobre la historia del nene que, luego de leer un libro, su imaginación lo llevaba a la aventura de volar sobre un perro gigante. Ante la poca emoción de Pipi, la tía procedió a describirle sobre la segunda película, la más fascinante de todas, la que tiene princesa y castillo, vals y criaturas extraordinarias, un enorme laberinto y el más bello de los malvados.
La historia de la segunda película la había atrapado y ya no importaban ni los dibus ni la tarea, solo un único deseo: conocer a una princesa de carne y hueso. Las pocas cuadras que faltaban para llegar a la casa de la tía fueron las más largas para Pipi que, bajo la lluvia, imitaba los pasos de baile como si danzara en un cortejo real.
Una vez en la casa, Pipi se acomodó rápidamente en el gran sillón como quién corre a elegir la mejor ubicación en la sala de un cine. Allí, esperó ansiosa a que la tía bajara las persianas y brindara esa penumbra ideal para la proyección.
Una lechuza vuela sobre un fondo negro hasta posarse sobre un pilar de piedra. Desde el fondo una muchacha de vestido blanco corre por el parque hasta aproximarse a cámara y recita: “Atravesando peligros indescriptibles y un sinfín de dificultades, he luchado por llegar hasta el castillo más allá de la ciudad de los duendes para recuperar a la criatura que me has robado”. Seguido de estas palabras, escucha las campanadas de la torre y sale corriendo hacia su casa mientras se desprende una terrible lluvia, muy parecida a la que minutos atrás había mojado a Pipi. Un bebé lloroso, una madrastra quejosa y la aparición del rey de los duendes, fueron los personajes necesarios para que la pequeña espectadora quedara atrapada en este laberinto sinfín.
Mientras la tía preparaba la chocolatada, la espiaba desde la cocina para ver las reacciones de la sobrina ante cada escena. La princesa ya se encontraba corriendo entre muros y Pipi estaba ahí, acompañándola. Cada una de ellas vivía su propia experiencia, Sarah movilizada por recuperar a su hermano; Pipi por descubrir un mundo desconocido y sorprendente y la tía por rememorar —a través de la inocencia de su sobrina— la emoción de la niñez.
Después del final feliz, llegó el momento de hacer la tarea. Pipi escribió su cuento con fragmentos de su imaginación y preguntas sobre escenas incomprendidas. Aquel interrogante que se había generado a la salida de la escuela, concluyó en un diálogo surrealista donde tía y sobrina charlaron un largo tiempo sobre un poco de cine.
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Laberinto (Labyrinth, 1986) | Jim Henson

























