Mi primera película

La fiesta de todos /// Luis Ormaechea

Mi primera película
La fiesta de todos
Por Luis Ormaechea

En estos momentos no tengo ninguna posibilidad de saber cuál fue mi primera película; a pesar de ingentes esfuerzos, no puedo acceder al rincón de mi memoria que guarda este recuerdo.

De lo que estoy casi seguro es que debe haber sido en el cine Rialto de Daireaux (de ahora en más, Deró), mi pueblo natal. Todos mis primeros recuerdos “fílmicos” se localizan en esa sala, ubicada en la esquina de la plaza principal de aquella pequeña ciudad del centro oeste de la provincia de Buenos Aires. (Es triste que, para situar un recuerdo vinculado al cine, deba aclarar que Deró queda muy cerca de Bolivar, la ciudad de donde es oriundo Marcelo Tinelli).

Difícilmente el cine Rialto de Deró quede en la historia grande por algún motivo, ni siquiera fue bautizado de manera ocurrente. Sin embargo, tenía una particularidad arquitectónica que no recuerdo haber visto en ninguna otra sala cinematográfica: se ingresaba por el lado de la pantalla. Cuando la película había comenzado y, mientras seguías la luz de la linterna del acomodador hasta tu ubicación, tenías que girar la cabeza para ver lo que ocurría en la pantalla. Aún más incómodo: si tu butaca estaba del otro lado de la pantalla, tenías que caminar agachado delante de la primera fila para que tu cabeza no interrumpiera la proyección. Como es obvio, cada vez que alguien entraba o salía durante la función, la luz del vestíbulo irrumpía en la oscuridad de la sala, generando un momento de distracción.

También es casi seguro que mi primera ida al cine debe haber sido algún domingo al mediodía. La casa de mis abuelos quedaba a pocos metros y, después de almorzar las pastas que amasaba mi abuela, me mandaban al cine para que no molestara a la hora de la siesta. En aquellos años, más o menos mediados de los setenta, todas las funciones del cine Rialto eran con doble programa. Dos películas entre semana (martes y miércoles, generalmente alguna del oeste y otra policial o de guerra), dos que se repetían jueves y viernes (un poco más recientes que las anteriores), y el fin de semana de “estrenos” (que llegaban un año después de ocurridos en Buenos Aires, pero, para nosotros, eran estrenos al fin), tres funciones (sábado por la noche, domingo por la tarde y noche). Para los más chicos, para los que no podíamos entrar a ver las “prohibidas”, sólo quedaban las matinés.

Una de las primeras impresiones que conservo es la de un reto. En alguna matiné en la que se proyectaban cortos de Chaplín (sí, con acento en la “í”), comencé a aplaudir rabiosamente en la escena de El inmigrante en la que los vaivenes del barco permiten compartir un plato de sopa a dos personas. Mi éxtasis no duró mucho: de la butaca de enfrente brotó el poderoso haz de luz que escondía al siniestro acomodador, quien profirió un amonestador “¡Chist! La próxima vez te echo”. Por supuesto, ese reto condicionó todo disfrute posterior, al menos en esa función.

Otra sensación que conservo es la del miedo. Convencimos (mi hermana y yo) a mi viejo —que había sido un asiduo concurrente de esa sala hasta la llegada del cine moderno— para que nos acompañara a ver Tiburón. Debía ser el año 76 o el 77, yo debía tener cerca de 9 años y la condición para que los menores pudieran ingresar era que lo hicieran en la compañía de un mayor. Tuvimos que sacar entradas con unos días de anticipación porque todo el pueblo estaba expectante ante el estreno. Nos tuvimos que sentar bastante cerca de la pantalla, de modo que, cuando una cabeza se asomó sorpresivamente desde el fondo del casco de una embarcación, sufrimos un estremecimiento que recuerdo con mucha intensidad.

Uniendo las dos experiencias anteriores, el reto y el miedo, no puedo dejar de referirme a la frustración que me causaban en aquellos años las cintas blancas de papel que se colocaban encima de los afiches de las películas que yo quería ver y que dictaminaban un severo “prohibido para menores”. Las mejores propuestas quedaban así fuera de mi alcance.

La censura no nos dejaba ver esas películas de Olmedo y Porcel que generaban las enormes colas y los mejores ingresos de taquilla del Rialto. Las de Palito y Sandrini, como las de los superagentes, también convocaban multitudes; pero nadie se perdía por nada del mundo (salvo por entradas agotadas, cosa que sucedía no pocas veces) el erotismo de las producciones de Aries.

Sólo recuerdo una vez en la que la exhibición de una película apta para todo público convocó tanta gente como las tetas de Moria y Susana. Corría el año 1979 y todo el pueblo fue al Rialto a ver en pantalla grande y en colores los goles de la Argentina campeona mundial de fútbol. Cada vez que los remates Kempes, Luque, Bertoni y Cía. sacudían la red del equipo contrario, la platea estallaba en gritos y aplausos. No puedo asegurarlo, pero seguro que muchas lágrimas de emoción se derramaron aquel día.

Siento un poco de vergüenza al pensar que La fiesta de todos, el infame film que los dictadores le encargaron a Sergio Renán, es uno de mis primeros vinculados con el cine. Para mi consuelo, también aparecen Lee Van Cleef (era mi villano favorito) y Un puente demasiado lejos, una de guerra que recuerdo diferente a las demás. Pocos años después, para mi redención, un grupo de entusiastas aficionados montó un cine club y las imágenes de la criatura de Frankenstein despertaron una fascinación de otro tipo, muy parecida a la que en ese mismo film experimentaba Ana Torrent. Había descubierto El espíritu de la colmena, otro cine; pero esa es otra historia.

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