Aquella película contigo
La cita
Por Hernán Guerschuny
Zapatos violeta y pantalón del mismo color. Campera rojo furioso y una bufanda rosa que envolvía su cuello con un nudo ancho. Así decidió vestirse esa tarde. Porque era ella quien decidía cómo vestirse. Me pidió que le abriera las puertas de los estantes empotrados en la pared y haciendo un frágil equilibrio sobre el respaldo de la cama, se dispuso a seleccionar cada prenda. Desechaba con seguridad. Apartó aquellas que tenían chances de llegar a la final y las dejó caer desde la altura. Una vez con las ropas desplegadas sobre el edredón, empezó a observarlas. Sus pupilas iniciaron un vaivén de varios segundos. Un tenue movimiento de su rostro —tan blanco que parecía volverse transparente— hizo mover también sus rulos rubios casi oro. Esa fue la señal. La elección de cómo luciría esa tarde en la que iría al cine por primera vez en su vida estuvo hecha.
La película, sin embargo, era una elección mía. Me tomó varias semanas. Tenía que ser ágil, lo suficiente como para que no se aburriera en pocos minutos. Tenía que tener personajes inofensivos, los necesarios como para que no se asustara y la experiencia se convirtiera en un trauma que la persiguiera por el resto de su existencia. O al menos por muchos años, hasta que un púber la invitase a un cine, accediendo, sólo por vergüenza al rechazo, curándose con terapia de ultrashock.
El asunto empezó a obsesionarme. Revisaba la grilla con los estrenos de las próximas semanas. Leía las sinopsis y miraba los trailers. Miyazaki estaba descartado: si a mí, con más de tres décadas encima, me había invadido el sueño tres noches seguidas no quería imaginar lo que haría con la inocencia de mi hija. Pensé que la solución era un clásico de Disney. El viejo, en definitiva, se había consagrado justamente por lograr esa síntesis. Pero no. Era muy obvio. Me daba cierto pudor reconocerlo, pero yo quería que esa primera vez fuese, además, memorable. Que fuera un debut a la altura de las circunstancias. “No hay segunda oportunidad para una primera impresión”: una frase hecha que me perseguía día tras día. Imaginaba todas las veces que le preguntarían por la primera vez que fue al cine. Qué película vio. Qué recuerda de ella. Cuánto la marcó. Y yo, en esos días de invierno, tenía en mis manos la responsabilidad de establecer esa respuesta.
Faltaban cuarenta y ocho horas para que terminara su primer cuatrimestre en una institución educativa. La sala de dos, “Pulpitos con Patines”, estaba por culminar y conforme a ello ascendía la psicosis de los padres por definir esos quince días en que los niños volvían al hogar a pasar horas y horas, desde la mañana a la noche, sin pausas y con necesidad de tener actividades, tareas, consignas.
La hora señalada había llegado. La vi bajar por la escalera con la bufanda ya puesta y la mochila con forma de búho. Puse mi expresión de tener todo controlado. Subimos al auto y empecé a manejar. El “¿falta mucho pá?” no tardó en llegar. Lo preocupante era que no sabía la respuesta. Entonces, mientras la miraba comerse las uñas por el espejo retrovisor, pensé que las grandes dediciones de la vida como padre se improvisan. Puse cuarta y tomé por la Avenida Corrientes. Empezó a llover. El barrio de Almagro pasó a mi derecha. Unas cuadras más adelante el Abasto. Los niños brotaban desde abajo de la acera. Los padres corrían con sus paraguas. Formaban remolinos. “¿Ya llegamos papi?” En el semáforo de Avenida Pueyrredón bajé la cabeza, resignado. Y ahí lo vi. Un folleto arrugado, casi ilegible, se podía ver por debajo de algunas monedas, tickets de estacionamiento y envoltorios de caramelos. Lo abrí cuidadosamente. El sol salió y lo iluminó. Puse primera, el auto derrapó un poco. Doblé a la derecha, hice tres cuadras y una a la izquierda. Estacionamos. Corrimos bajo la lluvia. Ella pisaba los charcos a propósito. Entramos al Cineclub La Linterna Mágica. La función había empezado. Al ímpetu que llevábamos lo detuvo la oscuridad de la sala. Ella se puso muy seria y me pidió que la alzara, pero nunca sacó los ojos de la pantalla. El hombrecito con sombrero de copa corta y bastón hacía su gracia. Caminaba, se caía. Se comía un zapato. Sofía se río. Chaplin nunca te falla.
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Vida de Perro (A Dog’s Life, 1918) | Charles Chaplin