Mi primera película
…la de los leones
Por Bruno Perotti
Mi primera experiencia en un cine arranca, como toda película, en negro.
Estaba todo oscuro y habíamos llegado justo, así que ni siquiera vi cómo era el cine. Claro que había algo de luz que provenía de la pantalla y algo de ruido por la gente —lo supongo en realidad—, pero mi recuerdo más fuerte dice “todo oscuro”. Mi viejo —que en ese momento era Papá— a un lado y Mamá al otro. Era 1994 y la película El Rey León.
Así es, con 4 años me llevaron a ver Hamlet, una de las tragedias más terribles que pudo escribir Shakespeare, aunque en versión dibujitos de animales (obviamente nadie estaba al tanto de esto antes de la proyección).
Tengo la extraña e incomprobable sensación de ser el único de los tres que estaba prestando atención a lo que sucedía en la pantalla. Ellos seguro estaban mirándome desde que entramos a la sala; mirándome, sonriendo, inclinando un poco la cabeza, mirándose entre ellos y por encima de mi cabeza como diciendo “qué buenos padres que somos” y otras afectaciones; y es que, aunque mis padres no son lo que se dice cursis, el contexto lo ameritaba.
¡Y de nuevo mirándome! Esta situación habrá seguido los primeros 20 minutos, después seguramente nos hayamos relajado y entregado a la magia del Mundo Disneylandia, con sus animalitos y sus canciones que salen de la nada, cortesía del gran Elton John (música que me acompaña en cada momento triste de mi vida y que mi psicóloga considera columna vertebral de mi desequilibrio) y los dos personajes barderitos a quiénes nadie respeta pero que innegablemente se llevan la película por lo graciosos que resultan (en todas las películas de animación con animales que tienen historias de humanos hay Timones y Pumbaas).
No se veía venir. Era imposible que un nene de 4 años… que mis viejos… era impensado que las personas que no hubieran leído Hamlet… era imposible que alguien que esperaba ver una película de leoncitos anticipara una escena así o al menos estuviera preparado. Walt nos había bajado la guardia por completo; poca guardia podía tener yo con mis bracitos de plastilina, después de haber bailado con Elton y Pumpaa.
Ahora que se acerca la estampida de búfalos y el autista de Simba está jugando a la bolita en el medio de la 9 de Julio. La película está para Elton y Pumbaa en las bolas. El peor lugar para estar no es el cuerpo de Simba, indefenso y a punto de ser pisado por fuertes animales plebeyos no pensantes. El peor lugar para estar es el cine Señores… a Simba de última lo matan, en cambio a mí… ¿A mí? ¡Yo tengo que volver a casa! ¡Y hacer amiguitos en el cole todavía! ¿O no pensaste en eso Walt?
Ya con la historia de los leoncitos tenía mis uñas clavadas en las manos de uno y del otro, a ambos lados, mientras que ellos (me refiero a mis padres nuevamente), muy rígidos en sus asientos como para que yo no sospechara nada extraño, se hacían como señas de reojo -una suerte de “¿qué onda esto?” —ante la turbiedad que había tomado el asunto.
¡Sí! Mufasa salva a Simba y todos nos aliviamos, pero ahora el que está a punto de ser arroyado es él (colgando de la cornisa más alta que vi en mi vida) y el único que lo puede salvar es Scar, el hermano celoso que tiene pinta de jeque árabe terrorista. Aparte del look, le pusieron una miradita pícara que nos incomodó toda la película (y hasta el viaje de egresados, inclusive), pero a pesar de todos estos datos confiamos en que finalmente lo salva y reaparece el mundomagicodedisnywuuoorld. Mufasa, en las últimas, colgando de una cornisa. Scar quieto en la cima de la montaña. Mufasa grita:
—¡Ayúdame Hermano!
Scar hace una pausa, da un paso al frente, extiende los brazos y se aferra a las manos de Mufasa (ya todos damos por hecho que lo va a salvar). Scar agarra fuerte a Mufasa —para demostrarnos que sí tiene fuerza para salvarlo—, se le acerca muy lento, pone más miradita de árabe que nunca, y le dice en sonido surround:
—¡Que viva el Rey!
Mufasa cayendo (¡no termina más de caer!) y arriba Scar sonriente.
¡Listo, yo llego hasta acá!
Me puse a llorar como loco, como si Argentina hubiese ganado el Mundial pero al revés. Gritaba del dolor, todas las patadas de los Power Rangers me salieron en ese momento, estaba en mi mayor volumen de llanto. Mis viejos también lloraban y nos abrazábamos.
(detengo la escritura un rato)
Lloro, siento más adrenalina, me acelero. Sigo llorando. Trato de recordar algo más algo más. “Buscá, acordate más….”. Es todo muy caótico, porque en el instante que rompo en llanto mi papá se quiebra también, justo en el mismo momento, como si se hubiese roto algo muy valioso para siempre. Ahora que razono, mi viejo no estaba llorando desaforadamente por la película, igual que un nene de 4 años. Él lloraba por algo más. Es más, cuando me entrego al griterío total y giro para buscarlo… él había dejado de ver la película hace rato. No se imaginan cuanto dolor había en esa expresión. Era evidente que corría riesgo mi salud mental.
(vuelvo a la escritura)
Nos fuimos los tres gritando de dolor mientras nos sacaban por el escándalo (en el cine todos lloraban, pero yo sentía que lloraban por nuestra pena). Papá y Mamá poniendo todo su esfuerzo para que me calme, pueda superar esta situación traumática y así llevar una vida normal y social. Esa media hora después de salir del cine me quisieron más que nunca. Es raro darse cuenta ahora, 16 años después, que posiblemente haya sido el momento que más unidos nos encontró a los tres.
Tras haber puesto caras de tragar vómito, nos recompusimos y nos fuimos. Eso de comprarla en VHS para verla todas las noches claramente no iba a ser para mí. Es más, no sólo no pude terminar de verla ese día, sino que nunca más la vi hasta que tuve algo así como 11 años.
A decir verdad, en el momento de la caída de Mufasa (que en paz descanse) todo lo anterior quedó absolutamente borrado de mi realidad, hasta la mítica imagen de Mufasa en la cima de la montaña sosteniendo con los brazos extendidos a su progenitor, frente a todo el selvado nacional y popular.
Curioso: recién ahora reviviendo la película me doy cuenta que no era Mufasa quien sostenía al joven Simba sino el “monomístico”, que era una mezcla entre losreyesmagos (que para mí conforman una única palabra) y un linyera copado con bastón. Sólo que en mi mente se superpusieron Mufasa posando en la punta de las piedras, con la escena del mono levantando a Simba.
Les voy a ser franco: no me importa como fue realmente esa escena. Entre lo que hizo Walt Disney con la estampida y la traición de Scar me alcanzó para mandar a la mierda no sólo a toda la película que venía siguiendo, sino cualquier esperanza de un mundo lindo, que de hecho, y ahora que lo pienso bien, era lo único que quería ver… Imagínese Sr. Lector que con 4 años, recién llegado a este mundo, ¿qué mejor momento para pensar “¡todo está bien!”? Ya habría tiempo para preocuparse y aprender de errores. Sin embargo, no me dieron tiempo ni siquiera para darme cuenta progresivamente que papanuel (otra que vale por una sola palabra) era mentira. ¡Me apuraron!
Tarde o temprano todos terminamos desconfiando un poco de los que nos rodean. O por lo menos comenzamos a ser menos ingenuos. Todo tiene su tiempo. Pero no, a este Disney se le congeló la sensibilidad y decidió que yo, que todavía luchaba con el nudo en rulo de las zapatillas, podía quedarme sin papá en cualquier momento y no sólo eso, sino que tenía que desconfiar de cualquiera. Me imagino a mi vieja dándome una golosina para calmarme un poco después de salir del cine y yo haciendo pausa para analizar si no me estaría envenenando. ¡Es ridículo! Bah, no sé.
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El rey león (The Lion King, 1994) | Roger Allers y Rob Minkoff
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