A la salida del cine
La chica sin nombre
Por Ezequiel Tronconi
Salí del cine, un poco emocionado y contrariado por la película que acababa de ver. Pensé en caminar por Rivadavia y perderme en alguna calle céntrica pero el mundo se detuvo: la vi a ella. Un impulso me arrastró a seguirla. No estaba sola, una amiga y un amigo la acompañaban. Ninguno de los tres fumaba, pero los tres tenían un chupetín en la boca. Cruzaron la Plaza del Congreso y tomaron Hipólito Yrigoyen hacia el Bajo. Las palomas también existen en la noche. No quería caminar muy cerca de ellos porque temía que se dieran cuenta que los estaba siguiendo, aunque eso era demasiado improbable, pero bueno, como soy nuevo en esto, todos los interrogantes y paranoias se apoderaban de mí.
Unas cuadras más tarde entraron a Chan Chan, un restaurante de comida peruana al que suelo ir una vez por semana con un amigo a comer la degustación de ceviches. Ellos se sentaron en una mesa para cuatro, yo en una mesa para dos. A ambos grupos nos sobraba una silla. Pensé en eso. Le di vueltas, pero ese pensamiento no me llevó a ningún lado. Pedí entonces unas papas a la huancaína y un pisco sour. Algunas pecas se dibujaban y yo las quería besar. Odio enamorarme así, sin red, sin nadie que me sostenga, odio hacer esto de comer solo en un restaurante. Ella también tomaba un pisco sour. Teníamos algo en común. Elegimos el mismo trago. “Somos tal para cual” se deslizó el pensamiento, la misma boludez romántica de todos los tiempos. “No soy así, ¿por qué hago esto?” Estaba poseído. Sí señores. Po-se-í-do. No era yo. Era otro. Era yo pero enamorado de alguien que no conocía. De pronto, se levanta para ir al baño y pasa a mi lado. Me roza el brazo con una de sus piernas. “¿Me está provocando?” Imagino cómo sería irnos de vacaciones juntos. Creo que hasta soportaría ir en carpa si me lo pidiera.
—Ezequiel, ¿Vamos en carpa a Nono?
—¿Nono?
—Sí, en Córdoba.
—Obvio, vamos.
—¿Tenés?
—No, pero consigo.
El diálogo era fluido y sin ningún tipo de dudas, al menos en mí (imaginación). Termino las papas, mi trago y me pido un suspiro limeño. Necesito dulzura, necesito chorrear dulzura, necesito que me mire, que me siga, que me invite a Nono, que me pida que consiga una carpa, que me invite a caminar descalzos por el pasto húmedo, que me abrace en el frío de la noche, que me discuta cosas simples, que me de los mejores besos, que se tire a la pileta conmigo, que compartamos el mismo chupetín, que no me haga cruzar la Plaza del Congreso de noche, que me tranquilice cuando temo que se avecina una tragedia, que me diga cosas lindas al oído, que se ría cuando acabe, que me deje acariciarle la espalda a la mañana, que cante las canciones que le escriba, que abra todas las ventanas, que su perfume me acompañe, que amenace con roncar y no ronque, que me prepare ricas meriendas, que pasemos todos los jueves y viernes tirados en la cama, que… (en ese momento me tocan el hombro, giro y mi ex novia con su nuevo novio alto y narigón me saludan contentos).
Les parecía raro que estuviera comiendo solo. Les dije que estaba con alguien que se sentía mal y se tuvo que ir. Creo que era mejor decir lo que estaba pasando. La verdad era menos perdedora y más aguerrida. No me animé. Me abrazaron los dos, ella con un poco más de ganas y se sentaron en una mesa cerca del mostrador. ¡Cartón lleno! Vuelvo a mirar a Ella, la chica sin nombre. Me parece que me miró. Estoy dudando si fue real o si estoy empezando a imaginar cosas. Creo que sabe que la seguí. Me reconoció. Sí, sí, sí. Se dio cuenta de todo. “¿Qué hago? ¿Me voy? ¿Pago y me voy? ¿Me quedo hasta que me venga a hablar? ¿Voy yo? ¿Me expongo?” Piden la cuenta. No me mira, no, no. Pido la cuenta yo también. Se acerca mi ex, me cuenta que terminó el guion que estaba escribiendo desde la época que amanecía todos los días conmigo y que está dudando si yo tengo que ser el protagonista. Le digo que llame a otro, que no se enrosque, que ya no nos ata ese romance actor-directora y que yo no me iba a ofender. Ella me dice cosas lindas que no me importan porque veo cómo la nueva chica que amo se está yendo del lugar. Mi ex se da cuenta que estoy en otra. Me pregunta si estoy bien, si estoy tomando pastillas antidepresivas. Le digo que nunca tomé pastillas ni volvería a hacerlo. Se ríe de mi chiste tonto, me da otro abrazo y vuelve a la mesa con su nuevo novio alto y narigón. Pago y me voy. No saludo.
Camino por Yrigoyen. No hay rastros de la chica. Ya está. Lo nuestro se terminó. Sufro un poco por el desencuentro. Miro el cine Gaumont desde el otro lado de la plaza. Me pregunto si desde que se inauguró, algún hombre se enamoró a primera vista a la salida del cine y siguió a la chica cual detective privado. Seguramente. No creo ser el único.
Llego a mi casa. Subo a la terraza. Miro la cúpula del Congreso. Pienso en la gente que se enamora por día a primera vista en todo el mundo. Me dan ganas de hacer una encuesta. Me pintó la de encuestador de diferentes hechos románticos. “¿Cuánta gente se separa por día? ¿Cuántas parejas se conocen por día? ¿Qué se estila en una primera cita? ¿Cenar, tomar algo, merendar, almorzar, ir al cine, al teatro?” Quiero hacer cuadros sinópticos con barras de porcentajes de distintos colores y datos bien concretos. Quiero ser un conocedor de todo lo relacionado al amor. Quiero saber cuánto hubiese sufrido por ella si se habría fijado en mí.
Bajo y enciendo la computadora. Me doy una ducha rápida. Chequeo el Facebook. Tengo una solicitud de amistad. Entro a su perfil y veo su foto. Es Ella. Sí, Ella. “¿La acepto?” Con el mouse voy a la palabra confirmar y aparece una manito con el dedo índice señalando la palabra, como diciéndome “hazlo”. Muevo el mouse hacia la derecha y ese dedo acaricia cada letra. Primero la «C», luego la «O», luego la «N» y así… pero no me animo a dar el click. Si lo hago va a empezar una historia grande, muy grande. Lo presiento. Mejor lo decido mañana con la luz del día en mis pestañas. Gracias por buscarme, por reconocerme, por querer viajar conmigo a Nono y caminar descalzos por el pasto, gracias por todo eso y mucho más, pero dejame viajar por mis sueños y mañana decido qué hacer con vos, con nosotros. Ahora solo podría decirte te amo, pero creo que es un poco mucho. Dulce sueños muchacha, que descanses.